Frater Ignatius

La actitud anarquista respecto al Estado y con esto a un poder opresivo, es la de intentar recibir el menor daño posible. El anarquismo individualista sostiene que es factible conservar algo de propiedad privada para hacer frente a las amenazas del exterior. Con esto quiero decir que si uno es capaz de conservar una parcela de tierra, alguna propiedad en donde ejercer un oficio o alguna institución que pueda solventar los gastos para la sobrevivencia, es factible vivir de una forma más o menos autónoma y por lo tanto libertaria. En los países dictatoriales o altamente opresivos resulta casi imposible llevar a cabo el ideal anarquista, por lo menos por un lapso de tiempo. En lugares en donde la religión saca los colmillos y lastima las libertades individuales, de igual manera se apaga la llama del pensamiento libertario. Lo anterior no obsta para levantar la cabeza y luchar incluso hasta la muerte. Más vale un día de libertad que estar toda la vida con la bota en el cuello. En ese sentido, Leviatán es una amenaza constante a la libertad de los individuos. Su poder se ejerce ya sea en forma velada o más directa. En el presente postmoderno, incluso la opresión puede venir desde el mismo individuo. Una forma neurótica de autocontrol que impide el desarrollo de todas las capacidades a un máximo nivel. La religión como estrategia de control y enajenación de masas cobra una función valiosa para las personas que viven esquilmando a otros. Marx en este presente aparentemente caótico y sin referentes trascendentales, es un pensador vivo y necesario para entender el mundo del actual.

El anarquista pugna por destruir al Estado, es verdad. Pero debemos ser realistas. Tenemos el caso de Christiania en Dinamarca. Es una pequeña ciudad anarquista en el centro de Copenhague. Es un caso emblemático de la rebelión individual contra el aparato opresor. En este sentido es la manera en que debemos asumir el anarquismo. Asumirlo como una acción de carácter político pero sobre todo, como una sensibilidad y una actitud filosófica ante la vida. De esta manera podemos vacunarnos contra la imposición y contra los mecanismos de sumisión a los poderosos. El anarquista no le da ningún valor al Estado. El anarquista anhela una total libertad y una táctica para lidiar con el mundo evitando la esclavitud en cualquiera de sus modos.

La reflexión sobre las estrategias que utilizan unos individuos para la enajenación, la explotación, la alienación de las mentes de muchas personas, resulta sumamente útil para poder ejercer un control sobre sí mismo y no dejarse llevar por ideologías, creencias, pensamientos, opiniones que debiliten la libertad del ser humano. Ser humano en el sentido de la realidad y de la existencia misma. No existe lo humano a nivel abstracto. Lo humano somos todos  y cada uno de nosotros en su individualidad, en su expresión como ente autónomo y personalísimo. Toda generalización automáticamente da una idea de ejercicio del poder. Esto va ligado a la “masificación” de la gente. Algunos individuos ven entonces a otros como objetos, sin ningún tipo de valoración objetiva. Por lo tanto, el anarquismo sigue más vivo que nunca porque se va colando por los intersticios de las ideologías de corte monolítico. Lo anterior lo comprobaremos en entregas posteriores.

Resistir al poderoso conservando una especie de vergel de libertad. Una parcela que nos permita pensar con calma, reflexionar con pausa para no sucumbir a la fuerza opresiva que nos asfixia. Empero, hacerlo como una especie de paso, de transición hacia un mundo más libre y justo, despojado de los tiranos y de toda expresión del poder en su rasgo más degenerado.

 

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