Por Victoriano Martínez

Si la derrota de Ricardo Gallardo Juárez para reelegirse como alcalde sorprendió, no sucederá lo mismo con las reacciones entre sus colaboradores: ex funcionario que golpea a regidores y éstos que lo acusan de represalia por haberlo señalado como responsable de la derrota, o un contralor municipal que renuncia antes de enfrentarse al proceso de entrega recepción.

Si la victoria de Andrés Manuel López Obrador era esperada y no sorprendió, tampoco habrán de sorprender la existencia de enfrentamientos entre los militantes de un partido de tan reciente creación que se convierte prácticamente en hegemónico.

Celebrar la victoria al lograr el máximo cargo en juego no es suficiente para que se dejen pasar las presuntas fallas en los casos en que pudo haberse ganado, pero alguien no hizo correctamente lo que le correspondía.

Tal es el caso de los señalamientos desde el tercer distrito electoral federal en contra de tres directivos de Morena, entre quienes destaca Gabino Morales, recién nombrado coordinador Estatal de Programas de Desarrollo Integrales por López Obrador.

En el caso de la gallardía, colocada en el ámbito de la derrota, los movimientos con cierta dosis de una inercia precedida de señalamientos de corrupción en la administración que habrán de entregar a un partido oponente, amplían los márgenes de la sospecha.

¿Qué es lo que evade el auditor municipal al retirarse antes de que inicie el proceso de entrega recepción? Si el equipo de transición de Xavier Nava Palacios de por sí tendrá que estar alerta en ese procedimiento, con estas señales su atención y cuidado deberán potencializarse.

En el caso de Morena, aunque difícilmente la denuncia que presentan militantes de seis municipios podría inscribirse en las tradicionales grillas a quien es nombrado en un alto cargo, no dejan de ser un elemento para que se hagan consideraciones sobre el perfil de un Gabino Morales para un cargo de la envergadura para el que se adelanta su nombramiento.

El personaje que asuma ese cargo, que ha llegado a ser calificado como una especie de vice gobernador, tendrá que ser capaz de tener la visión de conjunto que antes estaba distribuida en delegados de cada dependencia federal, con el riesgo de que se convierta en blanco de cantos de sirena de manipuladores para sus fines particulares y concentre las fuentes de corrupción hoy dispersas.

La intención es reducir el aparato burocrático puede ser buena. El riesgo de que los perfiles de quienes ocupen esos cargos apunta a que esa centralización pueda degenerar en una situación caótica.

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