Todos los días ocurren crímenes en San Luis Potosí, suman miles al año, y tienen distinto impacto en la comunidad.

En todo el mundo ocurren hechos que la sociedad reprueba o que la lastiman, y hemos podido identificar el desarrollo humano con un dato que no tiene que ver con que ocurran o no hechos reprobables, es el castigo que reciben los que los cometen.

Todos los grupos humanos a lo largo de la historia han catalogado los actos dañinos y se les considera más o menos gravosos por sus resultados, y por las intenciones evidentes de causar daño, se les llama delitos, y para ser consecuentes el catálogo incluye los castigos que se les aplicarían.

Teóricamente Usted y yo pagamos impuestos para que los crímenes sean prevenidos por el gobierno y, si no es posible, sean castigados, ese es el origen del Estado moderno, para eso fue creado por los grupos humanos, para proteger nuestra convivencia y permitirnos felicidad.

En México, y en nuestro San Luis nunca hemos estado exentos de delitos, pero seguramente Usted ha notado –si no es que padecido– que hoy en día parece haber más y más, a cual más escandaloso y grave.

Muchos afirman que no hay más crímenes, sino que ahora existe mayor facilidad para comunicar las cosas, sobre todo a través de las llamadas “redes sociales”.

Pero yo creo que sí que están ocurriendo más, cada vez más graves y de mayor impacto, y es por una razón que ya he comentado en este espacio y en mi colaboración sabatina en Pulso Diario de San Luis, la impunidad.

Sin castigo los delitos –el catálogo de lo malo y dañino– no tienen sentido de existir, todos los abogados lo aprendimos en el primer curso de derecho penal, pero parece que algunos maestros no lo recuerdan.

¿Qué hace más o menos notable un crimen? Sus protagonistas, tanto la víctima como el victimario, sin duda; la exposición del mismo, también cuenta, pero en las sociedades civilizadas del planeta se esfuerzan porque eso no tenga qué ver, sino que todo delito es investigado y castigado, ahí reside la fuerza del Estado, en la eficacia de sus funcionarios y la madurez de la sociedad.

Debe dolernos cada delito, y deberíamos exigir su total esclarecimiento para que se apliquen los castigos, que no sólo sancionen en nombre de todos al criminal, sino que sirva de ejemplo a quien pretenda cometer uno.

El punto de quiebra que ahora dobla y divide a los potosinos es la Justicia que no llega, y cuando llega es una simuladora selectiva, una hipócrita consumada, una ramera indecente.

¿Habrá un día en que la existencia de un chico de 16 años que vivía en la peligrosísima colonia Primero de Mayo, en Soledad de Graciano Sánchez, sea tan valiosa como la de uno de 30 que vivía a unos pasos de la residencia del Gobernador, ambas abatidas a tiros?

¿Alcanzaremos a ver que algún día se persiga con intensidad mediática a los asesinos de una niña que viajaba en la caja de una camioneta propiedad de su familia a manos de policías estatales, “confundida” por ser pobre?

Los esfuerzos de la policía bajo el mando de un piadoso pero ineficaz general parecen orientarse más a prevenir que un peligroso adolescente no llene de grafiti un puente peatonal que a inhibir el narcomenudeo que asesina a nuestra juventud, o a impedir que decenas de personas sean acosadas, torturadas y asesinadas sólo por ser mujeres.

El crimen crece mientras las policías permanecen impávidas, con justo temor por el actuar delictivo y alentados a no intervenir por el mísero salario que les pagamos, la nula seguridad social o laboral, y la voraz rapiña de sus derechos de reunión, expresión y disenso.

La violencia en nuestras calles, en nuestros hogares, en los espacios de reunión de nuestros jóvenes, en las escuelas, en los centro de trabajo, en la política, no empezó ayer, ni la detonó el desafortunado nombramiento de un militar, material y emocionalmente retirado de su deber castrense, como Secretario de Seguridad Pública.

18 meses son mucho tiempo para tomarle el pulso al moribundo organismo en que se ha convertido nuestra convivencia pacífica, y apenas es el comienzo de la descomposición.

Las causas de toda esta descomposición, sin embargo, sí las debemos buscar en la manera en que hemos construido el liderazgo político de nuestra comunidad, porque hemos errado.

Nos equivocamos al elegir alcaldes para nuestras ciudades, al menos las de la zona metropolitana de la capital del Estado, porque no es asistencia demagógica lo que necesita la gente, sino restaurar la esperanza, la fe en lo que nos importaba, que por cierto nunca han sido las dádivas gubernamentales.

Erramos en redondo al creer que la sola decencia e integridad personal eran suficientes elementos para tener un buen gobernador.

¿Qué estábamos pensando cuando desoímos todos las alertas de que los malos habían entrado hasta la cocina de la casa, mezclándose con nuestros líderes e incluso condicionándolos o atemorizándolos? ¿De verdad son estos los tiempos de “wannabes” ensoberbecidos aspirando a ser de la “high life”, o de gerentes bonachones con atole en lugar de sangre?

No desligue Usted el comportamiento vergonzoso de la Asamblea de vagos –sus desplantes, sus insultos, su diminuto nivel– de la tremenda descomposición general de San Luis, porque ese es un termómetro de nuestra dejadez, de nuestra discapacidad para exigir liderazgo.

Tampoco deje de lado a los jueces y magistrados, cuya lastimosa actuación en el sistema de Justicia Penal acusatorio nos dará mayor impunidad.

Sin seguridad, sin justicia, sin fuerza de carácter frente a los malos, sin dignidad ni eficacia de nuestros jueces y ministerios públicos, el crimen sin castigo la tiene fácil, y lo mismo da que sea una persona pobre, o una rica.

Temario

  • Póngale cuidado a la votación en la Asamblea de vagos para elegir a los jueces anticorrupción.
  • Dará de qué hablar el proceso de selección de consejeros al Consejo Estatal Electoral, pero no tanto, al cabo que ni importan.

Leonel Serrato Sánchez

unpuebloquieto@gmail.com

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