Angélica Campillo y Carlos Rubio

En 1999 el emblemático caso de la Unión de Crédito Regional (Unicrer) reunió a miles de personas que peleaban por la misma causa: el pago de su dinero. La congregación de grupos fue fundamental para alzar la voz y ser escuchados por autoridades, medios y los propios directivos de Unicrer. Las piezas fundamentales de este movimiento fueron sus líderes, quienes día a día mostraron su rostro ante la presión mediática que se vivía. Una de ellas fue Mónica María Sánchez Sáenz, quien, 20 años después, relata su experiencia.

Antes del cierre de Unicrer, llevaba una vida normal, como cualquier otra. Trabajaba como educadora, profesión que sigue desempeñando hoy en día, y estaba a punto de ascender en su lugar de trabajo, pero, sobre todo, estaba al pendiente de su madre. Para ella, Unicrer significó un cambio de visión y perspectiva acerca de la vida. Hoy, las experiencias han complementado su persona, a partir de más de un año de lucha. 

Por recomendación de una amiga, Mónica decidió invertir su capital en Unicrer, aproximadamente tres meses antes de que se diera el anuncio de su cierre. Debido a los atractivos intereses que ofrecían, vendió su vehículo para obtener dinero e invitó a su madre a también depositar en la Unión el dinero que había juntado durante toda su vida; en conjunto invirtieron poco más de 500 mil pesos.

La publicidad de Unicrer era muy llamativa, ofrecía confianza y beneficios. Además, una vez que había sido declarada en quiebra, seguían transmitiendo anuncios invitando a la gente a invertir su dinero.

Años después, aún recuerda el momento exacto en el que se enteró del cierre de Unicrer: se dirigía junto a su mamá a realizar un pago telefónico y, antes de llegar al lugar, escuchó en la radio una entrevista a Rebeca Aldave Morales, quien después, junto a ella, se convertiría en líder del movimiento; Rebeca denunciaba y exigía una explicación a los funcionarios de la institución por el repentino cierre.

Al enterarse, su madre comenzó a sentirse mal hasta el grado de derrumbarse. Intentó animarla diciéndole que haría lo que fuera necesario para que les devolvieran lo que habían invertido, después, su madre le respondió con una frase que a pesar de los años, no olvida: “A mí las lágrimas no me las va a sacar el dinero. Si me he levantado de muchas, de ésta también me voy a levantar”.

Impulsada por las palabras de su madre, se dispuso a afrontar la situación. Posteriormente contactó a Rebeca Aldave, quien ya era su amiga desde años anteriores. Reunieron a todos los ahorradores que quisieran sumarse a la causa, primero de San Luis Potosí y luego de los demás estados afectados por la unión crediticia.

Como resultado se formó un movimiento que buscaba, en primer lugar, el pago a personas de la tercera edad, quienes tenían ahorrado poco dinero, pero significaba todo el que tenían. Después se sumaron causas, por quienes tenían problemas de salud, económicos o tenían alguna urgencia en su vida.   

El fuerte carácter de Mónica es la prueba más fiel de que fue parte fundamental del movimiento, llevando siempre en mente a su madre, quien fue acechada por la angustia, tristeza y depresión, ante la incertidumbre de no saber qué pasaría el día de mañana.

Las asambleas de ahorradores son de los momentos más ríspidos que vivió y que aún vienen a su cabeza, donde cientos de personas se congregaban a exponer sus situaciones e ideas, y ella, a lado de otros líderes, debían escucharlos, controlar la situación cuando se salía de control y, sobre todo, ofrecerles alternativas y soluciones. Además, había intereses distintos mezclados entre quienes seguían la causa, personas que intentaban separarlos e incluso politizar el movimiento.

Realizaron varias manifestaciones en las calles de la ciudad, de las cuales Mónica recuerda haber encabezado algunas: afuera de la casa de Alejandro Torres Corzo, presidente del Consejo de Administración de Unicrer; en la casa de Marcelo de los Santos Fraga, comisario de la Unión, y frente al Palacio de Gobierno.

El desgaste fue notorio, Unicrer fue una entrega de fuerza física y emocional para poder obtener lo que ya había sido de ella y se lo arrebataron. Sacrificar horas de sueño por acudir a reuniones para realizar estrategias que muchas veces no resultaban. Eso y más implicó el conflicto de Unicrer.

Con el paso de tiempo y las investigaciones que se realizaban, se enteró de la forma en la que Unicrer operaba; en números rojos y habiendo sido notificados de la situación, aun así, le abrían sus puertas a cualquiera que quisiera depositar todo su patrimonio, engañándolos, prometiendo beneficios que nunca llegaron.

Para Mónica esta fue una de las más grandes satisfacciones de su vida: Levantar la voz y ser escuchada por un bienestar social y por su familia, que pudo recuperar 85 por ciento del dinero que invirtió. Sin embargo, lamenta que hoy en día las cajas populares continúen operando sin supervisión ni regulación, causando que más personas se queden sin dinero, teniendo que dedicar su vida a recuperarlo.

Las personas aún la agradecen haber sido parte de este movimiento y su representación no sólo por parte de San Luis Potosí, sino por los demás estados pertenecientes al Bajío y a este suceso que dejó marcadas a más de cuatro mil personas, de las cuales hay quienes perdieron el camino y nunca regresaron a su vida normal.

Afortunada, 20 años después, a Mónica Unicrer le recuerda cuatro cosas: presión, unión, amistad e intereses.