El ejemplo que algunos no quieren ver

Octavio César Mendoza

En nuestro mundo existen diferentes modelos de gobierno que podemos estudiar a lo lejos. No hace falta viajar largas distancias para constatar lo que sucede en otras partes de este planeta cuando se poseen las herramientas tecnológicas necesarias para, virtualmente, asomarnos por una ventana hacia otras realidades.

La evolución de la política hacia su quintaesencia, que es la satisfacción de las sociedades mediante políticas que permitan una mejora constante de la calidad de vida, han dejado atrás las disputas de orden ideológico; excepto en aquellos países donde las dictaduras se resisten a transitar hacia democracias o morir.

Quienes aún defienden posturas ideológicas por encima de resultados de los diferentes estilos de gobernanza, empiezan a parecer ajenos a lo que las sociedades del mundo reclaman: a nadie le importa si el mandamás es de izquierda o de derecha, si es conservador o de tendencia woke, si es chino o lacio, católico o judío.

La gente quiere seguridad sin invasión ni control de la vida privada; quiere apoyos sociales y libertades económicas sin atosigamiento de los sistemas tributarios contra la clase media y los contribuyentes cautivos; quiere crecimiento sin endeudamiento; y quiere democracia sin cortapisas ni amenazas de totalitarismos.

Y he ahí que las comparaciones suelen ser odiosas: el giro de buena parte del mundo hacia la derecha no es resultado de otra cosa más que del fracaso evidente de los experimentos ideológicos hechos al calor de la lucha política, y que han dejado de lado el pragmatismo económico por considerarlo rígido. Craso error.

Lo que en su momento era inconcebible e inhumano en muchas naciones que hace 30 años adoptaron una idea “modernista” del mundo sin fronteras, globalizado y “buena onda”, hoy resulta peligroso en un mundo más consciente de los fenómenos que perjudican a sus sociedades originales, como la migración sin controles.

Europa, al borde del colapso civilizatorio por las oleadas de migraciones masivas de personas de ideología política islámica, es víctima de esa política “buena onda” donde lo “chic” era dejar entrar en su casa, en su iglesia y en su gobierno, a personas obsesionadas con la desaparición de occidente y la sumisión de los “infieles”.

Esa falsa idea de “superioridad moral” del animal político civilizado que llevó al poder a Ángela Merkel, por ejemplo, hoy lamenta haber tenido dicha apertura. La suya, ahora, no fue una buena idea. Y los países donde la izquierda se hizo de más poder en función de la “adopción” de personas emigradas de otros países, hoy pierde terreno.

Y porque las comparaciones son odiosas, basta con observar la situación que viven Cuba, Venezuela o Nicaragua, para notar que hubo algo (o varios algos) que no se hizo bien, empezando por el manejo de la economía y las riquezas naturales, siguiendo por el comportamiento del poder, y terminando por la enajenación del pueblo.

Una de las lamentaciones más escuchadas desde el momento de la caída de Nicolás Maduro, por parte de los propios venezolanos dentro y fuera de su nación, es que su tierra ya era propiedad de cubanos, iraníes y rusos. La defensa de la soberanía de Venezuela, por parte de la izquierda mundial, omitió ese detalle en sus protestas.

De igual forma, hay que ver porqué Chile no sufrió de “ideologitis” aguda en su transición de izquierda a derecha, porqué El Salvador pasó una Navidad con cero homicidios, y porqué Polonia mantiene un cerco contra las políticas de “puertas abiertas” que hoy amenazan con convertir a Francia y España en califatos.

¿Entonces se trata de ideología pura, o de actos de gobierno? El giro a la derecha, a mi humilde ver, nos advierte que los pueblos desean paz, seguridad y prosperidad sin sacrificios justificados por dogmas ideológico-políticos, y que las narrativas heroicas comienzan a resultar cuestionadas, simplemente, por los resultados.

El ejemplo que algunos no quieren ver es la mejor respuesta a ciertas preguntas. ¿Defender posturas ideológicas salva a las sociedades de vivir penurias? ¿Reducir la caída de un dictador a un demasiado elemental deseo de poseer las riquezas naturales por parte de un imperio nos permite mejorar nuestra vida y nuestra democracia?

Puede resultar odioso leer lo siguiente: desde un punto de vista pragmático, a México no le conviene seguir ese discurso de “lucha antiimperialista” romantizado durante décadas cuando estamos observando que el nuevo orden mundial está empujando los bloques territoriales a su adherencia económica.

Los ejemplos que algunos no quieren ver provienen de ambos lados de la realidad global actual, y debemos ser muy inteligentes como para reconocer que perseguir sueños guajiros puede ser un acto suicida en tiempos donde las presiones son de índole bélico y económico, más que ideológico.

Y eso, en la democracia mexicana, también debe empezar a ocupar a los partidos políticos para replantear los objetivos de los bloques más allá de las canonjías que concede el poder. Lo que decidimos como nación también es visto desde afuera como un mensaje: ¿somos un socio confiable para nuestros aliados y vecinos, o no?

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es poeta, escritor, comentarista y consultor político. Fue director general de Estudios Estratégicos y Desarrollo Político de la Secretaría General de Gobierno del Estado. Ha llevado la Dirección de Publicaciones y Literatura de la Secult-SLP en dos ocasiones, y fue asesor de Marcelo de los Santos Fraga de 1999 a 2014, en el Ayuntamiento y Gobierno del Estado de SLP, y en Casa de Moneda de México. Ganador de los Premios Nacional de la Juventud en Artes (1995), Manuel José Othón de Poesía (1998) y 20 de Noviembre de Narrativa (2010). Ha publicado los libros de poesía “Loba para principiantes”, “El oscuro linaje del milagro”, “Áreas de esparcimiento”, “Colibrí reversa”, “Materiales de guerra” y “Tu nombre en la hojarasca”.

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