José de Jesús Ortiz
De niña veía a su padre, profesor y militante del Partido Comunista Mexicano (PCM), salir por las noches de su casa cargando cubetas de sosa y engrudo para pegar propaganda del partido —aún proscrito— en las paredes de la ciudad y pintar proclamas sobre la explotación de la clase obrera. Una imagen y entorno que definirían su vida y trayectoria política.
“Como eran clandestinos, si los agarraban, ¡olvídese!, los perseguían como si fueran perros del mal. Lo recuerdo en ese entonces, son cosas que se le graban a uno muy bien, yo estaba muchachilla, de cuatro o cinco años”, dice.
La maestra Agustina Soto (1937) fue una de las últimas mujeres militantes del extinto Partido Comunista Mexicano (PCM) en San Luis Potosí en los años 70 del siglo pasado, en un contexto en que la acción política era dominada por los hombres.
“Crecí en una familia con muchas contradicciones ideológicas, mi mamá era muy católica, casi sinarquista, y mi papá era comunista, tuvieron problemas para poder casarse”.
Como maestra y luego como directora de una escuela primaria en la colonia Santa Fe, le tocó luchar contra el corporativismo priista que, a través del sindicato magisterial, obligaba a los docentes a apoyar a ese partido, un control férreo sobre todo en el gobierno de Carlos Jonguitud Barrios.
También participó en la creación del Partido Socialista Unificado de México (PSUM) luego de que a nivel nacional se acordara la disolución del Partido Comunista en 1981, así como en las sucesivas formaciones políticas de la izquierda que se derivaron de ello. Simpatizó con el doctor Salvador Nava Martínez en las últimas batallas y se entusiasmó con la rebelión indígena del zapatismo chiapaneco en 1994. Del proceso político de la llamada Cuarta Transformación dice que “detuvo a México del tobogán en que íbamos”.
En los últimos años, la maestra Agustina, jubilada desde 2004, pasa la mayor parte del tiempo en la comunidad indígena de La Palma, en el municipio de Tamasopo, como apoderada del bachillerato comunitario Josefa Ortiz de Domínguez, ubicado en esa localidad en la que comenzó a realizar trabajo desde la década de 1980.
En entrevista en su domicilio, durante una visita a la capital potosina, en compañía de su hija la historiadora Lourdes Uribe, se da tiempo para recuperar algunos pasajes de su biografía.
De Canelas a San Luis Potosí
Nació en Canelas, Durango, una comunidad enclavada en la parte alta de la sierra, fría y dispersa. Fue la quinta hija de una familia compuesta por siete mujeres y dos hombres que murieron pequeños. Su padre era maestro, inspector de educación federal, quien de manera continua era trasladado de un lugar a otro. “Los mandaban a donde era necesario y yo fui a nacer allá”.
Originario de Querétaro, Antonio Soto Solís había sido maestro de tropa en el Ejército antes de convertirse en inspector de escuelas federales, apenas unos años después del triunfo de la Revolución de 1910. Sus viajes por diversas partes del país eran constantes hasta que se estableció en Rioverde como maestro federal, en la escuela Vicente Guerrero.
En su larga trayectoria profesional, el profesor Soto Solís fue supervisor, maestro fundador de cursos del Instituto Federal de Capacitación de Magisterio en Durango y en San Luis Potosí. Recibió la Medalla Manuel M. Altamirano entregada por el gobierno federal. Una escuela primaria de la colonia San Felipe lleva su nombre, como reconocimiento a su trabajo docente.

“En Rioverde conoció a mi mamá, luego lo mandaron a la práctica de agricultura en el Ejido Callejones, de El Refugio, en Ciudad Fernández, fue donde nacieron mis hermanas, las primeras: Rosa, Dolores, María Ascensión y María de la Luz. Yo fui a nacer en Durango, en Canelas, porque lo mandaron como inspector hasta allá. Después bajamos a Canatlán, donde pasé mi primera infancia, vivíamos en una escuela semiurbana, en la casa que construyó mi papá, él hacía de todo, hizo adobes y construyó en un terreno que cedieron precisamente para la escuela, se llamaba Tierra y Libertad”.
ASTROLABIO: ¿A qué edad llega a vivir San Luis Potosí?
