Texto y fotos: Arturo Contreras / Red de Periodistas de a Pie

Por doceava ocasión, una caravana de mujeres centroamericanas recorre el país buscando a sus hijos desaparecidos; es un esfuerzo doble: para encontrarlos y para que la gente no olvide la tragedia humanitaria en la que se ha convertido la migración en esta región. En cada parada, las “autoridades” aprovechan para presumir sus esfuerzos por ayudarlas. La realidad dice otra cosa

SAN LUIS POTOSÍ, SLP.- Un centenar de migrantes desayuna en el comedor de la Casa de la Caridad. Junto a ellos, 41 mujeres centroamericanas montan un tendedero con las fotografías de sus hijos, desaparecidos en algún lugar del territorio mexicano. Quieren que los que ahí comen se acerquen, los vean y les den una pista de su paradero. Buscan, como sea y con quien sea, información que las acerque un poco a su ausente.

Cuando alguien toma una foto, alguna de ellas se acerca a preguntar: “¿Lo ha visto? ¿Sabe quién es? ¿Lo conoce?”

Fortuitamente, un hombre alto originario de El Salvador, comenta a una de ellas sobre una foto: “A este yo lo encontré, lo he visto, pero está mal, está como loco. Lo vi comiendo basura. Mal, mal”.

Guadalupe Jiménez suelta en llanto. Ella es la madre de José Daniel Mendoza Jiménez, el de la foto referida. Ella sabe que algo le pasó en Reynosa, Tamaulipas. Sabe que tuvo un accidente, que se golpeó en la cabeza y que dejó de pensar correctamente. Ahora, teme encontrarlo y que él no la reconozca.

Es lunes 21 de noviembre de 2016. San Luis Potosí es el punto más al norte al que llega el grueso de la Caravana de Madres centroamericanas, que por doce años consecutivos ha recorrido el sur de México en busca de migrantes desaparecidos. Se trata de un esfuerzo organizado por el Movimiento Migrante Mesoamericano para que la gente no olvide la tragedia humanitaria en la que se ha convertido intentar llegar a Estados Unidos cruzando por México.

Así, con pistas escuetas y testigos ocasionales, la Caravana que arrancó el 15 de noviembre en Guatemala, ha recorrido, Chiapas, Tabasco, Veracruz e Hidalgo, y seguirá por Guanajuato y Querétaro hasta la Ciudad de México. Un grupo más pequeño irá por primera vez a la frontera norte.

San Luis es un punto crítico de la ruta migratoria. Aquí convergen varias de las rutas del tren de carga que usan migrantes indocumentados para cruzar el país. En los últimos meses, este punto parece ver más actividad que antes.

Guadalupe Serrano, la coordinadora del albergue, explica que mientras en noviembre del año pasado tenían entre 60 y 80 personas por día, ahora hay hasta 350. Ella piensa que quieren llegar antes de que Donald Trump asuma la presidencia de Estados Unidos y cumpla su promesa de sellar – aún más- la frontera.

No es la primera vez que los activistas ven un incremento así; también se duplicó la cantidad de viajeros que llegaban al albergue después de que comenzó a operar en México del Plan Frontera Sur, una estrategia que fortaleció la vigilancia sobre el paso de indocumentados en el sur del país.

“Los agentes de migración somos como los esposos engañados”

La Casa de la Caridad presta buenos servicios, dicen los que saben. Pero su apariencia no deja de ser fría: los dormitorios están rodeados de barrotes, las duchas están en un espacio abierto, sin paredes, ni privacidad; el comedor es un amplio bodegón con pilares metálicos que sostienen un techo de lámina sobre el que hay dos pisos más.

San Luis Potosí, por ser un punto estratégico en la ruta, también es un punto importante para la trata de personas. Guadalupe Serrano cuenta que el albergue es constantemente infiltrado por polleros y afuera se estacionan autos que se quedan por semanas observando a los que entran y salen.

Las violaciones y los abusos son comunes, incluso de parte de las autoridades locales. En noviembre de 2013, el delegado estatal del Instituto Nacional de Migración (INM), Alberto Rojo Zavaleta, fue removido por, presuntamente, abusar sexualmente de dos mujeres migrantes menores de edad. Y apenas hace dos meses, su sucesor, Gerardo Téllez, también fue destituido por las denuncias de abusos contra los migrantes.

La imagen de los agentes migratorios está tan deteriorada que fue necesario cambiar a la mayoría de los agentes de campo, dice a este reportero el nuevo delgado estatal, Mauricio Castañón Malagón. Según él, fueron sustituidos los vigilantes de los retenes permanentes y los patrulleros.

