Av. J. Rohuen Hernández: un memorial para recordar que la vida de los peatones importa  

Marcela del Muro

“Un día como hoy, pero hace un año, lo atropellaron. Y nos cambió la vida”. Lo dice Anne Hernández de Torres, parada en la esquina de la avenida Rutilo Torres y la calle Piscis, en la capital potosina. La tarde del 7 de febrero de 2025, J. Rohuen Hernández Huerta salió de su casa, caminó un par de cuadras e intentó cruzar la transitada avenida, justo en el punto donde se encuentra su hija un año después. Iba rumbo a la farmacia Similares, pero no llegó: fue arrollado por un motociclista.

Lo que era un trayecto cotidiano para el hombre de 72 años, se convirtió en su última caminata por el barrio. Tres días después del siniestro, el padre de cuatro, el  abuelo, el vecino atento y el ingeniero comprometido murió en el Hospital General No. 2 del IMSS, mientras esperaba una cirugía de pierna.

A un año del siniestro que le arrebató la vida, familiares y amigxs se reunieron en esa misma esquina para conmemorar su vida y recordarnos que las personas que caminan y pedalean también tienen derecho a ocupar, transitar y vivir la ciudad de forma segura. Más de una decena de personas, con mantas y la fotografía del señor Rohuen, cerraron durante unos minutos la circulación de Rutilo Torres para exigir políticas públicas e infraestructura que frenen el aumento de siniestros viales en la zona metropolitana.

“Exigimos que se tomen medidas por parte del gobierno municipal y del gobierno estatal. Hay medidas claras para garantizar la seguridad vial: intervenir los puntos donde hay mayor siniestralidad, garantizarla a través de reglamentos de tránsito y de otros instrumentos de políticas públicas para priorizar a los usuarios de acuerdo a la jerarquía de movilidad. Sabemos que todo el mundo tiene prisa, pero queremos hacer una pausa para llamar la atención y que dejen de ocurrir siniestros viales”, expresó Victor Hernández de Torres, activista de movilidad, coordinador de Pedaleando SLP e hijo de Rohuen, a través de un megáfono,  entre sonidos de cláxones y acelerones. 

Hoy, esa transitada vialidad -identificada como punto crítico de siniestros- lleva el nombre de avenida J. Rohuen Hernández. Es un recordatorio de que la vida de las personas importa y de que, cuando ocurre un siniestro, no solo se pierde una vida, también se fractura una familia.

10 de febrero, un año sin Rohuen

Ese día amaneció nublado. Era muy temprano cuando la señora María Elena de Torres salió del cuarto del hospital donde había pasado la noche cuidando a su esposo. Bajó las escaleras, sentía una inquietud que no lograba explicar. Llegó a la entrada, donde encontraría a su hija, y vio esa bruma típica de las mañanas frías de invierno, entonces recordó, con angustia, que no se había despedido de Rohuen. Quiso regresar, algo en aquel 10 de febrero de 2025 se sentía distinto, pero Anne la esperaba en un auto de aplicación que la llevaría a su casa.

El señor Rohuen Hernández murió alrededor de las ocho de la noche de aquel día. “Fue algo tan inesperado, había salido de tantas, nunca nos imaginamos que le pudiera pasar esto”, dice su esposa.

Durante tres días, Rohuen y su familia esperaron una cirugía de la tibia que nunca llegó. En el IMSS solo le enyesaron la pierna, ni siquiera tuvieron contacto con el especialista. Victor se pregunta si esa falta de atención influyó en la muerte de su papá. 

“Se me hace muy injusto que muriera de esta manera”, piensa Anne. Y habla de la revictimización: “Se justifican por sus enfermedades, por ser una persona adulta mayor, por tener comorbilidades. Te dicen, ‘bueno, ya le tocaba’ o ‘ya su cuerpo no resistía’, pero, al final, no fue justo, porque él también tenía sueños”.

Y los tenía. En su rancho sembraba, cosechaba y vendía frijol, maíz, alfalfa, chile y flor de cempasúchil. “Eso le dejó muchas satisfacciones y tenía muchas ganas de continuar haciéndolo”, cuenta Anne. Sus hijos celebran que, al jubilarse, pudo regresar a su comunidad y dedicarse a esta actividad que tanto le gustaba en los últimos años de su vida. “Trabajó durante 25 años ininterrumpidos, pero nunca abandonó esa idea de su milpa y hasta que se jubiló lo hizo. Yo lo veo, ahorita, como una forma de libertad”, piensa Anne.

El ingeniero Hernandez Huerta hizo carrera en la Comisión Federal de Electricidad (CFE), en el área de Seguridad e Higiene. Formó parte del primer grupo que se capacitó en la planta termoeléctrica de Villa de Reyes. “Empezamos al mismo tiempo, el 22 de octubre de 1984”, recuerda su compañero Yuri Germán Pujol.

“Él era un trabajador muy eficiente. Una persona seria, agradable y siempre muy respetuoso con todos. Él, junto a otros tres compañeros, fueron los primeros que salieron del curso a prácticas a la planta de Manzanillo. Regresó muy contento”, añade el ingeniero Pujol. 

El legado de Rohuen Hernández: responsabilidad, sentido social y búsqueda por la justicia

Esa responsabilidad que caracterizó al ingeniero Rohuen en la CFE también fue un principió que inculcó en su familia. Sus hijos lo recuerdan como un padre estricto y enérgico, profundamente comprometido con su entorno: un hombre que se involucró en la exigencia de derechos y mejoras para su colonia y su comunidad.  

“Mi papá nos enseñó que si tú eres responsable, puedes exigir esa misma responsabilidad a los demás. Yo creo que eso también es un legado. No por nada Víctor tiene ese alto sentido de justicia social, y creo que yo también”, dice Anne.

Anne es feminista y ha dedicado su trabajo a la defensa de niñas y niños víctimas de violencia vicaria. Víctor, por su parte, se ha convertido, a través de Pedaleando SLP, en una de las voces más visibles del activismo por la movilidad en la zona metropolitana: ha denunciado la falta de políticas públicas, impulsado reformas y promovido la llamada Ley Santi, una iniciativa ciudadana de movilidad armonizada con la legislación federal.

El día del siniestro, Victor denunció que el Estado no garantiza la seguridad vial de las personas que transitan la Rutilo Torres, que es una ruta frecuente de peatones. “Ese señor atropellado es mi papá, un adulto mayor de 72 años intentando cruzar una avenida diseñada para circulación rápida, que pasó por una ‘rehabilitación integral’ que no dejó ni un solo cruce peatonal seguro en toda la avenida”.

La respuesta del Ayuntamiento fue colocar reductores de velocidad únicamente en el lugar donde sufrió el siniestro el señor Rohuen, pero sin preocuparse en habilitar cruces peatonales en otras esquinas o en escuelas, tampoco se han rehabilitado las banquetas que son intransitables para personas con discapacidad o movilidad reducida.

“El Estado no solo ha fallado, ha ignorado constantemente las denuncias, ha dejado que las calles sigan siendo un peligro para los peatones y ha hecho caso omiso a sus responsabilidades. Mientras tanto, las personas seguimos pagando las consecuencias”, señaló Victor.

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