Blakely Morales
Cuando reciba el doctorado Honoris Causa por la UASLP, Cristina Rivera Garza (Matamoros, Tamaulipas, 1964) probablemente recuerde todo lo que la une a esta tierra: su abuelo de origen indígena que cruzó el desierto desde Venado persiguiendo el futuro; el viaje en familia a Charcas en busca del rastro de ancestros perdidos; o aquella aventura adolescente en Real de Catorce, y una ciudad que apenas vió desde lejos.
O probablemente piense en el Gato de Cheshire. No en el personaje de Lewis Caroll, sino en el seudónimo que utilizó cuando en 1987 participó y ganó, en el Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí. Con La guerra no importa, Rivera Garza se convirtió en la escritora más joven en ganar uno de los premios literarios más prestigiosos del país, hoy Premio Nacional Bellas Artes de Cuento Amparo Dávila; tenía 23 años.
Una carpeta muy delgada, resguardada en el archivo de la Casa de la Cultura Museo Francisco Cossío, es el registro de aquel suceso que se convirtió en un parteaguas para su carrera literaria. Aunque no contiene evidencia fotográfica, es fácil imaginarla al pié de la icónica escalinata del museo con su cuerpo menudo, su piel canela y sus ojos brillosos, recibiendo el galardón de manos del gobernador en turno.
Lo que sí consta en el archivo es la invitación a la ceremonia de premiación, un no tan lejano 21 de noviembre de 1987, a las 20:00 horas.

En El invencible verano de Liliana, la obra que le mereció un Pulitzer en el 2024, Cristina revela la trascendencia personal de aquel premio, no tanto por el reconocimiento, sino porque con ese cheque pudo costear parte de su primera estancia académica en Estados Unidos.
La publicación de aquellos cuentos entrelazados, donde puso en entredicho el deber ser de las mujeres y planteó la libertad de un alter ego repleto de aventuras y cuerpos en resistencia, tardó tres años. En 1991, cuando volvió a México para presentarlo en un bar de Coyoacán, su familia había perdido a la más pequeña de sus integrantes, su hermana Liliana, a manos de un feminicida:
“Liliana ya no estaba con nosotros. Y, sin embargo, Liliana seguía ahí, viva, en el corazón de ese libro”, narra.
En una mezcla magistral de crónica periodística autorreferencial, ensayo y prosa poética, El invencible verano de Liliana es, más que una novela de ficción documental, como ella misma ha nombrado a la hibridación de géneros y disciplinas que distingue su obra, una denuncia y una defensa del amor en libertad; ahí desvela también su sentimiento de culpa por haber estado lejos.
Pero todos los caminos son el camino y ella hoy, es profesora reconocida y fundadora del doctorado en Escritura Creativa en Español de la Universidad de Houston.
El origen indígena
Ya desde su aclamada Nadie me verá llorar (1999), la referencia a San Luis Potosí estuvo presente. La narradora e investigadora potosina Lilia Álvarez Ávalos, la explica:
“Aunque de esta novela lo principal de lo que se habla es del hospital psiquiátrico La Castañeda y del Distrito Federal, hay un pasaje en el que Matilda Burgos (personaje principal) vive en Real de Catorce, San Luis Potosí, acompañada de Pablo Kámack. Ahí se describen los paisajes del desierto, la promesa de bonanza que implicaba el túnel Ogarrio, el paso de los huicholes y el uso del peyote, así como la estación de trenes de Vanegas y la decadencia minera del pueblo. Como cosa curiosa, cuando Matilda va de regreso al Distrito Federal, el tren pasa por la capital de San Luis Potosí, pero no hay descripción de la ciudad, ya que ella no se baja del transporte para conocerla, pues Pablo le recomendó que no lo hiciera”.
En Autobiografía del algodón (2020), novela en la que mezcla investigación histórica y crónica para seguir las huellas de sus ancestros, Rivera Garza vuelve de lleno al corazón de la Gran Guachichila, y recuerda cómo, en la adolescencia, en un Volkswagen blanco, la familia se encaminó por carretera impulsados por el entusiasmo de su padre, a buscar el origen de los Rivera en los municipios de Venado y Charcas. No encontraron casi nada, salvo la indicación de un posible pariente alcohólico.
Más recientemente, en la década pasada, Cristina aprovechó un par de visitas con motivo de su obra que hizo a la capital potosina, para retomar la investigación de campo de su padre; entonces descubrió con mayor lucidez los paisajes por la carretera que conecta Ahualulco con Moctezuma y luego hasta Venado: “(…) esa imponente extensión de territorio salpicada de huizaches o nopales, rocas puntiagudas, cactus. Tunas. La pradera de los nómadas”.
