José de Jesús Ortiz

Sobreviviente de sus negras noches, de su leyenda de excesos edificada en cuatro décadas de trabajo creativo,  el poeta andaluz Joaquín Sabina parece completo, íntegro. Ni un paso atrás. Una muestra de su plenitud intelectual y musical la dio el pasado viernes en San Luis Potosí, cuatro días después de cumplir 69 años, “una cifra mágica”, como lo resumió.

Al igual que el de octubre de 2013 cuando se presentó por primera ocasión en la capital potosina, fue éste un concierto largamente esperado, desde la primavera del año anterior cuando se anunció una presentación para el 25 de mayo que finalmente no se logró. Un concierto para la memoria eterna de sus seguidores que han hecho suyas las letras de sus canciones y sus fraseos poéticos.

Antes de las nueve de la noche muy pocos habrían apostado a que El Domo  terminaría con una gran entrada (quizá tres cuartas partes del lugar repletas), con la presencia de miles de adultos y jóvenes infectados con el virus de Sabina, que acudieron al concierto como quienes asisten a una ceremonia litúrgica. Poco a poco el lugar comenzó a llenarse. Fueron llegando en pequeños grupos, en parejas, novios o amigos, padres con hijos,  con nietos. Sabina convertido finalmente en un clásico que trasciende desde hace años a varias generaciones marcadas sentimentalmente por muchas  de sus canciones.  

Veinte minutos después de la hora programada, a las 9.20, el poeta andaluz salió al escenario con un traje verde oscuro, con su bombín de rigor, el de las grandes ocasiones. Como un torero frente al ruedo, guitarra en mano en lugar de capote, inició su presentación con la canción Cuando era más joven, incluida en el disco Juez y parte, una pequeña joya de los años 80´s. Sin  pausa, siguió con Lo niego todo,  que da título a su nuevo disco. Una canción triste con un tono de despedida, como lo es la mayor parte del disco.  “Ni ángel con alas negras ni profeta del vicio, ni héroe en las barricadas, ni ocupa, ni esquirol”, fue el inicio de la letanía que retumbó en El Domo.

Luego de estas dos canciones, sus palabras iniciales fueron para referirse al sismo registrado en diversas zonas del país la tarde de ese viernes 16 de febrero: “hoy es un día raro porque nosotros que nos sentimos muy hermanos de los mexicanos sufrimos mucho en septiembre, cuando el terremoto horroroso, y hoy hemos sentido una cierta preocupación primero y luego un gran alivio cuando hemos visto que no han pasado cosas muy graves”.

Conocedor del pulso de sus seguidores, Sabina haría enseguida un guiño al público local, cautivo de antemano. “Quiero decirles además, en el caso de Panchito (Varona) y del mío, que hoy somos más hermanos que nunca  porque vuestro equipo de futbol está hermanado con el glorioso Atlético de Madrid. Les auguro grandes triunfos en el futuro”, señaló divertido. Ambos equipos hermanados también por lo que parece ser un destino común, el de los nacidos para perder: mientras Sabina tocaba, a varios kilómetros de ahí el Atlético San Luis se enfrentaba y perdía  uno a cero con el equipo de Celaya. Ubicado ya en el lugar 16, el último de la tabla de ascenso.

Fue un concierto de poco más de dos horas como en la mejor época de Sabina, acompañado por su banda de grandes y talentosos músicos encabezados entre otros por Pancho Varona, Antonio García de Diego, o Mara Barros y su imponente voz flamenca que emocionó al público con su versión de la copla Y sin embargo te quiero. Integrantes todos de la orquesta del Titánic que sigue tocando pese a las tormentas que acechan. Una banda en la que, como él dice, todos los músicos cantan mejor que el cantante principal.

También, casi de inicio,  anunció lo que vendría: “yo sé que ustedes han venido aquí para oír las viejas canciones, pero como esperamos que el concierto sea largo, durante la primera parte se van a joder y van a aguantar un racimo de las nuevas canciones, que tienen la esperanza de añadirse a su memoria sentimental como las viejas”.

