Morena, un aliado obligado y en desventaja

Abelardo Medellín Pérez

Aunque el refrendo público de la alianza entre Morena, el Partido del Trabajo (PT) y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) rumbo a los comicios del 2027 evidentemente fue un barato intento de disimular los conflictos que la reforma electoral ha generado al interior de cada uno de ellos, el anuncio (con todo y su evidente naturaleza de “pantalla”) resultó ser un triste recordatorio de que el partido con más poder en el país, es el instituto que menos capacidad de agencia tiene en San Luis Potosí.

De cara al año electoral que está por iniciar en unos meses, mismo que traerá consigo la renovación de ayuntamientos, diputaciones locales, federales y, en nuestro particular caso, la elección por la gubernatura, vale la pena recordar que, a diferencia de su bonanza federal, Morena en San Luis Potosí ha padecido una desventajosa condición de aliado obligado y competidor en desventaja.

Morena es sin duda uno de los partidos con más popularidad nacional, innegable. Por pura aritmética, es la segunda fuerza política del estado potosino, esto es claramente reconocible; sin embargo, la supuesta competitividad de su oferta electoral no ha ido más allá de la irrisoria jactancia con la que la presumen los diputados locales.

A nivel legislativo, Morena se estancó en San Luis Potosí. No es el PAN, que padece la fuga de sus perfiles menos leales, pero igualmente está estancado. Entre las elecciones de 2015 y las de 2024, el número máximo de diputados que Morena ha logrado colocar en el Congreso local es de seis, misma cifra en el trienio 2018-2021, que en el trienio actual; esto sin mencionar que en 2021 su bancada se redujo a cuatro.

Llegó AMLO, luego vino Claudia, los gobiernos de la 4T se volvieron el estatus quo político y social del país y en San Luis Potosí los morenistas no rebasaron el 22 por ciento de los espacios en el legislativo local. Su estancamiento palidece, ante el crecimiento del PVEM que en el mismo periodo pasó de tener dos legisladores en 2018, a ocupar un tercio de los curules desde la elección del 2024.

Un fenómeno similar se aprecia en el caso de los gobiernos municipales. En 2024, Morena ganó la elección por 10 ayuntamientos, seis en solitario y cuatro en coalición. Un resultado que la posicionó como la segunda fuerza política en espacios municipales, pero resultó poco conveniente dado que no pudo mantener ninguno de los cuatros ayuntamientos que había ganado en 2021.

La cifra de elecciones ganadas en lo municipal ascendió, pero no mantuvo los espacios que ya tenía, además el número total de presidencias que pudo obtener, es la misma cantidad de las elecciones locales que el PVEM ganó en solitario: 10 de las 18 en las que obtuvo el triunfo.

Para el 24, Morena pasó de controlar el 6 por ciento de los ayuntamientos, a gobernar en el 16 por ciento de ellos, y aún así, quedó muy por debajo del 30.5 por ciento de los espacios municipales que el PVEM logró agenciarse, cantidad que aumentaría al 34 por ciento luego de que los candidatos del gobernador que compitieron por el partido Movimiento Laborista renunciaron a dicho partido y volvieron a las filas del Partido Verde.

El mejor ejemplo del desdén que el Verde le tiene a su compañero de “alianza”, sin duda, fue el resultado obtenido en el caso de la elección federal por el Senado. El Verde no solo desfondó a su aliado Morena, sino que el gobernador le impuso un compañero de fórmula envenenado a la candidatura de Rita Ozalia Rodríguez Velázquez y la Gallardía como movimiento electoral le puso tantas veces el pie a Morena, que al final el PAN logró colarse en el Senado y el partido de la presidenta Claudia Sheinbaum se quedó sin la mayoría que esperaba en dicha cámara.

Las chicanadas del PVEM en lo local le costaron a Morena la mayoría y su aliado Verde nunca pagó públicamente por tal afrenta contra el proyecto de país.

Desde el 2024, Morena ha luchado por construir una narrativa de emancipación contra la alianza. Ningún morenista fiel al partido le tiene confianza, fe o respeto al proyecto liderado por el PVEM en la entidad potosina, y quien diga lo contrario, es más verde que guindo y probablemente sea diputado.

Luego de resultados mediocres, trienios agachones, concesiones injustificables y un obradorismo local que es más anecdótico que funcional, los simpatizantes de la primera fuerza del país tendrán que vivir un nuevo proceso electoral entre la incertidumbre y la decepción perpetua hacia sus dirigencias.

¿Con qué cara los candidatos de Morena van a pedir el voto potosino, si la población del estado ve en ellos a un posible opositor al Verde, pero el morenismo no les puede corresponder?, ¿cómo van a capitalizar los programas sociales federales en un ambiente donde no van a poder atacar los deficientes programas y políticas locales, los de su aliado?, ¿cuándo se va a redimir Morena de pecados políticos como la postulación de Mónica Rangel en 2021, si ahora corren el riesgo de llegar al 2027 sin poder promover un candidato propio?

Lo que fue para el morenismo nacional una cómoda pantomima de agrados resueltos, resulta ser una desilusión más en la trágica historia de la inoperancia guinda desde lo local. El año electoral, será para Rita Ozalia y la militancia morenista, sí una oportunidad, pero no para ampliar su movimiento, sino para ver cómo, otra vez, su aliado incómodo crece a costa de ellos.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es Licenciado en Ciencias de la Comunicación y Maestrando en Estudios sobre la Democracia y Procesos Electorales en el posgrado de Derecho de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí. Ha trabajado como reportero y columnista en los medios digitales La Orquesta y Arco Informativo; actualmente es jefe de información de Astrolabio Diario Digital. Ha sido acreedor de dos premios estatales de periodismo en las categorías de Artículo de Fondo y Periodismo Regional.