Por Victoriano Martínez

Se van con una clara idea de lo que fueron.

Intentaron aparentar ser diputados, pero por más que fingieron representar los intereses de la población, fueron incapaces de ocultar su voracidad para apropiarse del erario.

Nadie se las creyó, y terminan como parte del listado de los integrantes de la peor Legislatura de la historia porque, muy lejos de ser representantes populares, su nombre provocará la expresión ¡ah, es uno de los cínicos corruptos de la LXI Legislatura!

Para su vergüenza, ni cínico ni corrupto serán términos utilizados como una opinión que busque desacreditarlos, porque tendrán un uso meramente descriptivo.

Cínico, según la Real Academia, es una persona que “actúa con falsedad o desvergüenza descaradas”.

Fue lo que exhibieron durante tres años y con lo que cerraron este miércoles.

Fernando Chávez falsamente declaró el martes, con comunicado oficial de por medio, que no habría vigilancia especial durante la sesión del informe, a desarrollarse hoy jueves. La adelantaron a escondidas. “Nos criticarán, pero no tenemos que tragar sapos ante las protestas”, fue el cálculo del cinismo corrupto.

Como presidente del Congreso, Chávez engañó a nombre de todos sus compinches y, en el colmo del descaro y tras sesionar a escondidas, tuiteó la frase dicen que guerra anunciada no mata soldado.

Gerardo Serrano, al salir de la ofensa adicional de gastar más recursos públicos en un inmerecido desayuno en el Hotel San Agustín, repitió la frase usada por Chávez, como soldadito al que su presidente lo hizo sentirse a salvo.

Nadie les advirtió que con su último acto de traición a sus representados le daban la puntilla a su dignidad. Unos verdaderos apestados.

Corrupción, según la define Transparencia Internacional, es el abuso de un poder otorgado para obtener ganancias privadas.

Veinte denuncias ante la Fiscalía General del Estado y otras tantas que comienzan a acumularse ante la Auditoría Superior (ASE) dan cuenta de la forma en que abusaron de su cargo para apropiarse del erario.

Ellos mismos lo confesaron cuando, en la exposición de motivos para el decreto que desapareció el comité y la partida de gestoría, de la que más abusaron, señalaron que “en las atribuciones constitucionales de este Poder Legislativo no se contempla la función de gestoría”.

No sólo se apropiaban de los recursos públicos para sus ganancias privadas, sino que lo hacían a pesar de saber que violaban la Constitución.

Cuando se les recuerde como cínicos corruptos, no será por un juicio de valor, porque éstos son las impresiones que los hechos producen en la sensibilidad de las personas y, como tales, serían apreciaciones subjetivas.

Recordarlos como cínicos y corruptos será por un juicio de hechos, por tratarse de calificativos demostrables como lo constataron durante los tres años, y marcadamente en la última semana, con sus actos, los 27 y algunos de sus subordinados, que les siguieron el juego.

No debe pasar inadvertido que entre los cómplices de la aberración de rendir cuentas a la población en una sesión a escondidas, que incluso no transmitieron vía internet, se encontraban dos integrantes de la LXII Legislatura que así comienzan mal su gestión: el reelecto Oscar Vera Fabregat y Beatriz Benavente Rodríguez, quien fue parte de la LXI Legislatura como oficial mayor.

Durante tres años los diputados que ya se van intentaron aparentar, pero se despidieron con una acción que muestra que tienen muy clara la idea de lo que fueron: sólo los ladrones se van a hurtadillas.

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