Por Victoriano Martínez

Paola Guerrero, estudiante de la Universidad Politécnica, desapareció en forma misteriosa y su cuerpo fue localizado en tales condiciones, que no dejan lugar a duda de que se trató de un crimen atroz.

Podría considerarse un crimen más que se suma a la larga y creciente lista de hechos fatales que muestran que las instituciones encargadas de controlar la violencia y dar seguridad a la sociedad han fallado.

Pero considerarlo solo así sería un error, no porque no indique el fracaso de las instituciones, sino porque podría dar paso a una resignación fatalista que parece ya estar presente entre la población. Acostumbrarse a que así se ponen las cosas cada día y no hay más que aprender a vivir –en tanto le toca morir– con eso.

La indignación puede ser la alternativa, siempre y cuando no se limite al desahogo del enojo, la ira o el enfado vehemente que de primer impacto provoca saber de lo ocurrido.

Manifestaciones de repudio por unos días, comentarios de café y de sobremesa, y hasta pronunciamientos por la renuncia del Fiscal General del Estado y del Secretario de Seguridad Pública en la tribuna del Congreso del Estado, no dejan de ser la expresión de la indignación ante la atrocidad cometida.

¿Y por qué no, en lugar de pedir que renuncien los titulares de las instituciones fallidas, se promueve, por ejemplo, en el caso de Fiscal, la aplicación del artículo 20 de la Ley Orgánica de la Fiscalía General del Estado por faltas que redundan en perjuicio de los intereses públicos fundamentales?

Y no porque el Fiscal tenga un carácter preventivo con relación a hechos como la atrocidad cometida contra Paola Guerrero, sino porque la impunidad que priva en casos como este alientan a la comisión del siguiente acto criminal.

Dos mil 689 homicidios en el sexenio son en su inmensa mayoría casos que enseñan que se pueden cometer los asesinatos sin que sea necesario temer a las consecuencias.

El de Paola causa una indignación adicional por la forma. Los que se han cometido a lo largo del sexenio de Juan Manuel Carreras López, uno cada 11 horas con nueve minutos y 56 segundos, deben provocar la indignación porque se convierten en actos que provocan su repetición… cada vez en condiciones más atroces.

Pero indignación sin acción queda en queja. Cada actor de la sociedad tendrá que encontrar la forma de canalizar su indignación a la acción que crea conveniente.

En el caso de las diputadas, como de todos aquellos que han protestado cumplir a hacer cumplir las leyes, es clara la ruta que deben tomar más allá de pronunciarse por renuncias que de esa forma nunca llegarán.

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