¿De dónde salen los nuevos agentes?, Malagón explica que de un intercambio entre distintos retenes: “Por ejemplo, en el retén de Matehuala, ahí vas a encontrar agentes de Coahuila, de Oaxaca, de Guerrero…”

Dos días antes de llegar a San Luis Potosí, la Caravana visitó el pueblo de La Patrona, en Veracruz, famoso por el grupo de mujeres con el mismo nombre que incansablemente lanza alimento a los migrantes que pasan en el tren.

La mañana antes de salir, el delegado del INM en ese estado, José Tomás Carrillo Sánchez, se apersonó en el lugar para quedar a “total disposición” de las madres y decirles que coadyuvaría con ellas en todo lo que él pudiera.

Ana Zelaya, representante de las madres hondureñas participantes en la Caravana, lo interpeló: “Apreciamos su visita, pero apreciaríamos que no se quedara en palabras, que se tradujera en acciones que se pudiera palpar”.

El funcionario, aún con ímpetu y aire de cordialidad, aseguró que las cosas están cambiando al interior de su delegación, donde también han cambiado a los agentes migratorios.

Luego explicó el motivo de su inacción: “Respecto a los agentes de campo, los de las oficinas de migración somos como los esposos engañados: todo mundo alrededor sabe qué pasa, excepto ellos”.

A su paso por cada estado, la Caravana captura la atención de funcionarios locales, quienes buscan un espacio -preferentemente cuando están las cámaras- para ponerse a los pies de las madres y demostrar las importantes acciones de sus gobiernos por defender los derechos de las personas en tránsito.

A veces, incluso, aprovechan esfuerzos que otros colectivos ciudadanos hacen para que las madres encuentren a sus hijos. Por ejemplo, en Veracruz, el grupo de familiares de personas desaparecidas Solecito, que busca restos humanos en fosas clandestinas, organizó una toma de muestras de ADN para las madres de la Caravana.

“Todas somos madres, y creo que ellas deben sufrir lo mismo que nosotras. Y pues como ellas son de fuera, pues pensé que se les debe complicar más hacer este tipo de cosas, por los trámites y eso”, explicó Marcela Zurita, la coordinadora de Solecito en Córdoba

La iniciativa podría dar respuesta a las centroamericanas de que sus hijos no están muertos, pues sus muestras se comparan con bases de datos de los restos hallados en las fosas. Los resultados reafirmarían el lema de la Caravana: “Buscamos vida en caminos de muerte”.

Sin embargo, el proceso a cargo de la división científica de la Policía Federal fue un desastre. El escenario para la toma de muestras era la Arena Córdoba, un estadio de voleibol para mil 500 personas construido para los Juegos Centroamericanos de 2014.
En el suelo sucio y pegajoso del cubículo de venta de bebidas y botanas, muy formalmente sentado junto a una caja con botellas vacías de cerveza, se instaló el laboratorista. A unos pasos, los representantes de la Fiscalía de Veracruz, que hicieron la vinculación con la Policía Federal, ahuyentaban a los periodistas para que “no vayan a contaminar las muestras”, mientras ellos platicaban, usaban el celular, y uno que otro estornudaba.

Del otro lado de la barra del cubículo, los familiares de los migrantes esperaban en unas sillitas su turno como quien espera una revisión médica. Se miraban incrédulos. Ana Zelaya, la misma madre que después interpeló al delegado de migración en Las Patronas, lo explicaba de este modo: “Cada vez que escuchamos la palabra ‘federal’ nos da alergia. Es que, lamentablemente, ya les perdimos toda la confianza. Pero qué podemos hacer. Yo ya no quiero que me pinchen, pero pues si ya me subí al burro, pues lo jinetello”.

Al final, sólo 18 de 41 integrantes de la caravana permitieron que las pincharan y que se almacenara una muestra de su ADN. Ninguna recibió un talón, certificado, o algo que les permita reclamar su muestra. Sólo les dejaron una promesa: “le hablamos si sabemos algo”.

Prioridades

El interés de los funcionarios locales en el tema migratorio ha sido un tema destacado en la primera parte de la caravana. En Tabasco, por ejemplo, un amplio grupo del gobierno estatal organizó una reunión con las madres. El escenario: el Hilton Villahermosa Conference Center.

Las mesas con manteles largos y las sillas cómodas del salón donde fue la junta y el servicio de café y galletas gourmet contrastaban con las colchonetas en el suelo de albergues de migrantes e iglesias en las que generalmente duermen las madres y con los frijoles y arroz que familias solidarias donan a la caravana.

La acción de fondo valía mucho: la comitiva del gobierno entregó una lista de las personas recluidas en las cárceles tabasqueñas para que las madres buscaran a sus hijos ahí, y para facilitar el trabajo del Movimiento Migrante Mesoamericano.

Al final del encuentro, William Sebastián Castillo Ulin, Subsecretario de Desarrollo político del estado y quien dirigió la reunión, formó a su séquito funcionarios para entregar a las madres unas tortas de jamón con pan seco… mientras su equipo de comunicación les tomaba fotos.

“Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx”

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