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Alejandro Hernández J.

La renuncia de Germán Martínez Cázares a la Dirección General del Instituto Mexicano del Seguro Social pone en tela de juicio las ya constantemente criticadas estabilidad y operatividad de este instituto. Los derechohabientes no podemos renunciar al “Seguro”, pero sí podemos exponer públicamente los eventos indignantes que hemos vivido al acudir a algún centro de salud de esta entidad, por ejemplo, y encaminar nuestras reflexiones hacia horizontes profundos de debate.

Hace algunos meses acudí acompañado a una cita matutina con mi médico familiar en la Unidad de Medicina Familiar número 45 de nuestra ciudad. El tiempo de espera fue razonable y me entusiasmé cuando señalaron que era mi turno. A los pocos minutos de comenzada la consulta, la enfermera irrumpió agitada en el consultorio: “su acompañante se ve muy alterado y tal vez sea necesario interrumpir la consulta: parece que le acaban de robar su bicicleta mientras estaba esperándolo a usted.”

En efecto, no se trataba de una bicicleta cualquiera, sino de un regalo que se había hecho a sí mismo mi acompañante después de más de 30 años como trabajador. De hecho, un porcentaje considerable del dinero recibido por su Afore había sido invertido en la compra. Dicho sea de paso, esto no quiere decir que esa bicicleta costara una verdadera fortuna o, lo que es lo mismo, que el monto de la Afore ascendiera a una gran suma. “Deberían checarle la presión por el susto”, insistió la enfermera cuando nos despedimos.

Según la versión de mi acompañante, al acudir a la oficina del administrador general de la clínica, su secretaria informó que no hay cámaras de seguridad en la unidad de salud. Por lo demás, palabras más palabras menos, la función de los guardias de seguridad es “proteger las instalaciones y al personal, no a los derechohabientes”, afirmaría la secretaría.

A los pocos días del amargo evento, un amigo que trabaja en la multicitada clínica me informó que la bicicleta de un paciente había sido robada mientras le realizaban una toma de sangre antes de las 7 de la mañana. Hay quienes dicen que operaría una banda de “roba bicis” a las afueras de la U.M.F. 45 desde hace años.

Los actos delictivos en clínicas y hospitales del IMSS no son ninguna novedad en nuestro país. Recordemos, por ejemplo, que, en julio del año pasado, el personal del Hospital La Raza de la Ciudad de México, se manifestó sobre el Circuito Interior de aquella ciudad para denunciar los asaltos y agresiones diarios. El detonante de la protesta fue la agresión con arma blanca que puso en peligro la vida de un enfermero, herido al salir de su turno.

A pesar de las fundadas y las muy frecuentes críticas sobre todos sus defectos, la ineficacia de la atención médica o su laberíntica burocracia, el Instituto Mexicano del Seguro Social representa innegablemente la materialización de ideales progresistas y el fruto de luchas sociales; es el “órgano regulador de las condiciones sociales de los mexicanos”, como sostiene Martínez Cázares en su carta de renuncia. De hecho, en un artículo, Guadalupe Lozada León, maestra en historia de México por la UNAM, afirma que el IMSS es una institución surgida como consecuencia de nuestra Revolución mexicana.

Detengámonos también a observar el símbolo del Instituto, creado por Federico Cantú: la patria protegiendo con sus alas a la madre que da pecho a su niño: el pueblo de México. El IMSS tiene como objetivo participar directamente en el desarrollo de una vida digna, e incluso plena, “desde la cuna hasta la tumba”: deporte, pensiones, prevención, servicios funerarios, cultura, etc.

En este marco, ¿quiénes son los individuos que osan profanar los templos de la Seguridad Social y los monumentos a las luchas por ideales que representan las instalaciones del IMSS? Los pacientes, acompañantes y trabajadores víctimas de robo hacen todos un gran esfuerzo para acudir a sus citas y a sus trabajos; tal vez algunos se desplacen en bicicleta para razones de salud o ecológicas -todas razones enfocadas hacia el bienestar-.  Si, como sostenía Aristóteles, existe un fin hacia el cual todas nuestras acciones tienden; si este Bien Supremo es la Felicidad, ¿quiénes se atreverían a corromper esta tendencia sagrada? ¿Será que estos malhechores tienen como fin último el mal? ¿Puede llegar el mal a ser un fin en sí mismo?

De lo aquí dicho podemos desprender algunas posibles especulaciones. Sería posible, por ejemplo, dividir aparentemente a la sociedad en dos grupos: los que tienen como fin último el bien y los que apuntan sus acciones hacia el mal. En este contexto, ambos grupos estarían poniéndose trabas los unos a los otros en cuanto a la realización de su objetivo principal.