AGUSTINA SOTO: A San Luis ya para quedarme como a los seis años, porque íbamos y veníamos. Mi mamá se puso muy mal después de que nació mi hermana menor, la que sigue de mí la sexta, muy enferma, estaba a punto de morir, entonces se regresaba porque no resistía el invierno de Canelas que era muy fuerte y se venía para Rioverde, pasaba acá algunos meses y luego nos regresábamos. En esa época había dos calendarios de educación en el país, el A y el B, unos entraban en febrero y otros en junio o julio. No coincidíamos, empezábamos a veces el año escolar allá y veníamos para Rioverde y acá ya estaban de vacaciones y así”.
Su padre —rememora— duraba en la sierra 15 días o más, perdido, visitando como inspector las escuelas en comunidades aisladas. Su madre dejó poco a poco a sus hijas mayores en la casa paterna en Rioverde, para que pudieran seguir estudiando y crecieran en ese entorno de clase media, mientras iba y venía de Durango. Luego hizo lo mismo con las hijas más pequeñas, hasta que finalmente toda la familia se quedó en Rioverde.
Estudió la primaria en un colegio de monjas, donde cursó hasta el cuarto año, poco después es cuando su familia se estableció en la capital potosina para que las hijas mayores pudieran estudiar la secundaria y la preparatoria. “Yo terminé la primaria aquí en la Escuela Primaria Tipo 21 de Agosto, que estaba en el Jardín de San Juan de Dios”.
“Crecí en una familia con muchas contradicciones ideológicas, mi mamá era muy católica, casi sinarquista, y mi papá era comunista, tuvieron problemas para poder casarse porque la familia de mi mamá se oponía terminantemente, lo aceptaron ya grande, por la misma necesidad. Mi mamá nunca se separó de las hermanas, pero hubo un tiempo de distanciamiento, usted sabe, cuando uno desobedece a los papás, la familia se pone así”.

El trabajo docente
Luego de terminar la primaria y la secundaria, la maestra Agustina Soto hizo estudios de bachillerato y cursó los primeros dos años de la Licenciatura en Derecho, en la Universidad Autónoma de San Luis Potosí a finales de la década de 1950, una época en la que pocas mujeres llegaban a estudios de nivel superior. Le tocó coincidir con el priista Fausto Zapata Loredo, que más de 30 años después sería gobernador efímero en el estado, luego de la impugnada elección de 1991 en la que se enfrentó al doctor Salvador Nava Martínez.
La militancia comunista todavía no estaba en su horizonte. Muy joven, observó a la distancia la convulsión política que vivía el país: la gran movilización ferrocarrilera de 1958 reprimida por el gobierno de Adolfo López Mateos, el asesinato del líder agrario Rubén Jaramillo y, a nivel local, la represión contra el navismo.
“Antes de casarme entré a Derecho, llegué hasta segundo año, ya después de casada intenté otra vez terminar, pero solo llegué hasta tercero, fue cuando ya no regresé. La primera vez cuando estuve en la Universidad debió haber sido a finales de los 50, estaba yo en la Preparatoria nocturna cuando se dio la huelga de los ferrocarrileros”.
A: ¿Cómo era el ambiente en la Universidad en esa época, había pocas mujeres?
AS: Sí, en la nocturna, en mi grupo, nada más éramos dos mujeres en la Prepa. Ya en la Universidad había un poco más, se juntaban, a la hora que uno podía tomar las clases, le daban la opción de elegir la hora. Yo generalmente tomaba la de las siete, recuerdo muy bien a un licenciado Parra, no sé si ya moriría o no, siempre escogía a los maestros más exigentes, éramos relativamente pocos alumnos. No terminé porque se me ocurrió casarme.
A: ¿Fue compañera de Fausto Zapata en la Universidad?
AS: Sí, fue la primera vez que estuve en la Universidad, estuve dos veces, la primera me salí y luego, años después, regresé ya casada y con hijos, intenté terminar la carrera pero en ese tiempo hubo una huelga y ya no terminé. No lo recuerdo mucho, iba a muy pocas clases con él, lo recuerdo después cuando salió como candidato a senador con Jonguitud Barrios, ya estaba como maestra trabajando en la Colonia Santa Fe.
