José de Jesús Ortíz 

“La prensa sirve a los gobernados, no a los gobernantes”, advierte Katharine Graham, editora legendaria del Washington Post, en la película The Post¸ los oscuros secretos del Pentágono sobre los archivos clasificados del gobierno estadounidense en la guerra de Vietnam.

The Post –aún en cartelera-, es una historia que ante todo reivindica el papel de la prensa frente al poder y su lucha por ejercer la libertad de expresión, no como una retórica vacía de la que se cubren los medios para asumir en el discurso lo que no refrendan en su trabajo diario, sino como la posibilidad de que a través de ese ejercicio de libertad se someta a una rendición de cuentas a los gobernantes.

“La única forma de afirmar el derecho a publicar es publicando”, dice Graham en la película, estoica frente a los consejos de sus asesores y las amenazas del gobierno de Richard Nixon para no publicar dichos documentos, inicialmente divulgados por The New York Times. Una batalla la que da Graham y sus periodistas que deja un precedente afirmando un derecho (el de la libertad de expresión), el cual tendrá su punto más alto un año después cuando ese mismo periódico publica la investigación sobre el caso Watergate, que terminará con la renuncia de Nixon a la Presidencia estadounidense. Después vendrá la derrota y la retirada de Vietnam.  

La historia de los papeles del Pentágono es también el reflejo del papel que debería desempeñar la prensa en una sociedad democrática: como un contrapeso al poder, como fiscal de los abusos y las tropelías de los gobernantes, no como cómplice. Sólo así  es posible entender su función social.

Kapuscinski planteaba que en siglo XIX se configuran y consolidan dos tradiciones distintas de la prensa:  la anglosajona y la del periodismo europeo. La primera concibe al periodismo como un contrapeso, un fiscal implacable que se presenta como un cuarto poder junto al Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, cuya fuerza radica en la  objetividad y la independencia. En tanto, la prensa europea históricamente surge ligada a los partidos políticos, es “un actor más en la lucha política”. En la tradición europea los periódicos aparecen como instrumento de los grandes partidos de masas y de los proyectos políticos en disputa. Dos modelos o tradiciones distintas de entender el trabajo de la prensa, que con matices pareciera mantenerse en la actualidad.

El caso de la prensa mexicana parece más cercano al desarrollo de la tradición europea, con periódicos (desde el siglo XIX) vinculados a los proyectos políticos y a las élites que se disputan el poder. Un esquema que con  excepciones parece vigente, como lo refleja el origen de la mayoría de los grandes medios de comunicación del país, impulsados por grupos empresariales a su vez ligados o parte de proyectos políticos (ejemplos sobran a nivel local o nacional). Es también un esquema que en el siglo XX agrega un elemento central: la prensa como un factor esencial de control social y de estabilidad para el régimen surgido con la Revolución.

Sobre el papel de la prensa mexicana durante el siglo XX, José Carreño Carlón –actual director del Fondo de Cultura Económica y jefe de Comunicación Social durante el sexenio de Carlos Salinas- documentó los mecanismo de lo que llamó “un modelo histórico de la relación entre la prensa y poder en México en el siglo XX” (https://goo.gl/zJHWxU), a través del cual se da el sometimiento de la prensa mexicana.

Mediante este modelo de subordinación, el régimen entrega “apoyos estatales para fundar o rescatar empresas informativas”, otorga estímulos fiscales a los medios, los dota de insumos subsidiados de papel periódico, les condona adeudos fiscales, asigna de manera discrecional la publicidad oficial, propicia el intercambios de servicios y contratos con periodistas, además  de la asignación a reporteros, columnistas, articulistas y directivos de medios, “de emolumentos pecuniarios mensuales, a manera de salarios o complemento de salarios, por parte de las oficinas de prensa de las dependencias y las empresas pública”.

Todo ello da como resultado un esquema de control sobre la prensa que se mantiene durante la mayor parte del siglo pasado (en muchas partes del país aún vigente) y que, desde luego, imposibilita el que ésta pueda ejercer su libertad y plantearse como un contrapeso al poder. Una función de contrapeso que no parece ser la constante en contextos como el mexicano, en el que –con sus notables excepciones- ha predominado históricamente una prensa cercana al poder. “Es una prensa libre que no usa su libertad”, observó el historiador Daniel Cosío Villegas para caracterizar el papel de la prensa mexicana durante buena parte del siglo pasado.

Un “modelo autoritario” de la prensa, planteó Sallie Hughes en el libro Redacciones en conflicto, caracterizado “por la ausencia de autonomía en las salas de redacción, una representación sólo de los puntos de vista que apuntalan las posiciones del régimen y una actitud pasiva en la búsqueda de noticias”. Un modelo funcional al régimen y que en buena medida obstaculizó el avance democrático del país.

No obstante y pese a la subordinación de muchos medios vía la publicidad oficial, este modelo de control comienza a fracturarse en los años 90´s del siglo pasado debido a múltiples factores entre ellos la competencia política y el surgimiento de medios de comunicación (que inician en 1976 con la revista Proceso y las secuelas del Golpe echeverrista al Excélsior de Julio Scherer García) que se plantean como un contrapeso al poder y un factor que posibilite la transformación democrática.  

“Invertimos en excelentes reporteros porque la rentabilidad y la calidad van de la mano”, concluye Graham en The Post, convencida del trabajo insustituible de los periodistas como investigadores y verificadores de la información que se ofrece al lector.  Esa es la apuesta en general que deberían plantearse los medios si pretenden servir a los gobernantes y no al gobierno, sobre todo en un contexto de creciente deterioro institucional como el que se vive en México. Sólo así, la prensa  podrá aspirar a seguir siendo la “plegaria matinal del hombre moderno” de la que habló Hegel.

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