Luego de llegar hasta Villa de Guadalupe, al lugar invisible donde estuvo una pequeña población y una hacienda de nombre Mingolea, donde posiblemente nació su abuelo un 26 de noviembre de 1879; luego de consultar archivos como el de la investigación genealógica del proyecto Family Search, pudo saber que el papá de su papá, José María Rivera Doñez fue indígena, y aunque ignora a qué comunidad perteneció, gracias a sólidas investigaciones que documentan la presencia en Venado de tlaxcaltecas y tarascos, su hijo se inclinó por los primeros; acaso sea lo más natural, pues como su abuelo, ella y su familia han cruzado de norte a sur y de nuevo hasta el norte de lo que antes se llamaba México, y viajan por las carreteras, como ahora que de nuevo ha regresado a San Luis Potosí, para recibir el Honoris Causa.
Cuando descubrió su ascendencia indígena, narra en Autobiografía del algodón, regresó a San Diego, California y con una emoción a flor de piel le compartió a su hijo Matías el hallazgo quizá más definitorio de su obra: “Somos indígenas, le anuncié sin contratiempo como quien trae un regalo (…) todas esas terquedades y todas esas persistencias, eran indígenas. Y son indígenas”.
Una obra trascendental y un mensaje importante
Pero no es solo la ascendencia, o acaso por eso mismo. También hay algunos viejos conocidos en San Luis Potosí, gente que la ubica desde su natal Matamoros, y personas que producto de una profunda admiración, como en el caso de Vanessa Cortés Colis, doctora en Literatura, emprendedora literaria y generosa amante de los libros, ha forjado con Cristina Rivera Garza una relación muy cercana a la amistad. Cuando no era el personaje que con su obra convoca a multitudes, antes del boom de El invencible verano de Liliana, Vanessa la recuerda con cariño en los cocteles de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, o en pequeñas presentaciones en San Luis Potosí, donde “nadie la pelaba”. Sobre la conexión profunda con suelo potosino, Cortés Colis comparte su perspectiva:
“Cristina siempre ha trabajado sobre las periferias, literaria y geográficamente, muchos le critican que si trabaja en Estados Unidos y vive allá, pero finalmente ella dirige programas de literatura en español; la parte de las periferias, lo que tiene que develar, buscar, rastrear, San Luis Potosí en ese rubro, esa relación, son hilos muy importantes para ella; se agarra del detallito, del punto en el arroz, lo toma y lo expande. Entonces creo que como lo hace tan bien, lo convierte en algo universal, en una literatura de potencia”.
Vanessa define la trascendencia de la obra de Cristina Rivera Garza, que partió de la Sociología, luego pasó por la Historia y desde ahí construyó una obra rigurosa que viaja de la narrativa a la poesía, del ensayo al cuento:
“Cristina no es ninguna chica que haya incursionado con una ópera prima, sino que es una escritora que viene rascándole, desde hace mucho tiempo y que su nivel literario que es extraordinario, es lo que la ha mantenido ahí, en la mira, y de repente explotó por un tema coyuntural; El invencible verano de Liliana es una hibridación de géneros, vanguardista pero a la vez sublime, es contemporáneo; antes de eso, todo su trabajo es increíble, como de otro planeta”.
La solidez de la obra literaria de Cristina Rivera Garza, la colocó en 2025 entre las quinielas para recibir el Premio Nobel de Literatura. Daniel Zavala, doctor en Literatura Hispánica, catedrático e investigador de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanidades, uno de los proponentes del Doctorado Honoris Causa, sopesa la figura de Cristina:
“La veo como una escritora que sirve como una especie de bisagra, para unir a escritoras de generaciones anteriores y a las nuevas; si hablo de escritoras anteriores estoy pensando en Elena Poniatowska, o Margo Glantz; y si hablo de escritoras actuales, estoy pensando el caso de Guadalupe Nettel, por ejemplo; ella logra ubicarse en los dos puntos, en una generación anterior y en una más reciente”.
Pocos días antes de que Cristina regrese al origen, a la ciudad cerca del origen, la marcha del 8 de marzo continúa gritando en la fachada del Edificio Central de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, donde se anuncia, al mismo tiempo, la sesión solemne en la que recibirá el Doctorado Honoris Causa. Al mismo tiempo, unos hombres se afanan en borrar la protesta. Cristina mira de frente con esos ojos acuciosos; sus pómulos, su color de piel y su melena revelan, en efecto, su parentesco con los pueblos nómadas que habitaron el Altiplano potosino; su postura probablemente, sea en sí misma un mensaje: Falta Liliana, falta Karla, faltan Itzel, Dulce, Elionai, falta Daniela y muchas otras mujeres más. Esa deuda y esas historias, son otras conexiones profundas de Cristina Rivera Garza con San Luis Potosí.