Influenciada por su padre es que decidió ingresar al trabajo docente: en el Instituto de Capacitación del Magisterio (fundado en 1944 para la profesionalización de maestros que no contaban con título) cursó tres años para formarse como profesora en educación primaria, antes de que instituyeran los estudios a nivel licenciatura en la Escuela Normal. Después cursó en la Universidad Pedagógica Nacional estudios en educación a nivel licenciatura.
“Me puse a trabajar como maestra, no se me dificultó entrar al sistema, trabajé primero en la Estación Pinto (en el municipio de San Luis), era una escuela que fui a crear. Luego me pasé para Bocas porque allí había médico y ya tenía mis hijos pequeños; también anduve por La Pila. En ese tiempo no había carretera, nos íbamos en el tren”.
Rememora: “Cuando ingresé al servicio mi papá no metió la mano por mí en ningún momento. Me enseñó y me preguntaba porque cuando yo ingresé al servicio todavía no era maestra, ingresé con los papeles de la Universidad, no batallé realmente. Comencé a trabajar en El Pinto en una escuelita de nueva creación, con un grupito de 20 alumnos de primero a tercero, lo que es ahora el multigrado. Los juntaba en banquitos de palma y mesas de tabla, en una choza de lámina, allí fue donde hice mi escuelita. Primero pedí un vagón de ferrocarril que llegó hasta que yo me había ido, pero logré hacer mi escuelita. Los peones del ferrocarril me cedieron una caseta. La gente me respetaba, me quería, les daba yo clase en la noche con velas, como era antes”.
Años después, a principios de la década de 1970, estuvo primero como maestra y luego como directora en una primaria de la Colonia Santa Fe, donde permaneció cerca de 20 años. Aún no militaba en el Partido Comunista, sin embargo, al comenzar a disentir del corporativismo magisterial empezó un camino cuesta arriba. Antes de ello, recuerda haber coincidió nuevamente con el priista Fausto Zapata cuando es postulado al Senado en la elección de 1976 y haber sido designada para dar el discurso a nombre de las mujeres en un acto realizado por el magisterio, además de estar en algún otro evento de esa campaña. “Me acuerdo que cuando fue el mitin de presentación de los candidatos, me dijeron: ‘vaya usted a dar el discurso por las mujeres’. Ya me había hecho notar ante la Sección 26 y todo mundo”.
Más adelante, en el contexto del inicio de su militancia y del surgimiento de la disidencia magisterial en San Luis, el profesor Carlos López Torres, dirigente del Partido Comunista, la emplazó a definirse tras una marcha convocada por la Sección 26 a la que ella asistió. “Me dijo: ‘¡Defínase, defínase, está aquí o está allá!’. No andaba con medias tintas”.
Dice que fue aprendiendo en la cuestión política y poco a poco definiendo una postura: “Tuve muchos problemas laborales, me rebelé a las imposiciones del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, problemas con el inspector, mucho acoso. Me sujetaron varias veces a juicio administrativo y luego me pusieron a disposición, como tres meses, el pretexto fue que desobedecí unas órdenes del inspector. Yo empecé a trabajar con la gente, armé la Junta de Mejoras en la Colonia Santa Fe, estaba en la vespertina. Me hicieron batallar, estuve congelada mucho tiempo…yo estaba concursando para la supervisión, mi plan era llegar a jefatura y jubilarme como jefa del sector, pero no me dieron chance, nomás llegué a supervisión”.
De la época de Carlos Jonguitud Barrios, gobernador del estado y dirigente magisterial en el país, recuerda que había un control férreo sobre los maestros a quienes se obligaba a participar en actos del PRI y del gobierno, como aquel evento en el Estadio Plan de San Luis en que participaron miles de maestros y niños movilizados para un evento partidista.
