Por Victoriano Martínez

El robo de arte sacro en los templos potosinos se ha vuelto una práctica común.

Lo declaró Jesús Carlos Cabrero Romero, arzobispo de la Arquidiócesis de San Luis Potosí.

Un dato que muestra un espacio más conquistado por la delincuencia, en tanto que los responsables de garantizar la seguridad optan por justificar su negligencia con el argumento de que tan común es la situación, que se vive en todo el país.

Si ver actuar a la delincuencia en cada vez más espacios, incluido aquel que era visto con un blindaje de respeto por cuestiones religiosas, se vuelve algo común, la capacidad de reacción de la sociedad se anestesia.

Sin duda lo señalado por el arzobispo Cabrera Romero es para asombrar, y es indudable que él mismo esperó provocar asombro más allá de sus feligreses, que son mayoría en la sociedad potosina.

“Asombrarse, sorprenderse, es la primera reacción ante lo equivocado, lo grosero, lo inusual o lo absurdo de las acciones humanas”, escribió Luis Alberto Lacalle en el diario El País.

Pero que esa capacidad de asombro se limite a una ligera expresión de indignación tras leer la nota o que no vaya más allá del comentario indignado a través de redes sociales es aceptar un freno a la ira, la vergüenza colectiva, la desesperación, el repudio y el reclamo a quienes, como autoridades, han tolerado que la situación llegue a tales extremos.

Lo que debiera indignar se vuelve común, en lugar de tomar una ruta que vaya del asombro a la indignación y, de ésta, a la exigencia de sanciones a los responsables por acción (los delincuentes) y por omisión (las autoridades).

“El acostumbramiento a esas circunstancias adormece la conciencia, amortigua el sano espíritu de crítica, hace perder tono a la musculatura cívica, se desespera de encontrar el camino”, advirtió Lacalle.

Ese acostumbramiento es para el gobernador Juan Manuel Carreras López, para el alcalde Xavier Nava Palacios y para los otros 57 alcaldes y los responsables de todas las corporaciones de seguridad y de procuración de justicia, el mejor incentivo para mantenerse en su zona de confort y vivir cómodamente del erario sin corresponderle a la sociedad, por acostumbrada.

Una conciencia adormecida, un amortiguado espíritu crítico, una ciudadanía sin músculo, no pueden tener enfrente más que una delincuencia rampante y unas autoridades simuladores que favorecen un clima de inseguridad en aumento.

Si las autoridades no fueran tan simuladoras, se abriría la posibilidad de que el combate a la inseguridad fuera efectivo porque, como dice Lacalle, “la voluntad de los gobiernos bien orientados, mejora la vida de los ciudadanos”.

Pero nuestros gobiernos lo que más han mostrado como práctica común es que no tienen voluntad para trabajar a favor del interés público.

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