Por Victoriano Martínez

El primer paso para perder la sensibilidad ante una tragedia humana es quitarle el rostro a los otros, dejarlos sin una identidad propia.

La mejor forma de ocultar que tras un ejecutado o una víctima de la violencia hay un ser humano con familia y seres en su entorno como víctimas secundarias, es encajonarlo o etiquetarlo en un grupo.

Y si eso no llegara a ser suficiente, entonces hay que adicionarle al grupo el calificativo de violento, para remarcar que el resultado no podría ser otro.

“Son enfrentamientos entre grupos del crimen organizado”, suelen decir las autoridades ante balaceras o apariciones macabras de ejecutados colgados en algún puente.

Los feminicidios son “un problema y un número que aumenta” y en su mayoría “por cuestiones familiares”, ha dicho el secretario de Gobierno, Alejandro Leal Tovías. Algo así como que hay familias en las que eso es normal.

Son más justificaciones que la adopción de posturas propias de quien trabaja en encontrar las estrategias para prevenir que el índice de criminalidad aumente.

Pero más allá de la justificación de su ineficiencia, emiten un conveniente –para ellos– mensaje que poco a poco insensibiliza a la misma sociedad.

El alcance de ese tipo de justificaciones incluye su capacidad para anular la indignación de la sociedad ante una tragedia más.

Una actitud que pervierte el servicio público cual estrategia de comunicación para que la ciudadanía no reclame a la autoridad el cumplimiento de su obligación preventiva y de sanción.

Leal Tovías agregó este viernes una inverosímil explicación más con el caso de los dos motociclistas asesinados en el estacionamiento de una plaza comercial.

“Los motociclistas”, el grupo. “Fue provocado a consecuencia de un pleito de la semana anterior en un antro”, violentos. La consecuencia es lógica.

En el exceso, Leal Tovías agregó que “es un tema de pleitos de grupo de motociclistas, se les fue de la mano”, expresó como si un desquite o las rencillas justificaran la violencia… pero no a ese grado.

El efecto de tal ligereza para hablar sobre temas tan graves, lejos de vacunar a la sociedad contra la indignación, debería provocarla no sólo para protestar contra la ola de violencia, sino también para repudiar a funcionarios tan irresponsables e insensibles que quieren contaminar a la ciudadanía.

Sólo alientan una espiral de violencia creciente ante la que se mantienen omisos, confiados en que la sociedad se vuelva tan insensibles como ellos.