José de Jesús Ortiz

Andrés Manuel López Obrador ganará la Presidencia de México. No es un mero determinismo histórico, así lo expresan hoy las principales encuestas, que desde inicios de año marcan un crecimiento sostenido en su intención del voto. Las últimas encuestas (acaso las más serias) del diario Reforma y la de Alejandro Moreno para El Financiero señalan ambas una ventaja de 26 puntos de ventaja de López Obrador sobre el panista Ricardo Anaya.  Una diferencia irremontable a casi 20 días de la elección Presidencial.

Eso es lo que expresan las principales encuestas del país que en su mayoría dan una ventaja de dos dígitos al candidato de la coalición encabezada por Morena, pero también parece ser ese el carácter de la elección, claramente decantada por la narrativa del cambio que plantea Obrador, en oposición a lo que ofrecen el PRI y del PAN, aliados del Pacto por México y los únicos partidos que han gobernado al país.  

Ya vendrá el tiempo de los trabajos académicos y periodísticos que intentarán explicar lo sucedido en esta elección Presidencial y escudriñar los factores que parecen haber inclinado la balanza en favor del candidato de Morena, de analizar los aciertos y errores en las campañas, en las propuestas y en el manejo de la comunicación política.

Vendrá el tiempo de analizar en qué medida el liderazgo carismático (en las categorías de Weber) de la figura de López Obrador fue o no determinante, revisar si su pragmatismo a diferencia de las anteriores elecciones logró al final llevarlo a la tierra prometida para alcanzar el poder.

De entrada, un factor central en esta campaña lo es el manejo de la agenda. Quien revise la actual elección Presidencial encontrará que el control de la agenda lo tuvo de inicio fin López Obrador. Él marcó los temas de la discusión pública, impuso los temas que le interesaba discutir y en muchas ocasiones también el encuadre (frame) o tono de la polémica. Son pocos los temas que lograron imponer en la agenda tanto el priista José Antonio Meade o el panista Ricardo Anaya. Desde la comunicación política se sabe que en una campaña electoral quien gana la batalla de la agenda también generalmente es quien gana la elección. Una premisa que parece validarse en la actual elección.

Lo que se vislumbra a partir de los datos que arrojan las principales encuestas es una reconfiguración del sistema de partidos, como advierten ya muchos analistas. La elección Presidencial dejará un impacto profundo en los tres principales partidos (PRI, PAN, PRD), algunos de ellos en un riesgo evidente de desaparecer en el corto plazo o al menos de ocupar un papel testimonial en los años venideros, como es el caso muy claro del PRD aunque pueda conservar contados espacios locales con clientelas fieles como en San Luis Potosí.

También, todo apunta hacia un predominio muy claro de Morena como la principal fuerza política en el país. Tienen razón quienes como Jesús Silva Herzog Márquez observan una “hegemonía en formación” en el proyecto que encabeza López Obrador (https://goo.gl/eB8RF7). No es sólo un cambio de siglas en la Presidencia, sino de algo con mayor alcance. Una hegemonía que, en términos gramscianos, implica la dirección no sólo política (con el poder en la Presidencia y las cámaras legislativas) sino también intelectual en la sociedad, con un nuevo discurso en diversos campos, sobre todo frente al dogma neoliberal de las últimas cuatro décadas.

De acuerdo a las proyecciones de las principales encuestadoras la coalición de Morena no sólo ganaría la Presidencia del país, sino también una mayoría legislativa que no se presentó en las tres últimas elecciones presidenciales.  Según la última encuesta de El Financiero, Morena sería la fuerza dominante en la Cámara de Diputados pues mantiene el 44% de intención de voto frente al 21% del PAN y el 19% del PRI (https://goo.gl/W2qoEB), mientras que el PRD quedaría con apenas el 6%.  

Consecuencia de lo anterior sería por tanto el derrumbe del PRI, que tendría quizá los peores resultados de una elección Presidencial (19% según Reforma, y 22% según El Financiero), aún con los últimos coletazos del régimen en las semanas siguientes y en la operación territorial el día de la elección para tratar de mantener el mayor número de posiciones.

También, se atisba ya un fracaso para el frente que postuló a Ricardo Anaya que nunca pudo articular una narrativa creíble en su propuesta de cambio a través del gobierno de coalición. Un análisis de las encuestas muestran lo fallido de su campaña: el 27 de noviembre del año pasado a unos días de empezar la precampaña, según la encuesta de Reforma tenía el 26% de intención de voto, seis meses después (el 30 de mayo) se ubicaba exactamente con la misma intención de voto.  Circular, Anaya logró pequeños avances en febrero y abril aunque al final regresó al punto de origen en la intención de voto.

En algunas  encuestas el candidato frentista mantiene ya una tendencia negativa, gradual aunque sostenida. La encuesta de El Financiero del pasado cuatro de junio coloca a Anaya con 24% de intención de voto por 22% de Meade, un empate técnico en los hechos por el margen de error de la encuesta.  Posiblemente el candidato del PRI termine superando al panista en la intención del voto.

A casi 20 días del fin de las campañas presidenciales, se puede trazar un símil ciclista: López Obrador sigue al frente, con la camiseta amarilla de líder desde que inició la campaña, ha superado ya los puertos de montaña más complicados sin contratiempo alguno. Lo que viene  será sólo el cierre de las campañas, las alianzas o amarres de último momento y los llamados al voto de indecisos desde el discurso de los candidatos que persiguen con desesperación al puntero.

Queda poco tiempo para confirmar los datos de las encuestas, pero también para ver si se “hegemonía en formación” del proyecto que encabeza López Obrador aclara sus contornos y el alcance que tendrá en los años por venir.

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