“Cuando iba a venir Miguel de la Madrid a su campaña le grité al secretario de la Sección 26: ‘ustedes nos están convirtiendo en enemigos el pueblo, se van a arrepentir de lo que están haciendo’. Los maestros y yo fuimos (al estadio) porque nos lo ordenó la parte oficial y vamos a obedecer porque lo ordenó la parte oficial y porque el reglamento así lo dice vamos, pero no vamos a llevar a los niños. Era cuando estaba eso de Jonguitud con la canción de Pajaritos a volar, creo que era el cierre de campaña. Yo estaba de directora en la Colonia Santa Fe, cuando llegamos nos preguntaron ‘¿y los niños?’, les respondí que no vinieron y les dije que la mayor parte de esa colonia es navista, los padres no permitieron que vinieran, solo vinieron como seis. Estuvieron ensayando, pero no vinieron’. Yo hice una reunión, les dije que íbamos a ir porque nos lo ordenaban. Era mucha la presión sindical”.

La militancia comunista
En su memoria permanecieron imágenes remotas del trabajo político que hacía su padre. “Era miembro del Partido Comunista Mexicano en la época de la clandestinidad. Cuando yo era niña, son detalles que se le graban a uno, ya nos habíamos bajado de la Sierra, de Canatlán Durango, allí mi papá era supervisor. Salía con sus cubetas de sosa y engrudo a hacer pegas en la noche, porque como eran clandestinos si los agarraban, ¡olvídese!, los perseguían como si fueran perros del mal. Lo recuerdo en ese entonces, son cosas que se le graban a uno muy bien, yo estaba muchachilla, de algunos cuatro o cinco años”.
En su caso, la militancia en el Partido Comunista se dio hasta ya entrados los años 70, en la etapa en que dicho partido es legalizado luego de la reforma política de 1977, con Prisciliano Pérez y el profesor Carlos López Torres al frente de la dirigencia estatal en San Luis Potosí.
A: ¿Cómo se acerca a la militancia política en el Partido Comunista Mexicano?
AS: Entró en mi cabeza el Partido Comunista, no militaba, lo vine a hacer ya estando en San Luis Potosí porque conocí precisamente a una amiga que estaba en el partido, estaba aquí Carlos López Torres como secretario general, ya se había dado la situación de que lo metieron a la cárcel a él y a otro compañero, a Prisciliano Pérez (en 1975 luego del estallido de tres bombas en el centro de la ciudad), que fue uno de los primeros comunistas que se dieron a conocer en San Luis.
A: ¿En qué época comienza a militar formalmente en el Partido Comunista?
AS: Debió haber sido como en 1977, fue a finales de los 70 cuando ya entro al partido, estaba Carlos López. El partido se encontraba en la calle de Julián de los Reyes, después se cambió a Pascual M. Hernández. Cuando llega la campaña de Miguel de la Madrid, ya estaba muy metida en el partido.
A: ¿Qué es lo que recuerda en aquellos en que comenzó?, ¿cómo era aquella época de militancia para una mujer?
AS: Habíamos muy pocas mujeres, ya estaba casada. Carlos López y Prisciliano Pérez estuvieron juntos, militaban más o menos en la misma época, mi papá ayudó mucho económicamente a Prisciliano Pérez en 1968 cuando lo metieron a la cárcel. A mí me pusieron en una comisión económica, financiera, entonces pues lo que le tocaba a uno como mujer: que hacer tamalitos, que esto y lo otro. Las mujeres del partido, las muy jovencitas también estaban en cursos, yo entré al Partido Comunista y estuve un año en observación, no me afiliaron de inmediato, eran muy cuidadosos en ese sentido. El profesor Carlos López Torres era como una tumba, nunca comentaba de los contactos que tenía, ni nada de eso. Ya después en la militancia conocí a las vacas sagradas.
A: ¿Quiénes eran las vacas sagradas?
AS: Pues aquellos luchadores tan grandes como Valentín Campa, Demetrio Vallejo o Arnoldo Martínez Verdugo que fue más contemporáneo de Carlos, por eso les decíamos las vacas sagradas.
A: ¿Había más mujeres en esa época?
AS: Sí, ya se murió la compañera Guadalupe Rodríguez, no sé si murió de cáncer, hace algunos años, ella era muy amiga mía, nos juntábamos para resolver esta situación o la otra, las cuestiones de alimentación; estaba Miriam López, porque su hermano el escritor Mario Alonso también estaba en el Partido Comunista. Había otras como Francis, gente muy joven. El Partido Comunista casi acababa de salir de la clandestinidad.
