La nueva era de la “concertacesión”

Octavio César Mendoza

Las reglas de juego del poder son monolíticas, pues los sistemas de gobierno se sostienen a lo largo del tiempo y sus variables más comunes son el reemplazo de los individuos facultados para ejercer el mando, o las oscilaciones ideológicas o económicas.

En el caso actual de México, podemos apreciar un proceso de capitalización donde la máxima ganancia pone a todos los actores a negociar sus fichas para incrementar o sostener sus cuotas de poder, a partir de una visión patrimonialista impulsada por los apetitos personales, rebasando todo idealismo o principios de doctrina.

En ese sentido, la crítica hacia el poder señala defectos de carácter de los actores, y resalta sus capacidades de seducción a partir de las ideas de consumo como la fama o el carisma, más que la consciencia social, la formación y capacidad política y profesional, o la historia de lucha personal. El liderazgo no es intelectual o moral, hoy, sino emocional.

No obstante, el funcionamiento político institucional es adaptable a cualquier moda, y el sistema se soporta por sí solo, desde aquellas instituciones ecuménicas o religiosas como el Vaticano, hasta las democracias y las dictaduras: pasan los líderes, pero se mantienen las formalidades de fondo. No hay rupturas abiertas, sino grietas subsanables.

Veamos con claridad los objetivos de la iniciativa de reforma de las reglas de competencia electoral que impulsa la presidenta, la cual está siendo utilizada como carnada para reconocer lealtades y animadversiones; o en otro sentido, quiénes van a estar a favor o en contra del proyecto de nación de Claudia Sheinbaum.

Como lo recordará el lector, cuando el todo poderoso PRI gobernaba México, las crisis de Gobernabilidad hicieron necesarias diversas reformas de las reglas del juego electoral a partir de un concepto básico de la política: negociar partes del pastel con la oposición.

Bajo el neologismo de “concertacesión” fue como se socializó el inicio de la alternancia ideológica que empezaron a usufructuar los líderes pragmáticos primero del PAN y luego del PRD, hasta llegar a la era del mapa mexicano de la Gobernabilidad convertido en rompecabezas ideológico multicolor: todos podían ganar, concluyendo así la era del Partido único.

De esa manera, se dio el tránsito hacia lo que hoy el todo poderoso Morena se convirtió en el reemplazo del PRI, y ante la solidificación de su aparato, trata de empujar aquellos cambios que considera convenientes para mantener el sistema del cual es origen, depositario y futuro transmisor. Lo antedicho: cambian los colores y las personas para que todo siga igual.

En esa perpetuación del poder, aparentemente se pone en riesgo la alianza partidista que llevó al mismo a AMLO y CSP, tal como les ocurrió a EPN, FCH, VFX, EZPL, CSG et al. La crisis de Gobernabilidad es continua, se diga lo que se diga, porque el ser humano vive en permanente estado de insatisfacción.

Irónicamente, quienes pueden sostener al sistema ahora en manos de Morena, a través de la “concertacesión”, es el adversario necesario, el PRIAN. De sus filas se nutrió buena parte del entramado guinda, y por ende conocen los trucos de la supervivencia, el trasvase y el camuflaje. A ellos podría recurrir CSP para “ceder” espacios de poder en las gubernaturas, en caso de que sus hoy aliados se aferren a “apretar” el proyecto de reforma mencionado que podría quitarles lo ganado, e incluso devolver a los impensados adversarios sus antiguos cotos de poder. A todos les interesa más ser cabeza de ratón que cola de león, y la sensación de dominio de la territorialidad nos viene como herencia del feudalismo.

Este cambio cualitativo de posturas, derivado de la necesidad institucional de perpetuación del modelo de gobernanza, puede tener su impulso en la propia sociedad, como ocurrió en el pasado: CSG sostuvo su sexenio merced a las rebanadas de pastel que compartió con la oposición, y logró imponer con ello su modelo económico de rendimiento decreciente: que todo cambie para que todo siga igual, y que la casa no se caiga.

Es aquí donde los individuos pensantes tanto de los partidos aliados del poder central como de los partidos adversarios al mismo se deben poner las pilas: la apuesta debe ser un ganar-ganar por la vía pragmática, y no por la confrontación, ya que sólo quienes tienen asegurada su supervivencia pueden apostar por una estrategia ruda, y en política (y más en el estilo mexicano) nadie tiene esa condición, salvo que tenga las maletas listas para cambiarse de país.

El viraje para esquivar un bache puede provocar un accidente más lamentable donde salga más caro arreglar el auto que cambiar la llanta. Es ahí donde hay que ponerle materia gris y corazón duro, agarrar bien el volante y seguir en ruta hacia el futuro donde todo, excepto personas y partidos, seguirá siendo igual como cuando cambió por primera vez, allá por la época de la independencia.

Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.

Es poeta, escritor, comentarista y consultor político. Fue director general de Estudios Estratégicos y Desarrollo Político de la Secretaría General de Gobierno del Estado. Ha llevado la Dirección de Publicaciones y Literatura de la Secult-SLP en dos ocasiones, y fue asesor de Marcelo de los Santos Fraga de 1999 a 2014, en el Ayuntamiento y Gobierno del Estado de SLP, y en Casa de Moneda de México. Ganador de los Premios Nacional de la Juventud en Artes (1995), Manuel José Othón de Poesía (1998) y 20 de Noviembre de Narrativa (2010). Ha publicado los libros de poesía “Loba para principiantes”, “El oscuro linaje del milagro”, “Áreas de esparcimiento”, “Colibrí reversa”, “Materiales de guerra” y “Tu nombre en la hojarasca”.