Martín Faz Mora

Durante cuatro años, la herida de Ayotzinapa y los 43 normalistas desaparecidos han mantenido la conciencia del país despierta y en vilo. Lo ocurrido aquella terrible noche del 26 de septiembre y la madrugada del 27 en Iguala es una cicatriz que ha marcado a fuego la conciencia nacional.

Cómo con tantos miles, la memoria de los 43 normalistas, sus nombres y sus rostros se habrían perdido en la indolencia gubernamental, sus “carpetas de investigación” extraviado en el laberinto de la burocracia y  su recuerdo de la memoria colectiva para solo instalarse y refugiarse, en la particular e individual de sus familias, como ha ocurrido con tantos y tantas.

Pero las familias de los normalistas de Ayotzinapa y sus compañeros de la Normal Rural “Isidro Burgos” así como amplios sectores sociales locales, nacionales e internacionales, con su perseverante, hermosa e intransigente terquedad han logrado recordárnoslos y hacerlos presentes día a día durante estos largos mil cuatrocientos sesenta y un días, en los que las autoridades, en cambio, apostaron por la desmemoria, por el olvido, el desgaste, la abierta mentira, la manipulación y los ataques descalificadores del movimiento, en fin, la inhumanidad.

La terca memoria de las madres, padres, hermanos, abuelas, esposas, compañeros de los 43 protestando airadamente en las calles de Guerrero, Ciudad de México, el país entero, recriminando a las policías, el ejército, al gobierno, la presidencia. Alzando su voz y acusando en Washington ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, en Ginebra ante el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Convirtiéndose así en la memoria viva de sus hijos, rescatándolos del olvido al que quisieron condenarles sus victimarios, así como la indiferencia, indolencia e ineficacia de las autoridades.

Luego de los casi mil quinientos días de su desaparición por parte del Estado en colusión con los grupos criminales, el pase de lista del 1 al 43 y la rúbrica del grito: ¡Justicia! ha sido coreado por miles y miles, trayéndoles a la memoria en estadios de futbol, calles y avenidas del mundo entero, manifestaciones a lo largo del país, hasta las recientes movilizaciones en la UNAM.

La desaparición forzada es un crimen aberrante y de extrema gravedad considerado por el derecho internacional de “lesa humanidad”, es decir, que lesiona y agravia al género humano y a la sociedad en su conjunto.

Muchos, haciéndose eco de la indolencia gubernamental, han criticado a las familias de los 43 de Ayotzinapa por sus estrategias de lucha y sus repertorios de protesta. La comentocracia al servicio del poder les ha estigmatizado y convidado a la resignación, a la fe en la “verdad histórica” de Murillo Karam, Tomás Zerón y Enrique Peña Nieto.

Pero ellos siguen paseando su furia, sin timidez, ventilándola sin recato. Su rabia es nuestra conciencia, sin ella estaríamos todavía más perdidos e indolentes en un país donde la burocracia necropolítica puede pasear impunemente un tráiler con 273 cuerpos hacinados y maltratados por varios municipios de la zona conurbada de Guadalajara, en un dantesco espectáculo. O ser meros espectadores con naturalidad necrófila del macabro hallazgo de las fosas de Arbolillo en Alvarado, Veracruz y en todo rincón del país. Era lo que pretendían los creadores de la “verdad histórica” y la pira del basurero de Cocula: la inmersión en la “banalidad del mal”, el concepto acuñado por Hanna Arendt al analizar la conducta del criminal de guerra, una atrofia de la moral, provocada por un sistema de exterminio que gira enloquecido por su propio eje destructor. Este sistema, con su lógica, termina por sustituir y relegar a la ética.

Por ello, sin su rabia y la terca memoria de las familias de los 43 normalistas de Ayotzinapa, hoy estaríamos aún más a la deriva, ellas son nuestra memoria, nuestra aguijoneo ético en el país de la degradación moral de la vida pública.

¡Memoria, verdad y justicia!

Twitter: @MartinFazMora
http://martinfazmora.wixsite.com/misitio

 

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