En la etapa en que está en observación, antes de ser admitida, había un proceso de trabajo en las calles para volantear, vender el periódico del partido, realizar visitas domiciliarias, además de participar en los círculos de estudio en cursos de filosofía o economía política, para la formación de cuadros.
A: ¿Había discriminación en el partido hacia las mujeres?
AS: No muy visible, lo que pasa es que generalmente elegían para los puestos y todas esas cosas más importantes a los hombres. Las mujeres éramos como un relleno, la lucha la dieron estas mujeres universitarias, sobre todo va a haber muchas compañeras, bueno, no muchas porque no eran muchas, que llegaron de la Escuela Nacional de Antropología e Historia, eran las que más impulsaban esto.
A: ¿Recuerda que el Partido Comunista, antes de que desapareciera y se fusionara con otras fuerzas políticas, retomara demandas de las mujeres entre sus propuestas políticas?
AS: En aquellos años el paternalismo permeaba en toda la sociedad, en todos los partidos existía, en unos un poquito más o menos, pero la lucha de las mujeres salía siempre a relucir en las campañas, yo fui candidata a diputada, o sea: sí nos lanzaban pero por ejemplo yo sabía que la lucha era electoral, era un frente de lucha realmente no era el fin, era simplemente cubrir un frente de lucha y hacíamos la campaña, visitas domiciliarias, en juntas de mejoras.
A: ¿La lucha de las mujeres iba de la mano con la lucha de clases o era algo que no se tocaba?
AS: Yo todavía lo creo así: la lucha de clases es diferente porque las mujeres ricachonas, las esposas de los grandes políticos, son educadas desde que nacen para eso. Las mujeres como yo trabajadoras, digamos de clase media, somos diferentes a las de arriba y a las de más abajo, las más pobrecitas que son las marginadas todavía. Por las luchas sociales el pueblo se fue educando, una de las cuestiones que yo aprendí en mi militancia fue que el movimiento educa al pueblo.
Estos años, el trabajo en la zona pame
En aquellos años en que comenzó su militancia política, a la maestra Agustina Soto le tocó coincidir con múltiples personajes y procesos políticos, como las campañas presidenciales de Cuauhtémoc Cárdenas, la irrupción del zapatismo en Chiapas o el navismo en las últimas batallas del doctor Salvador Nava, con quien tuvo una buena relación.
“Alguna vez el doctor Nava me llegó a preguntar, precisamente en la campaña contra Fausto Zapata, qué vamos a hacer o cómo ve esto. Terminé queriéndolo como la mayor parte de la gente porque como me di cuenta de su trayectoria desde la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, cuando estaba el doctor Manuel Nava que fue el que inició el navismo y después cuando se da el movimiento navista y se llevan al doctor Salvador Nava a la cárcel (1961) y lo tienen por allá, obviamente sentí una gran admiración por él.
“No era comunista ni mucho menos, pero era lo mejorcito que había. Gracias a esa relación fue que el doctor Nava por primera vez visitó La Palma, los mismos indígenas decían que nunca había ido un candidato. La señora Conchita Calvillo también fue, gracias al trabajo que yo hacía en esa comunidad”.

En esos años acompañó el proceso de disolución del Partido Comunista en diciembre de 1981 para dar paso a la creación del Partido Socialista Unificado de México y luego del Partido Mexicano Socialista que en 1988 apoyó la candidatura presidencial de Cuauhtémoc Cárdenas.
“Todavía cuando se decidió hacer el PSUM estuve de acuerdo y me sentía dentro, pero ya cuando se decide que sea PMS (1987) empecé a sentirme fuera porque ingresó mucha gente de otros de otros partidos. Llegó gente del Partido Mexicano de los Trabajadores, de Heberto Castillo, claro que eran de izquierda, pero diferentes, traían otra formación, no eran comunistas”.
Poco después, participó también en la fundación del Partido de la Revolución Democrática, al que renunció a mitad de la década de los 90, como protesta al no recibir respaldo para la defensa de uno de sus hijos, Miguel Ángel Wong, encarcelado por movilizaciones del comercio informal.
De forma paralela, participó en los intentos organizativos para constituir una disidencia magisterial en el estado, al lado de otros profesores como Carlos López Torres.
