El siamesato potosino busca traje en verde

Adriana Ochoa

En el complejo ecosistema de la política mexicana, San Luis Potosí es un punto de calor en el ejercicio de supervivencia pragmática de la era Sheinbaum. El segundo piso de la 4T se juega en 2027 la mayoría en San Lázaro y el control territorial absoluto.

Con la mirada puesta en la alianza recién anunciada rumbo las elecciones de 2027, la presidenta busca consolidar una mayoría calificada (334 votos) que no dependa de negociaciones constantes, sino de un bloque sólido desde el día uno.

El acomodo no es el mismo para todos los territorios. El caso Coahuila, fue resuelto con un convenio especial solo entre PT y Morena. La comparación entre Coahuila y San Luis Potosí es fascinante porque son casos opuestos de la misma dinámica. Mientras que en Coahuila el PVEM se separa de Morena para “sobrevivir” y medir su fuerza, en San Luis Potosí (SLP) el PVEM es el poder hegemónico, no Morena

En San Luis Potosí la idea de ir solos se maneja más como un amago político que como una realidad, a diferencia de Coahuila. La reciente saga de la llamada “Ley Esposa” es el ejemplo perfecto de este metabolismo. La reforma, impulsada por el bloque del gobernador Ricardo Gallardo, pretendía cercar la competencia electoral para 2027. Al limitar la contienda a mujeres, el camino de la senadora Ruth González Silva, cónyuge del mandatario, quedaba libre de estorbos internos y externos.

El veto de Gallardo en enero de 2026 a la iniciativa que su brazo legislativo aprobó sin Morena en diciembre de 2025 no debe leerse como un arrepentimiento democrático. Es, en realidad, un ejercicio de versatilidad pura si es necesaria.

Gallardo ha demostrado ser un político de plastilina, capaz de moldearse a las exigencias térmicas de Palacio Nacional. Le hicieron entender que su desafío frontal irritaba la mística de la presidenta y empezaba a colmarle la paciencia. La senadora Ruth González, con apariciones en medios y redes en ocasión del golpe legislativo a la cláusula antinepotismo de la presidenta Sheinbaum, en tono sobradito, fue retirada del tema.

Sheinbaum ha hecho del combate al nepotismo una bandera personal y política. Para Gallardo, vetar la ley no es rendirse, sino comprar tiempo. Parece más una tregua calculada para mantener la alianza nacional con Morena, mientras asegura que su estructura local siga aceitada.

Este repliegue táctico ocurre en un momento crítico para Morena. El partido ha pasado de ser un movimiento emergente a una hegemonía asfixiante. Gobierna 24 estados y ha inflado su padrón de militantes de forma espectacular. De medio millón registrados en 2020, los reportes al INE a inicio de este año indican que aproximadamente once millones de afiliados validados. Solo durante el año 2025, el partido integró a cerca de 9 millones de personas a sus filas.

Morena en SLP supera los 200,000 afiliados validados y registrados en las campañas masivas de 2025, un esfuerzo enorme porque Morena solo tenía una militancia casi testimonial en 2020.

El crecimiento exponencial de Morena tiene un costo: la pérdida de identidad. Morena enfrenta hoy el reto de consolidarse sin fragmentarse. La tensión entre los fundadores históricos y los liderazgos externos, atraídos por el imán del presupuesto, abre una grieta. El pragmatismo electoral está devorando la mística que le dio origen.

Morena se volvió, en otros estados, una maquinaria eficiente para ganar elecciones; en San Luis Potosí su aliado Gallardo y su franquicia no se lo permitieron. La dirigencia local del PVEM asegura haber superado los 600 mil afiliados.

En el tablero nacional, el papel del PVEM y el PT es fundamental pero parasitario. El libro “Partidos políticos en México”, una excelente edición del INE a veinte años de la alternancia, destaca cómo estas minorías han perfeccionado el arte del chantaje político. Su supervivencia no depende de su base social, sino de su capacidad para venderle a Morena los votos que le faltan para la mayoría calificada.

El PVEM, en particular, opera con una lógica empresarial. Aceptaron la alianza nacional tras amagar con romper por la reforma electoral. Su resistencia al recorte de plurinominales —donde hoy ostentan 20 curules vitales— fue una batalla por su respirador artificial. Al final, el pragmatismo se impuso: mejor ser un aliado subordinado que una minoría inexistente.

El caso de Coahuila es una excepción. En el estado del norte, la alianza se ha limitado a Morena y el PT, dejando fuera al PVEM tras una serie de fracturas estratégicas y desacuerdos locales. Los intereses de las tribus regionales y las viejas deudas políticas pesaron más que el dictado nacional. El PVEM ha tenido que buscar su propio camino, demostrando que la disciplina partidista tiene límites territoriales claros.

Estas fisuras en el norte son un espejo para San Luis Potosí. Si la alianza en SLP se mantiene, es por el valor estratégico de sus siete distritos federales. Para la presidenta, la Cámara de Diputados es la prioridad. Si sacrificar una candidatura a gobernador asegura la mayoría legislativa, el centro no dudará en entregar la plaza.

Gallardo lo sabe y juega con esa necesidad. Su adaptabilidad es su mayor activo. Hoy veta la “Ley Esposa” para no parecer un cacique insolente ante la presidenta. Pero el fondo no cambia: el “Gallardismo” sigue siendo una fuerza que Morena no termina de digerir pero que tampoco puede ignorar si quiere el control total. Quizá en un intento de resistencia, la dirigente estatal, Rita Ozalia Rodríguez, precisa que la alianza tiene fines “legislativos”, mientras el gobernador insiste en que es un reparto “para todo y para todos”.

El PVEM en SLP funciona más como una estructura regional personalista (la Gallardía) que como una sucursal del partido nacional. Tienen el control total del presupuesto estatal, los programas sociales y la mayoría de los ayuntamientos. Morena es el “aliado menor”. Irónicamente, en SLP Morena necesita más al Verde que el Verde a Morena para mantener la gobernabilidad y asegurar votos en las elecciones federales.

Al PVEM le conviene la alianza para evitar que Morena le compita con un perfil propio fuerte que pueda dividir el voto de la “Cuarta Transformación” y darle una oportunidad a la muy menguada oposición (PAN-PRI).

Coahuila nos enseña que la alianza puede romperse si el costo local es muy alto. San Luis Potosí nos muestra que el poder se mantiene a base de treguas fingidas y adaptaciones constantes a la voluntad del centro. En San Luis Potosí no prospera la idea de ir solos porque el PVEM prefiere absorber a Morena que pelear contra ellos. Es más fácil “pintar de verde” a Morena en el estado que arriesgarse a una ruptura que moleste a Palacio Nacional.

La sucesión en San Luis Potosí será el termómetro de esta metamorfosis. ¿Podrá Morena postular a un cuadro propio o terminará cediendo ante la maquinaria del Verde para no poner en riesgo la estabilidad del Congreso? La respuesta definirá la calidad democrática del segundo piso de la transformación.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Adriana Ochoa es periodista desde 1988. Actualmente es directora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y docente titular de Organización Política y Ciudadanía.