Jaime Nava

Como la dignidad no cotiza en la bolsa ni se consigue gracias a la especulación inmobiliaria, el grupo de empresarios que desde hace tres años en privado se dice víctima de la extorsión de las administraciones municipales gallardistas, acudieron al desayuno auspiciado por el Partido de la Revolución Democrática con el pretexto de la visita a San Luis Potosí del ex jefe de gobierno de la Ciudad de México, Miguel Ángel Mancera.

“No creas que fui a ver a Gallardo, fui a ver a Miguel Ángel Mancera”, comienzan a decir los empresarios para tratar de justificar su presencia en un acto que más allá de sus implicaciones políticas sirvió para convalidar el modelo de negocios de la gallardía; es decir, las extorsiones, las amenazas, el desvío de recursos públicos, el enriquecimiento desde el poder y los moches.

El miedo y el amor por el dinero llevaron a Jacobo Payán, José Mario de la Garza, Jaime Oliva, Félix Bocard, Gerardo Bocard, Fernando López Palau, Manuel Muñiz Werge, Octavio Aguillón, Francisco de la Rosa Carpizo, Alejandro Pérez Rodríguez, Vicente Rangel Mancilla, Manuel Lorca, Carlos Torres Corzo y Alberto Marrero a buscar la foto, con amplía sonrisa, junto al cacique.

La cercanía de José Mario de la Garza con los Gallardo ya se conocía. Su despacho fue contratado por Ricardo Gallardo Cardona cuando se enteró de que la Procuraduría General de la República y el Servicio de Administración Tributaria lo acusaban de fraude fiscal equiparado. Tampoco fue sorpresa ver en la bola a Jacobo Payán, quien, con todo y que un “corto circuito” le dejó un mensaje afuera de la Cabaña de Pecos el día de su incendio, no oculta la felicidad que le da ver en su estadio la publicidad de Ricon, la empresa de quien, desde la alcaldía, le hizo pagar la restauración de la Caja del Agua.  

Es probable que, como agandalladores profesionales de terrenos, Carlos Torres Corzo, Vicente Rangel y Fernando López Palau hayan asistido al encuentro con Miguel Ángel Mancera con la intención de recibir una cátedra inmobiliaria de parte de los Gallardo ya que, seguramente, quieren aprender cómo es que, en menos de una década y con sólo tres cargos públicos, se logra acumular más de 3 millones de metros cuadrados en propiedades.

Los esfuerzos periodísticos para documentar y exhibir la podredumbre gallardista en casos como Sandra Sánchez Ruiz, la adquisición a precios inflados de las purificadoras, las observaciones hechas por la Auditoría Superior de la Federación a las cuentas municipales, las amenazas, el blanqueo de cuentas públicas, la inexplicable riqueza de la que ahora gozan y, recientemente, la compra de un terreno por 15.5 millones de pesos de poco o nada han servido para provocar un despertar cívico.

Para los empresarios, en cambio, han resultado muy útiles. Gracias a ellos se han podido dar cuenta del enorme potencial comercial que tiene ser aliado de quienes ven en los cargos públicos un cheque en blanco para delinquir. Por eso sonríen, le buscan la mirada y le extienden sus manos a los Gallardo. Para ellos, la corrupción es un acto tan necesario como respirar, lo único que les faltaba era aceptar al cacique emplumado como uno de los suyos. Hoy, con su intercambio de abrazos y risas, ya lo hicieron. Que de una vez le escrituren la mitad de sus bienes.

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