Desde los años 80, comenzó a realizar trabajo en la Zona Media en comunidades indígenas pames o Xi’oi, en municipios como Lagunillas, Rayón y, particularmente, en La Palma, en Tamasopo. “Me les comencé a pegar cuando los compañeros llegaron a buscar a Carlos López Torres ya siendo diputado local para pedirle apoyo, pero los que iban a trabajar con ellos eran hombres, a nosotros no nos llevaban. Me les colé hasta el rincón de la casa, porque a mí no me permitían estar en una reunión de varones entre los Xi’oi. A nosotras no nos permitían estar.
A: ¿Cómo mujeres no?
AS: No, yo me les empecé a pegar y fue de la manera que yo me metí desde que llegaron los indígenas acá con Carlos López, creo que por mi ascendencia, mi mamá es de ascendencia Xi’oi por sus padres. Cuando yo vi a los indígenas, con sus sombreritos, pidiendo disculpas hasta por respirar, sentí el llamado y me les pegué a los compañeros. Cuando logré que el gobernador tradicional me permitiera estar en la reunión fue un triunfo y cuando me dio la palabra, ya después de un buen rato, pues mucho más.
Dice: “A mí los caciques no me podían ver, me tenían sentenciada para colgarme en el árbol que estaba afuera del salón de juntas de la delegación de La Palma, ‘qué anda buscando aquí en la sierra algo, busca aquí la vamos a colgar’, decían, pero nunca se atrevieron. Nosotros ni una piedra cargábamos en la mano cuando íbamos a hacer los recorridos a las comunidades”.
Una lucha centrada en la defensa de recursos naturales y la defensa de la sierra. “Tumbaban los árboles para hacer los durmientes de las vías, se los pagaban a seis pesos cada uno y el que se quedaba con la lana era el comisariado ejidal, los caciques. El gobernador tradicional Panchito fue el que unificó a la gente con todo su Consejo en las diferentes comunidades y se vino a buscar a Carlos López Torres, que era diputado. Panchito dijo ‘este es cabrón, vamos a verlo para que nos apoye’ y se vino con su Consejo, fue cuando empezó el partido a apoyarlos e ir a las comunidades, a meterse con ellos”.
Años después se retiró del trabajo en La Palma al ser designada como supervisora en Lagunillas, regresaría tiempos después en la última etapa de su vida profesional. En esa comunidad se recibió en 2006 al subcomandante Marcos en el contexto de La Otra Campaña convocada por el zapatismo chiapaneco, movimiento con el que simpatizó desde sus inicios, aunque se distanció gradualmente. “Nosotros fuimos a Chiapas, hablamos con él, pero ya cuando se hizo La Otra Campaña ya no respondió a las expectativas que teníamos. Lo invitamos a que fuera a La Palma, estuvo allí cuando vino a San Luis”. Alejada de la política partidista, en estos años se ha enfocado al trabajo en organizaciones sociales como lo fue en la Coordinadora del Movimiento Amplio Popular (CMAP) y el Consejo de Lucha Pame en la región de Tamasopo y Rayón, y sobre todo ahora en el trabajo como apoderada del Centro de Bachillerato Comunitario Josefa Ortiz de Domínguez, ubicado en La Palma.

Desde una distancia crítica observa el proceso político de la llamada Cuarta Transformación y dice que el expresidente Andrés Manuel López Obrador detuvo a México de una caída sin freno. “Íbamos en un tobogán y creo que nos detuvo. No le voy a decir que es lo máximo, pero detuvo esa carrera…Lo veo menos malo de lo que venía, porque lo que venía era atroz”.
La tarde avanza mientras la conversación sigue y fluye sin cesar entre recuerdos de luchas y referencias a procesos en los que le tocó participar. Décadas de magisterio, organización social e historia política que marcaron su vida. Maestra al fin, Agustina Soto dice que sigue aprendiendo: “ahora entiendo muchas cosas que en ese entonces no me pasaban por la cabeza”.
Su fe sigue intacta en la búsqueda de una sociedad mejor. No alberga dudas: “Lo que tiene al mundo revuelto es el capitalismo, el neoliberalismo. Sabemos que el capitalismo nació chorreando sangre”.





