Oswaldo Ríos

El escenario parece una pesadilla.

La improvisación, los arranques de voluntarismo, la demagogia, el simplismo burdo, la polarización sostenida, el populismo, la intolerancia a la crítica, el uso dictatorial de su mayoría, la ignorancia en temas técnicos, la urgencia atropellada de poder, el sometimiento de quienes deberían oponérsele, la incongruencia en los hechos y el cinismo en las palabras con que las que se justifica a sí mismo.

López Obrador y el movimiento-partido que lo llevó al poder están convencidos que es su derecho ejercerlo sin límites, ni contrapesos. Ni siquiera traicionar sus propias promesas de campaña funciona como instrumento de moderación de sus conductas públicas. No. El poder toma la forma del capricho o de las imposiciones de AMLO, y nadie cuestiona si esas decisiones desdicen lo que se le vendió en campaña a un electorado desesperado como “la esperanza de México”.

Si el presidente electo es incongruente, ya saldrán sus promotores a dar las maromas de rigor y tratar de justificar lo injustificable. Si la sociedad no cambia de opinión tan rápido como la veleidosa voluntad del caudillo, pues peor para la sociedad que se quedará fuera de “la verdad verdadera”, es decir, lo que el monarca sexenal defina como la verdad.

El debate público está envenenado, la oposición partidista está atemorizada, los medios se están realineando y el poder absoluto de la presidencia imperial se ha restituido. Todo eso se muestra con descaro ante nuestras narices, es el preludio del desastre que viene y lo más grave es que muy pocos lo dicen con todas sus letras.

Es claro: el único contrapeso de López Obrador está en la sociedad civil.

Ha sido en las redes sociales donde ha tomado forma el discurso que se contrapone de manera más frontal a Andrés Manuel López Obrador.

Prometió castigar la corrupción, pero en los hechos ofreció perdón absoluto para los corruptos, comenzando por Peña Nieto.

Prometió ser intolerante con la impunidad, pero en los hechos ha pactado con ella y nada ha dicho de la liberación de Elba Esther Gordillo o la pena ridícula a Javier Duarte.

Prometió regresar al Ejército a los cuarteles y sacó raja política cuestionando por ello a Calderón, pero en los hechos ya prometió que las Fuerzas Armadas seguirán haciéndose cargo de la seguridad pública.

Prometió un gobierno nuevo, pero en los hechos ha reciclado a la clase política de siempre Bartlett, Muñoz Ledo, Monreal, Durazo, Moctezuma, Sansores, etc.

Prometió comportamientos republicanos y alejados de la frivolidad y la ostentación en su gobierno, pero en los hechos su hombre más cercano y vocero César Yáñez tuvo una boda digna de un principado, él mismo fue testigo del enlace social y aparecieron ambos en la portada de la revista Hola.

Prometió una guardia nacional, pero en los hechos ya anunció que no lo hará.

Prometió apoyar la ciencia y la tecnología, pero en los hechos su propuesta presupuestal no aumentará un peso en este sector y la funcionaria que nombrará en el CONACYT ordenó suspender las becas.

Prometió sacar las dependencias de la Capital a los estados, pero en los hechos la realidad le está demostrando que eso no es factible.

Prometió ser un férreo defensor de la dignidad del pueblo de México ante Donald Trump, pero en los hechos es aún más dócil y complaciente con el presidente norteamericano que lo que lo fueron Calderón y Peña.

Prometió una cuarta transformación histórica del país, pero en los hechos sus decisiones comprueban que esto se trata de una cuarta transformación, pero del viejo sistema posrevolucionario: PNR-PRM-PRI-MORENA.

Prometió que él sería Peje, pero no Lagarto, pero en los hechos está traicionando todas sus promesas y juramentos.

En la campaña fue el Peje, pero en el ejercicio del poder es el Lagarto. El Rey Lagarto.

Twitter: @OSWALDORIOSM
Mail: oswaldo_rios@yahoo.com

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