Oswaldo Ríos

A medida que se acerca la toma de protesta de Andrés Manuel López Obrador como presidente de México, se incrementa la incertidumbre y el temor sobre el talante que tendrá un nuevo gobierno que, en sus primeras decisiones públicas, anticipa que el autoritarismo, el populismo, la demagogia, la incongruencia y un ofensivo culto a la personalidad, serán sus rasgos distintivos.

La mezcla de propuestas delirantes como el Tren Maya; caprichosas como la cancelación del nuevo aeropuerto en Texcoco; falaces como la ampliación del aeropuerto en Santa Lucía; contradictorias como la desaparición de comisiones bancarias; demagógicas como la realización de consultas populares ilegales y a modo; incongruentes como la creación de un consejo asesor de magnates; deplorables como el mantenimiento de un fiscal carnal; autoritarias como la militarización completa de la política de seguridad pública; y surrealistas como la imposición de una Constitución Moral; nos permiten perfilar a un gobierno de típico corte populista que gobernará a golpe de ocurrencias presidenciales, pragmatismo autoritario y un imponente aparato de propaganda oficialista.

Escenario muy parecido a una restauración del viejo presidencialismo con partido hegemónico, con algunas diferencias que lo hacen más poderoso y preocupante.

Los monarcas sexenales nunca tuvieron una legitimación popular real, como sí la tiene López Obrador. Ello le permite ejercer el poder de una forma despótica o traicionar los discursos que lo llevaron al poder sin que (al menos hasta ahora), su base social le exija un comportamiento democrático.

Antes por el contrario, es vergonzoso observar la manera en que académicos, periodistas o líderes de opinión que ejercían una crítica implacable contra Peña Nieto o Calderón (por la Ley de Seguridad Interior del primero o la guerra contra el crimen del segundo), incurren en descompuestas maromas verbales para justificar la creación de una Guardia Nacional integrada con elementos del Ejército, la Marina y policías federales bajo un mando militar, encargada enteramente de las tareas de seguridad ciudadana, algo así como una policía militar o paramilitar: la legalización del Batallón Olimpia del 68 o Los Halcones del Jueves de Corpus. Otros de plano eligen el silencio cómplice que les permita mantener sus privilegios en el “nuevo” gobierno y su ornamental autodenominación de “izquierdistas”.

La militarización que viene, más la reiterada y muy conocida intolerancia hacia la crítica y la inclusión de Ricardo Salinas, Bernardo Gómez y Olegario Vázquez (mandamases de Televisa, Tv Azteca e Imagen, respectivamente) son elementos de un autoritarismo recargado que hará muy complicado el ejercicio de la crítica si los dueños de las televisoras y otros magnates forman parte de la sedicente “cuarta transformación”.

Una policía militarizada, un fiscal servil, partidos de oposición disminuidos y desprestigiados, empresarios cooptados, un Poder Legislativo mayoriteado y un Poder Judicial amenazado, representan la conformación de un autoritarismo recrudecido y constituyen la concentración de fuerza más ominosa que jamás haya habido en México desde el periodo posrevolucionario.

Quien quiera hacerlo puede voltear la mirada para otro lado, pero es evidente que en nuestro país se está dando una regresión política acelerada y que las instituciones de la democracia se encuentran gravemente amenazadas. Todo ello, aunado a las irresponsables decisiones en materia de inversiones que se han tomado y otras que pudieran venir en materia de política económica.

Con este escenario, y una vez que se realice la nueva consulta pejista del 24 y 25 de noviembre que contiene 10 preguntas (risiblemente sesgadas) que son a la vez 10 prioridades del nuevo gobierno, todo quedará listo para la unción del monarca presidencial el primero de diciembre.

Una vez sentado en la silla presidencial, además de enfocarse en los proyectos definidos en su consulta que serán “elegidos” por aclamación, ¿cuáles podrían ser las decisiones políticas de Andrés Manuel López Obrador? Hago una apuesta, exterminar los dos únicos contrapesos que a pesar de todo se mantienen: desmantelar los organismos autónomos que le han dado profundidad a nuestra democracia; y restringir la crítica en redes sociales, espacio que ha consolidado la libertad de expresión que los medios se han autocensurado.

Andrés Manuel López Obrador no es un demócrata, sino su perversión, es un demagogo. Así lo ha demostrado a lo largo de toda su trayectoria política. Perdiendo o ganando, hemos conocido en él, el rostro de un autócrata que impone su voluntad o destruye lo que se le resiste. Sin la democracia que construimos entre todos, él nunca habría sido presidente. Pero en cuanto lo sea, nuestra democracia estará amenazada de muerte. Si no la defendemos, a nuestra generación, que le ha tocado ver partir a personajes legendarios, imprescindibles o entrañables para México, también le tocará enterrar a la democracia.

Twitter: @OSWALDORIOSM
Mail: oswaldo_rios@yahoo.com

 

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