Ahora bien, tal vez el mal no pueda constituir un fin de manera esencial, sino solo por accidente. En esta línea de pensamiento podemos colocar a Sócrates, quien afirmaba que nadie es malo por voluntad propia, sino debido una falta de conocimiento; sin embargo, existe gente “que sabe mucho” y que es capaz de hacer mucho daño.

Por otro lado, hay quienes consideran que se puede “ser malo” con intención y por convicción cuando se desea obtener algo. Así, Schopenhauer creía que la maldad, junto con el egoísmo y la conmiseración, es uno de los tres resortes de toda acción humana.

También están quienes afirman que el “mal actuar” de muchos delincuentes se explicaría por su incapacidad para ocupar puestos productivos en la sociedad, sea por flojera o por ignorancia (aunque no hablen precisamente de la misma ignorancia a la que se refería Sócrates…). “Prefieren robar a trabajar”, se puntualiza de vez en cuando en las redes sociales.

Dicho todo esto, ¿cuál sería la responsabilidad del gobierno frente a esta proliferación de malhechores? En La República, Platón nos brinda una respuesta categórica; más abajo veremos cuál es su definición de gobierno:

Pero, si se nos pregunta quién ha creado esta mala gente, ¿no diremos que la ignorancia, la mala educación y el vicio mismo del gobierno?

En una sociedad donde el valor principal consiste en la acumulación de riquezas, sostiene Platón, terminan formándose dos estados: uno de ricos y otro de pobres; los primeros han logrado poseer riquezas inmensas, mientras que los otros se encuentran en una miseria absoluta.

De la misma manera en que los zánganos alados representan una plaga para las colmenas, los individuos pobres representan, en el Estado oligárquico, a la mayoría de la población. Nuestro autor distingue, en los “zánganos de dos pies”, aquellos que no tienen aguijón y los que lo tienen muy punzante:

Los que no lo tienen viven y mueren en la indigencia; y entre los que lo tienen se encuentran todos los malhechores.

Sin embargo, aquel que se deja conducir por Plutón, el dios ciego de las riquezas, termina por tener deseos equivalentes a los de los zánganos con aguijón:

¿No podremos afirmar que la falta de educación ha hecho nacer en él deseos que corresponden a la naturaleza de los zánganos, unos siempre indigentes, otros inclinados siempre a obrar mal (…)?

Así, prosigue el filósofo, cuando se confiere al hombre oligárquico alguna comisión, dará una apariencia honorable, pues es también vanidoso, pero no dudará cuando se encuentre frente a una ocasión de gastar bienes ajenos.

Ante estas explicaciones, ¿debería aún extrañarnos que se desvíen recursos destinados al IMSS, que sus trabajadores reciban sueldos injustos, o que se suministre agua destilada en lugar de quimioterapias para niños?

Se ha señalado que los griegos siguen siendo de actualidad en cuanto logran anunciar el fracaso de nuestras sociedades. No obstante, La República misma nos brinda algunas pistas de reflexión que podrían ayudarnos a mejorar nuestra realidad. Todo apunta a que la educación sería nuestra única salvadora de la tiranía, último tipo de Estado posible según su autor.

Platón insiste en que debemos cultivar la crítica para no tomar la imitación por la verdad; sólo así evitaremos dejarnos alucinar por la opinión, punto medio entre la ignorancia y el conocimiento. Para cultivar el alma, debemos también dedicar tiempo para la gimnasia, la música, la ciencia, la conversación y la dialéctica. Entiéndanse que estos conceptos se definían de manera distinta hace 2400 años.

El gobierno ideal es aquel en el que hay justicia, es decir, en el que cada uno de los elementos que constituyen el alma humana ejercen únicamente el rol que les corresponde: el apetito concupiscible, parte predominante, no actúa en el lugar del ejército que responde violenta y enérgicamente ante la injusticia; a su vez, la cólera no irrumpe en las funciones de la razón. De la misma manera, los magistrados no deben ocuparse de las funciones del ejército, ni el ejército mandar en el estado.

El gobierno se refiere, pues, tanto al individuo como al Estado. En ambas instancias, la razón debe gobernar. Mientras no haya justicia individual y estatal, es de esperarse que algunos pocos sigan enriqueciéndose, al tiempo que se olvida el valor de la Seguridad Social, se desploman los servicios médicos públicos y florece la medicina privada con sus honorarios excesivos. Hasta que no cambien nuestras prioridades, desde el segundo piso de la Unidad de Medicina Familiar número 45 seremos testigos de cómo el estacionamiento para bicicletas se va quedando vacío.