José de Jesús Ortiz

Pasado ya el primer debate Presidencial, a casi dos meses de la elección del primero de julio y con la lectura de los datos que ofrecen las principales encuestas en el país, se pueden trazar algunos escenarios del desenlace posible de la contienda. Son escenarios imaginables a partir de diversos indicios y la experiencia electoral arrojada en las últimas campañas presidenciales.

I-El primer escenario, de un cambio con ruptura,  sería el que representa el proyecto de Andrés Manuel López Obrador, delineado con claridad en su libro La salida y reiterado en las sucesivas campañas presidenciales en las que ha participado.

Es un escenario que entre otros aspectos fundamentales implica en los hechos el desplazamiento de la élite gobernante que ha ejercido el poder (con las siglas del PRI o del PAN) en las últimas tres décadas, pero también representa un giro al modelo económico neoliberal por otro que ponga el acento en lo social y en los desequilibrios que el mercado salvaje no puede atender.

Se trata de un escenario altamente posible y así lo indican las principales encuestas como la del Grupo Reforma que el pasado 18 de abril –previo al debate- dio una ventaja de 22 puntos de  Obrador sobre el segundo lugar que sería el panista Ricardo Anaya; también, la última encuesta de Alejandro Moreno publicada en El Financiero el pasado 28 de marzo arrojaba 18 puntos de diferencia del candidato de Morena sobre el priísta José Antonio Meade, colocado en segundo lugar.

La fuerza de este escenario está en el hartazgo hacia el PRI, así como en la esperanza de cambio que parece prevalecer en esta elección, todo ello galvanizado en gran medida por la candidatura de López Obrador, igual que el 2000 se articuló sobre el proyecto foxista.

Para que este escenario se cumpla se requiere de una serie de factores: 1) De una estrategia política cuidadosa del equipo de Obrador en los casi 60 días que restan de campaña, que no sólo administre la ventaja sino que mantenga el control de la agenda; 2) Evitar excesos verbales de López Obrador, que tienen un alto costo al ser utilizados por sus contrarios; 3) Atender aspectos estratégicos como garantizar la cobertura de casillas al cien por ciento,  un punto central en la que fracasó en sus dos anteriores campañas; 4) Preparar con rigor los debates pendientes y el mensaje que emiten sus voceros; 5) Un mejor manejo de spots, elemento central en la difusión del mensaje en cualquier campaña; 6) Responder con eficacia la campaña del miedo ya en marcha y a la guerra sucia que aumentará en las semanas siguientes.

Bajo este escenario en el cual se logrará una eficacia en los anteriores y otros elementos centrales, la pregunta que podrían comenzar a hacer los analistas no es si Andrés Manuel ganará la elección sino por cuántos puntos será la diferencia sobre el segundo lugar y si es posible que obtenga una mayoría legislativa para sacar adelante su proyecto largamente construido.

II- El segundo escenario, de una continuidad pactada, implicaría la derrota del proyecto que representa  López Obrador y el mantenimiento –con ligeros retoques- del mismo modelo que ha gobernado el país en las últimas décadas, a través de un gobierno encabezado por José Antonio Meade o Ricardo Anaya. Es un escenario posible que requiere la articulación de diversos elementos que cohesionen el voto en torno a alguno de los candidatos del PRI y PAN-PRD, así como la suma de errores estratégicos en la campaña de López Obrador.

Desde la Teoría de Juegos se trataría de un escenario a través del cual se llega a un acuerdo entre el PRI y el PAN (como sucedió en 2006 y 2012), pues a ninguno de los dos partidos conviene seguir tensando la cuerda y mantener la dinámica de acusaciones y denuncias mutuas de corrupción, con lo cual ambos pierden al dejar el camino despejado para el avance de Obrador. No es que alguno de ellos no pueda ganar sin una alianza tácita, sino que lo que indican hasta ahora las encuestas es que se trata de un escenario poco factible.

En este escenario se puede aplicar el Juego de la Gallina, clásico de la Teoría de Juegos, que plantea la racionalidad entre los diferentes actores políticos en disputa para llegar a acuerdos y lograr su supervivencia. El juego se resume en una situación en la que dos  automovilistas se dirigen uno contra otro a gran velocidad en una disputa mortal. Si los dos mantienen el pulso en la carrera es un juego de suma cero que conduce a la aniquilación. Si ambos se apartan, negocian, nadie pierde.

Aplicado en el contexto de la elección Presidencial y de las campañas del PRI y PAN-PRD, se trata aquí de un juego cooperativo pues en caso contrario, si ninguno cede, lo que se pierde es demasiado: se pierde la continuidad de una élite gobernante que ha impuesto como dogma el modelo neoliberal en la economía, el control de los instrumentos políticos y jurídicos del poder Presidencial, millones de recursos y espacios para colocar a sus ejércitos de burócratas en la nómina, entre otros muchos elementos.

Para este escenario es preciso que los actores políticos que encabezan los proyectos de Meade y Anaya se aparten de la ruta seguida que los lleva a lo colisión y pone en juego su supervivencia.  Tienen el reloj en contra pero hay tiempo para hacer esa negociación.

Es un escenario que requiere -entre otros elementos- de la confluencia de diversos factores: el realineamiento de las élites divididas en la superficie en torno a ambos candidatos; la declinación tácita de Anaya a favor de Meade o a la inversa (dependerá de cómo lleguen al segundo debate o incluso antes) para promover un solo frente que evite dispersar el voto en contra de López Obrador;  exige el uso del aparato y millones de recursos públicos en el país vía los gobiernos estatales para incidir en la elección; exige también la intervención de los grupos empresariales en la campaña como sucedió en 2006 para garantizar la continuidad del régimen. Pero además, se requiere de la suma de errores estratégicos por parte del candidato de Morena y el éxito de la campaña de miedo en contra de Obrador.

Algunos de estos elementos estén ya en marcha y apuntan hacia esa dirección. Algunos de ellos se expresan por ejemplo en el realineamiento de actores políticos sobre el candidato del PRI como lo hizo Silvano Aureoles, gobernador perredista de Michoacán; la intervención de las élites empresariales en contra de Obrador a partir del tema del aeropuerto y el rompimiento con el Consejo Coordinador Empresarial, además de la inédita conferencia de prensa de Carlos Slim para fijar su postura o el llamado reciente del magnate Enrique Coppel para crear un frente en contra de López Obrador.

En esa misma ruta se inscribe el reconocimiento de Jorge Castañeda, coordinador estratégico de la campaña de Ricardo Anaya, sobre una posible alianza con el PRI, “no quiero descartar nada, los números son lo que son y creo que podemos encontrar en las búsqueda nuevos acercamientos y afinidades”, admitió al periodista René Delgado, del diario Reforma. Finalmente, la campaña de odio y del miedo en contra de López Obrador está ya en marcha, igual que en 2006. La última ronda de spots del PRI se enfoca en mover esos resortes en los votantes. “Elige miedo o Meade”, es la consigna de los spots.

Las semanas siguientes terminarán por clarificar cuál de estos escenarios (u otros) podría ser finalmente el que se materialice en la elección del primero de julio e imponga su proyecto político para los próximos años.

Comments

comments