Y así fue. Los primeros 45 minutos estuvieron dedicados básicamente a tocar algunas de las principales canciones del nuevo disco como Quién más, quién menos o Lágrimas de mármol entre otras, dejando fuera del repertorio algunas piezas magníficas como Leningrado (una historia de amor de una época remota, con la fe en el hombre nuevo, que termina como el sueño de la Revolución y  su “talón de Aquiles al portador”) o la hermosa Buenas  noches primavera. Todas ella que se suman a su larguísima nómina de canciones clásicas. La segunda parte del concierto fue un recorrido por muchos de los éxitos de sus mejores discos de su larga trayectoria.

Un Sabina otoñal aunque completamente en forma fue el que se presentó en San Luis. O al menos eso fue lo que mostró en la presentación. Divertido, parlanchín, hablando al público a lo largo del concierto -mucho más que otras ocasiones–, haciendo referencias permanentes a su relación con México a través de Chavela Vargas, de José Alfredo Jiménez, de Gabriel García Márquez, entre muchos otros referentes que lo ligan a este país. Diría por ejemplo al referirse al muro que pretende levantar Trump: “como las fronteras no me gustan, si alguna vez como amenazan los gringos ponen ese muro que quieren poner, sepan ustedes que yo me quedaré aquí de este lado, con ustedes”.

Y no es mera retórica lo que dice Sabina. Su amor y relación con este país ha quedado plasmado en gran parte de su trabajo realizado en su larguísima trayectoria. “Basta con que alguien escuche mis canciones porque ahí está”, advertiría.  

En el escenario Sabina se transforma, parece de nuevo el joven aquél que salió del sur de España escapando del franquismo.  “Si uno hace su oficio como Dios manda, San Luis Potosí y este escenario es mi casa.  Y estos músicos y ustedes son mi familia”, señaló emocionado durante la presentación.  

En esta época de productos desechables, el músico español se asemeja cada vez más a una especie de Don Quijote de los escenarios, que nada a contracorriente de esa lógica de productos musicales instantáneos, con poca sustancia y mucha mercadotecnia. Un defensor desde la palabra de la posibilidad de emocionar a partir de un universo particular (el suyo habitado por el olvido, el amor, el desconsuelo, la soledad, la nostalgia por lo que no sucedió, los lugares a los que no se deben volver) convertido en universal por sus seguidores en gran parte de hispanoamérica.

“Él ama el idioma castellano con locura, lo respeta, lo venera. Tiene un reconocimiento en todo el mundo de habla hispana. Lo que más me importa de lo que he aprendido con él es a amar mi idioma”, comentó Pancho Varona, su escudero desde hace más de treinta años, en una entrevista efectuada horas antes de aquél primer concierto en San Luis en 2013. Un amor por el lenguaje cada vez más difícil de encontrar en esta época de internet, de las redes sociales y sus neologismos que crecen como metástasis. “La historia del hombre podría reducirse a la de las relaciones entre las palabras y el pensamiento”, diría Octavio Paz.

Cerca de las 11 de la noche, el concierto se acercó a su fin, con canciones obligadas como Y nos dieron las diez, Princesa, Tan joven y tan viejo, y Contigo, en la cual haría un nuevo guiño modificando parte de la letra (“…yo no quiero París con aguacero, ni Carranza sin ti…lo que yo quiero potosina de ojos tristes es que mueras por mí”).

Un concierto finalmente con el sabor de  la despedida, como sucede desde hace algunos años cada ocasión en que se presenta, que puede ser la última como lo aceptan sus seguidores.

Sabina dice que el futuro es cada vez más breve y lo asume. Por ello es que requiere de ese espacio revitalizante que es cada escenario en el que se presenta. Su Shangri-La personal, que lo mantiene con fuerza y hace ver que aún le queda cuerda para rato, como decía Pancho Varona. Es verdad que quizá cada día esté más cerca su retiro eventual, aunque parafraseando a José Tomás -uno de sus grandes referentes-, para el poeta andaluz seguramente que vivir sin cantar no es vivir.

 

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