Carlos Rubio

Existen dos maneras de percibir el tiempo que transcurre para que un semáforo cambie de color rojo a verde. La primera, dentro de la carrocería de un automóvil, donde todo se vuelve lento y la prisa es común. Desde los cuatro puntos cardinales se forman filas con decenas de autos esperando avanzar para continuar con su camino. Para ellos, se vuelve solo una especie de caseta necesaria para atravesar la ciudad. Unos cuantos son los que deciden hacer el pago voluntario.

La segunda manera se encuentra expuesta al calor, la sed y el riesgo que conlleva caminar bajo la banqueta. Algunos valientes se les plantan de frente a los autos y hacen del paso peatonal un escenario, en el que permiten que su talento sea evaluado monetariamente. Reciben dos, cinco y hasta diez pesos, dependiendo de cuántas pelotas tocaron el concreto durante su acto. Aquí, el tiempo es fugaz y mentalmente cronometrado: dos minutos se convierten en uno. Mientras unos deciden demostrar sus capacidades motrices, otros tratan de lograr un trueque con el automovilista, un dulce, comida o cualquier objeto, a cambio de dinero, que en ocasiones servirá para dar de comer a más de cuatro.

Esta última visión, es la de una madre como Margarita y sus hijos Alexis y Juan Daniel, la familia proveniente del municipio de Villa de Zaragoza, que durante años, ha hecho de un semáforo, su lugar de trabajo. Se ubican sobre la Avenida Salvador Nava Martínez en su cruce con la Avenida Manuel J. Clouthier, del lado de Plaza Tangamanga. Traen consigo baritas luminosas, pequeñas escobas y trapeadores que compran en las tiendas del Centro Histórico, para luego revenderlas.

Margarita tiene 40 años y cuatro hijos, pero solo Alexis de 13 años de edad y Juan Daniel de 15, son los que vienen con ella casi todos los días a la ciudad, a veces en contra de su voluntad, sin embargo, su madre tiene una sincera razón para traerlos consigo.

De lunes a sábado y ocasionalmente los domingos, a las 9 de la mañana, junto a su padre, un trabajador de obra, toman un autobús que los llevará hasta la capital, el cual les cuesta 22 pesos a cada uno. Hacen alrededor de una hora de camino para luego, tomar una ruta de transporte público y llegar hasta el lugar donde venderán sus artículos. Únicamente en el traslado gastan diariamente alrededor de 100 pesos.

Durante toda su vida, Margarita se ha dedicado a vender objetos en los semáforos y pedir dinero, su madre le mostró el camino hacia la capital y le enseñó a convertirse en una “tiempista” de los semáforos. Sabe el momento para comenzar y pausar su camino. Conoce la distancia que alcanza a recorrer en el lapso marcado por la luz roja.

A su llegada, sentados bajo el puente sobre algunas piedras, la madre procede a sacar los objetos que se dispondrá a vender. Alexis, de actitud introvertida y el más apegado a ella, se mantiene observándola a su lado. Daniel el más alto de los tres, toma su distancia y a lo lejos se sienta a vislumbrar el tráfico que la mañana le ofrece. Dejan todas sus pertenencias en un carrito de Walmart que dejan sobre la banqueta.

El niño de 13 años se ha convertido en un malabarista, que con tres pelotas, como todo artista, se coloca frente a su público para lanzarlas al aire y atraparlas una y otra vez, esperando ser premiando por su talento. Habilidad que adquirió viendo cómo otros lo hacían y practicando en su casa, no obstante, de tener la oportunidad, el delgado niño de pequeña estatura tomaría un balón y haría de la avenida, su cancha de futbol.

Los dos hermanos acuden a una secundaria en Villa de Zaragoza, sin embargo, durante las vacaciones, Margarita los trae con ella para evitar dejarlos solos en casa y que su tiempo libre, inexperiencia y juventud los orille a tomar otro camino en las calles; razón de que se encuentren trabajando.

Cuando van a la escuela, solo toman el autobús a San Luis los fines de semana. De lunes a viernes van a la escuela, su madre los acompaña y tardan 20 minutos en llegar. Más tarde les prepara un lonche, el cual les lleva a la hora del recreo y aprovecha para cerciorarse de que sus dos hijos estén en la escuela. Durante la tarde los espera a su regreso y comen juntos “un taco cada quién”, como dicen los tres. Después se asegura de que sus hijos cumplan con sus tareas escolares.

Por la avenida circulan miles de autos al día, pero Margarita algunas veces apenas gana 200 pesos, de los cuales más de la mitad se irá en pasajes de autobús y la otra parte será para unas escasas tortillas. Hay ocasiones en las que su fe en Dios se convierte en su única esperanza de recibir suficiente dinero para, aunque sea, poder tomar el camión de regreso a casa. Afortunadamente, siempre ha sido así.

En alguna ocasión el Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia, mejor conocido como DIF, se acercó a la risueña madre y le advirtió que de seguir llevando a sus hijos a trabajar, se los llevarían. Sin dar explicaciones ya que sabía que no sería escuchada, Margarita asintió y prometió no traerlos más; mentira que salió de su boca para evitar problemas en el momento. No volvieron a saber del DIF.

Aunque Alexis y Juan Daniel han tenido la idea de dejar la escuela, Margarita los alienta para cerrar el ciclo creado por su abuela, al que ella inconscientemente los llevó: subsistir por medio de la benevolencia capitalina. La intención de su madre nunca ha sido condenarlos a volverse, como ella, especialistas del semáforo, en realidad, su propósito siempre ha sido alejarlos del mundo de las drogas o delitos, de los que ella ha sido testigo en Zaragoza. Los dos jóvenes han crecido con el camino empañado, vislumbrando sólo una parte del mundo que los rodea, pero con la posibilidad de limpiarlo y ver completamente a través de él. Su convicción es la clave para forjar su propia especialidad.

Mientras ordena sus cosas, Margarita observa a los ojos a Alexis, mismo que le devuelve una sonrisa que probablemente se convierta en el pacto de su futuro prometedor.

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