Alejandro Hernández 

Basta con levantar un poco la mirada hacia el sur de la ciudad para ver en dónde nace la columna de humo que se extiende hasta cubrir una buena parte del cielo potosino. Si se sale a caminar, a los pocos minutos comienzan a arder los ojos; “huele a quemado” para aquellos cuya mucosa nasal sigue percibiendo olores a pesar de la irritación. Al circular sobre los puentes de Salvador Nava, se ve a los conductores girando rápidamente su mirada hacia la sierra para contemplar la magnitud del problema.

En las redes sociales aumentan los comentarios de indignación y de tristeza por la situación en la Sierra: “¿Qué le estamos haciendo a nuestra tierra?” “Ah, pero no queremos entender…” Circulan videos, audios y enlaces: que se trata de un pleito inmobiliario, que no existe interés comercial detrás de los incendios, que el incendio está controlado, que deberían de mandarse más aviones cisterna, que el agua no basta para apagar a un incendio de tal magnitud, que todo es por el cambio climático.

El domingo 12 de mayo se festejó un jaripeo en el Lienzo del Charro de nuestra ciudad. En algún momento del extenso evento desde las calles aledañas al lugar se escuchó al animador expresar su preocupación sobre el cielo cubierto de humo: ¿Qué se le va a hacer, compadres?” dijo resignado al público. Por cierto, en estruendoso júbilo terminó el evento a las 3:00 de la mañana del día siguiente.

Más allá de la preocupación personal y colectiva, algunos datos duros han sobresalido: En lo que va del año, se han consumido nueve mil 400 hectáreas de vegetación de la Sierra de San Miguelito por incendios.

El 9 de mayo se rebasaron los 200 puntos IMECA en nuestra capital. Este nivel se considera como extremadamente malo, con efectos negativos en la salud de la población en general. De hecho, en la Ciudad de México se activa la fase II del programa de contingencias ambientales atmosféricas a partir de los 201 puntos.

El 13 de mayo, a casi un mes del inicio de varios incendios, Alejandro Leal Tovías, secretario general de Gobierno, informó que aún no se considera necesario solicitar una declaratoria de emergencia ante Protección Civil, cuyo titular, Adrián Álvarez Botello, afirma desconocer la situación de una posible declaratoria de desastre natural en la Sierra de San Miguelito.

Luis González Lozano, de la asociación Cambio de Ruta, señaló el desconocimiento de un programa de acción por parte de las autoridades potosinas, entre ellas, la Secretaría de Ecología y Gestión Ambiental: “la actuación de la SEGAM es vergonzosa”, dijo.

Si no es posible controlar fácilmente un incendio de tal naturaleza, si las autoridades no toman medidas paralelas a la extinción del incendio para proteger a la población, ¿por qué no resuenan las exigencias de la población para suspender las actividades al aire libre, para que se ponga en marcha un hoy no circula y para que el transporte público sea gratuito por unos días? ¿Por qué no dejamos de esperar una respuesta del gobierno y actuamos simplemente? Lo que es más, ¿por qué no aprovechar esta emergencia para desarrollar medidas en pro de la calidad del aire potosino a largo plazo?

Los espectáculos nos mostrarían que no nos encontramos anquilosados y que somos capaces de unirnos por una causa. La première de una película, un jaripeo o el ascenso del equipo local de futbol reúnen a cientos, incluso miles de personas capaces de pasar doce horas en un Lienzo del Charro o de desfilar desde el Parque de Morales hasta Plaza de los Fundadores.

Sin embargo, más allá de la expresión (muy válida, por cierto) de alegría, emoción y furor que provocan una excelente película de acción y el corear nuestras canciones favoritas, o de la preocupación compartida en las redes ante los incendios actuales, lo cierto es que no hemos sido capaces de reunirnos en el marco de una actuación colectiva. Dicho de otra manera, no nos ha sido posible trascender la interacción puntual cargada de emociones para pasar a una acción concertada que se extienda en el tiempo. De seguir así, en el horizonte de nuestro paisaje social se verán ardiendo las capacidades de colaboración y de relación; también en lo simbólico nuestras autoridades se quedarán pasmadas ante el hecho.

No basta con cerrar las ventanas para evitar ahogarnos; por el contrario, sólo salir de nuestras casas nos permitirá encontrarnos. Tampoco es suficiente abrir las ventanas de algún explorador para compartir un estado y desahogarnos; es preciso ir más allá de las quejas momentáneas. La justicia aparece cuando cada parte ejerce la función que le corresponde, tanto en el individuo como en el Estado. No podemos esperar que nuestras autoridades actúen si cada uno de nosotros no emplea, en términos platónicos, “la fuerza del león” y la razón para apaciguar al “monstruo de muchas cabezas”.

Expresemos ferozmente nuestra indignación, pero encaucémosla con sentido.

Unámonos para apaciguar las llamas.