José de Jesús Ortiz

La batalla final por la Presidencia comenzó legalmente en el primer minuto del 30 de marzo. En realidad es la continuación de una batalla mantenida en las últimas décadas. Continuidad o cambio serán los conceptos centrales sobre los que girará el discurso de la campaña, que conforme pasen los días se volverá más virulenta pues para las élites políticas y económicas es demasiado lo que está en juego.

Será una batalla en la que se enfrentan visiones del mundo y agendas contrapuestas, resumidas básicamente en dos proyectos: la continuidad del modelo económico aplicado en el país a lo largo de más de tres décadas o la posibilidad de aplicar un modelo que pretende una mayor intervención del Estado para disminuir los desequilibrios sociales.

Con todos sus matices, lo que está en disputa es el mantenimiento de un modelo económico impuesto como dogma desde los años 80´s, asumido y defendido por los gobiernos del PRI y del PAN-PRD (aliados en el Pacto por México que impuso las llamadas reformas estructurales), frente a un modelo planteado por Andrés Manuel López Obrador que  representa una apuesta por una mayor intervención del Estado para enfrentar los desequilibrios y desigualdades sociales que el mercado salvaje no puede resolver. Un modelo keynesiano con  acento claramente en lo social.

Pareja bien avenida desde finales de los años 80´s,  en los hechos el PRI y el PAN han sido los principales impulsores del actual modelo económico. Pese a sus desavenencias coyunturales, la propuesta de sus actuales candidatos presidenciales no representa cambio alguno en cuanto a política económica. Ante la posibilidad de derrota, en el horizonte está un posible acuerdo entre estas dos fuerzas políticas como ya sucedió de manera tácita en 2006 y 2012 para articular una alianza que enfrente  a Obrador.

Para los segmentos del país enriquecidos y beneficiados a lo largo de estos largos años, la prioridad es la estabilidad del régimen y de las políticas aplicadas desde arriba. Una continuidad que la élite gobernante busca mantener a sangre y fuego, en una batalla en la que dispone de los enormes recursos del Estado (jurídicos y políticos) para incidir en la elección y comprar la voluntad de los ciudadanos. Cuentan también con el aparato mediático del régimen y los reinos de la comunicación favorecidos a lo largo de los últimos sexenios.

Para los excluidos de ese modelo económico (legiones de mexicanos en el umbral de pobreza y clases medias afectadas por esas políticas económicas que han precarizado el empleo y los niveles de vida) la elección de julio representa la posibilidad de un cambio. Una apuesta que parece ser la que se impone en la actual campaña como lo reflejan las encuestas pese a la campaña del miedo ya en marcha.

No es excesivo señalar que los poco más de 80 días que restan para las elecciones del primero de julio serán fundamentales en la reconfiguración del país en los años y acaso décadas siguientes. Decisivos para garantizar o no la continuidad de una élite política-económica, que con algunas variantes en las siglas ha decidido el destino del país en las últimas décadas. Esa es la magnitud de la batalla que se librará en las semanas siguientes.

No es una lucha nueva, en todo caso casi como un ejercicio dialéctico comenzó en los años 80´s cuando se introdujo en México una nueva política económica siguiendo los dictados de los organismos financieros internacionales a través del Consenso de Washington. La ruptura de la Corriente Democrática del PRI, encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo en 1987, es de alguna manera la primera reacción y fractura en las élites gobernantes por la imposición de este modelo económico. Igual lo es el surgimiento del zapatismo chiapaneco en 1994. No es casual que el levantamiento indígena se haya dado precisamente el primero de enero de 1994 cuando entraba en vigencia el Tratado de Libre Comercio que, según el discurso neoliberal, llevaría a México al primer mundo.

Se trata de un escenario diagnosticado con claridad por Rolando Cordera y Carlos Tello en su libro México, la disputa por la nación, en el cual adelantaron la lucha entre estos dos proyectos (neoliberal y nacionalista, según sus categorías).  Una tensión que pareciera mantenerse, sobre todo frente al fracaso de las políticas económicas neoliberales generadoras de millones de miserables en México. Causantes también de un Estado cada vez más ausente, famélico, incapaz de revertir las condiciones de desigualdad en el país.  Por su propia naturaleza es un modelo no diseñado para atender dichos desequilibrios.

En su investigación Desigualdad extrema en México, concentración del poder económico y político (https://bit.ly/2aopPHj), el economista Gerardo Esquivel ha documentado con rigor académico el saldo de miseria que han generado el ciclo neoliberal y advierte que  “la desigualdad ha frenado el potencial del capital físico, social y humano de México”, pues el 10% más rico de México concentra el 64.4% de toda la riqueza del país, además de que las políticas  de ajuste económico han implicado una drástica disminución del salario mínimo en las últimas décadas.

López Obrador ha sido quizá el actor político –desde los años 90´s- que con mayor énfasis ha planteado de manera sistemática  una crítica a las políticas neoliberales aplicadas en el país, a la corrupción inherente a ese proceso, así como al legado de miseria económica que ha dejado dicho modelo.  Y la realidad del país, los más de 53 millones de mexicanos en pobreza extrema -según las cifras oficiales del Coneval-, fortalece mejor que nada esa crítica.

“El ciclo neoliberal ha sido una verdadera fábrica de pobres y la pobreza se ha reproducido y agravado ante la ausencia de un Estado con sentido y visión social”, reiteró el candidato Presidencial de Morena el pasado primero de abril en Ciudad Juárez al iniciar su campaña.

Lo que viene es una confrontación sin tregua de agendas, de percepciones y emociones como en toda campaña electoral. En esa lucha,  resultará victorioso quien logre imponer su agenda e imponer su narrativa con un mensaje claro. Hasta ahora los vientos parecen favorables a la propuesta que plantea López Obrador. La agenda del cambio parece imponerse sobre la continuidad. Faltan 80 largos días para ver el desenlace de esta batalla, una reedición de la vieja disputa por la nación.

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