Carlos Rubio

Solitaria quedó la Plaza del Carmen. Los acostumbrados ambulantes que vendían papas, elotes, gelatinas, algodones de azúcar e incluso libros, fueron desplazados. Su único ingreso ha desaparecido y una incógnita apareció en su vida: ¿por qué sólo a ellos? Habiendo un enorme Centro Histórico con vendedores ambulantes en la Plaza Fundadores y de Armas, en la Calle Hidalgo y en Zaragoza. El desalojo no fue parejo.

Todos los días, justo a un lado del Teatro de la Paz, Alma Rosa Muñoz Cervantes vendía libros, fotografías del antiguo San Luis y cuadros. Hoy se encuentra de pie, en el mismo lugar en el que estuvo durante 15 años, exigiendo la oportunidad de trabajar. Pegó cartulinas a su alrededor, esperando que la ciudadanía se entere de lo que ha pasado. Recaba firmas para pedir que se le deje continuar en su espacio. 

“Confiamos en Nava, era el cambio, por la sangre, por el linaje que tiene”.

Es madre soltera y de ella dependen sus tres hijos, estudiantes; entre sus miedos se encuentra el no poder pagar la inscripción de uno de ellos y que se vea obligado a dejar de estudiar. Tiene frente a ella una canasta donde las personas han pasado a dejarle algo de dinero para sobrevivir. Su voz se entrecorta con cada palabra que emite, está desesperada, decepcionada de un silencioso presidente municipal, Xavier Nava.

Muchos años atrás, ella se encontraba vendiendo en la Alameda Juan Sarabia, pero fue reubicada y enviada a la Plaza del Carmen. Según lo que cuenta, cada administración ha buscado reubicarlos y lo único que causan es que pierdan clientes e ingresos.

Frente a Palacio Municipal, afectados y familiares colgaron una lona para cubrirse del sol, debajo unas cuantas sillas, mesas y una casa para acampar. Rodearon un perímetro con cartulinas en las que se puede leer: “El ambulantaje consiente no se rinde ni se vende”, “Respeto a nuestra antigüedad de nuestra área de trabajo”, “Exigimos solución no más represión”. Están dispuestos a esperar a que el presidente municipal salga y les dé una solución.

Rocío Navarro es una persona de la tercera edad que tenía un puesto de gelatinas y dulces tradicionales. Ya no puede hacer gran trabajo con sus manos debido a una operación. Ahora está plantada frente al Palacio Municipal, esperando respuestas, que alguien le diga cuándo puede volver a trabajar para sobrevivir.

Lleva más de 40 años vendiendo en la Plaza del Carmen, y sabe que si la reubican en la Alameda, no venderá puesto que “no hay ni un alma, hay puros ratones”. Ahora se comienza a preguntar de qué va a vivir, y se ha visto obligada a pedir dinero para poder comer.

“Sólo soy yo, mis hijos ya están casados y con hijos. Yo no tengo por qué estarles pidiendo dinero si todavía puedo trabajar”.

También las fotografías abundan en el plantón de ambulantes. A blanco y negro muestran los puestos de antaño en el Centro Histórico, prueba de que aquello no era de unos cuantos años, sino de toda una vida.

Adela López trabajaba junto a sus hermanos vendiendo dulces y elotes. Por generaciones se han dedicado al comercio ambulante, es por ello que no tienen otra fuente de ingresos. Llevan más de 35 años ocupando ese espacio. Entre lágrimas deja entrever esa incertidumbre que ahora la acecha, y se pregunta: “¿En qué los perjudicamos?”.

Recuerda como desde inicios del presente año, el Ayuntamiento dejó de aceptarles el pago por el espacio que ocupaban en la Plaza del Carmen, luego de un tiempo, decidieron dejar de insistir y continuar con su trabajo. Meses después he aquí el resultado, el futuro que ya preveía el Ayuntamiento.

Dulces tirados, carritos volteados, jaloneos, fue lo que la resistencia les dejó luego de los altercados con policías municipales e inspectores. Pérdidas económicas que se suman a un paro laboral que nunca quisieron.

Iván Navarro ayuda a sus familiares con un carrito de elotes, además de papas y dulce tradicional. Lo que ganaba era utilizado para mantener a su hijo y continuar sus estudios en la Facultad de Derecho.

Todos tienen similitudes, para todos fue inesperado el desalojo y la parálisis económica que sufren ahora. Coinciden en que hacían buen uso del espacio y no afectaban a nadie, además de mantenerlo limpio cada que se iban. Y cada uno de ellos está decepcionado de las autoridades municipales, de quienes, dicen, esperaban más apoyo para salir adelante y no que les eliminaran su única fuente de ingresos.