Astrolabio

María Ruiz

Las madres de esta patria flagelada por el feminicidio se reunieron la tarde del 14 de mayo “Día por la Justicia para las Víctimas de Feminicidio en el Estado de San Luis Potosí” para realizar una marcha y así, exponer el dolor que habita y somete el espíritu de sus familias por la ausencia de sus hijas.

En punto de las 16 horas, la impotencia y la dualidad entre la demanda y el sufrimiento se conjugaron; las cruces de las muertas de mayo marcaron el comienzo de un recorrido que, desde distintas ópticas –ineludiblemente– reflejaron las secuelas de la violencia feminicida en la entidad.

A las afueras del Congreso del Estado los residuos simbólicos del llanto de estas madres que alguna vez generaron una omnipotencia desoladora, se convirtieron en el cénit de su lucha para exigir a las autoridades rescaten a aquellas mujeres olvidadas por la justicia.

El dolor se transformó en fuerza y así desdibujaron la calidez del diálogo, para posicionar y hacer reales sus demandas, porque ni una familia más debería hacer frente a estos crímenes contra mujeres.

Así se deshicieron de tantos años de sumisión y opresión de parte de un Estado que durante mucho tiempo ha mantenido una simulación constante y que sigue perpetuando una deuda histórica con las familias víctimas.

A las 17 horas una coreografía de pasos situó a las familias a las puertas de la Fiscalía General del Estado y los relatos de violencia parecieron ser razón suficiente para que algunas autoridades se asomaran a la puerta.

Pero la voluntad fue inexistente en un espacio donde las voces de aquellas madres cimentaron el horror de todos los mundos y cimbraron la vida cotidiana de aquellos indolentes y ciegos de conciencia ante las muertes violentas de mujeres.

Las familias liberaron su furia y con ello, enunciaron la miseria institucional en la que se encuentran los organismos de justicia que han lapidado –por años– con su proceder decenas de casos por el delito de feminicidio.

La volición de las madres no se contuvo. Tomaron las calles para hacer un reclamo a sus deudores de dolor, a aquellas instancias que han originado en sus familias desgaste y frustración.

De ahí, partieron a Palacio de Gobierno y el sol yacía oculto al igual que el mandatario estatal que una vez prometió en campaña focalizar su atención a la violencia feminicida que se encuentra latente y creciente en San Luis Potosí, una promisión que hasta ahora no ha cumplido.

Y en medio de todo, el sufrimiento también se convirtió en refugio. El abrazo entre las víctimas expuso aquella complicidad tan profunda e íntima como para hacer saber que ellas continuarán siendo la voz de las mujeres que hoy ya no están.

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