Edgar Hilario Piña
La Huasteca Potosina es, en el imaginario colectivo, sinónimo de verde exuberante, ríos caudalosos y cascadas imponentes. Forma parte de una de las regiones hidrográficas más ricas de México. Sin embargo, detrás de esa postal paradisíaca se esconde una realidad de tensiones permanentes por el agua, una vulnerabilidad climática creciente y, sobre todo, una amenaza a la autonomía de los territorios y pueblos indígenas bajo la forma de fracturación hidráulica, mejor conocida como fracking.
A pesar de que en años recientes se percibió cierta tranquilidad tras las declaraciones políticas que prometían proteger la región (Sexenio Andrés Manuel López Obrador 2018-2024), la publicación del plan estratégico de Petróleos Mexicanos (PEMEX) para el periodo 2025-2035 ha vuelto a encender las alarmas. El “elefante energético” sigue metido en la sala. La posibilidad de reactivar la extracción de hidrocarburos no convencionales mediante esta agresiva técnica despierta una pregunta incómoda pero obligatoria: ¿Vale la pena empeñar el agua y el futuro de las comunidades a cambio de beneficios energéticos fugaces?
El mecanismo del despojo: La ley contra el territorio
Para entender el conflicto, es necesario desarmar el entramado legal que abrió la puerta a esta situación. Todo comenzó con la Reforma Energética de 2013 y la posterior Ley de Hidrocarburos de 2014. Bajo el pomposo argumento de “interés social y orden público”, el artículo 96 de dicha ley estableció que la exploración y extracción de hidrocarburos tendría preferencia sobre cualquier otra actividad, ya fuera la agricultura, la ganadería o el turismo.
Esta jerarquía legal no es otra cosa que una herramienta de despojo institucionalizado, disfrazada bajo la figura de “servidumbre legal”. Lo que hace es facilitar la entrada de proyectos industriales en tierras de propiedad social, violando de forma directa los derechos de las comunidades indígenas y campesinas, quienes habitualmente enfrentan estas dinámicas con enormes desventajas estructurales, como la marginación educativa y las barreras lingüísticas.
¿Qué es el fracking y por qué es una pésima idea?
La industria petrolera suele vender el fracking como el pináculo de la innovación tecnológica para alcanzar la soberanía energética. Pero cuando miramos las letras chiquitas y los datos técnicos, el panorama es aterrador.
La técnica se aplica en yacimientos de roca poco permeable llamadas lutitas, ubicadas a profundidades de entre mil y cinco mil metros. Para liberar el gas o el petróleo atrapado, se realiza una perforación vertical que luego se extiende horizontalmente por varios kilómetros. Acto seguido, se inyecta a presiones descomunales una mezcla de arena, millones de litros de agua y un coctel de sustancias químicas altamente tóxicas para fracturar la roca.
Los impactos socioambientales de este proceso rompen cualquier lógica de sustentabilidad:
- Consumo desmesurado de agua: Cada pozo individual puede succionar entre 9 y 29 millones de litros de agua dulce, compitiendo directamente con el líquido que las comunidades necesitan para beber y producir alimentos.
- Contaminación irreversible: Entre el 15% y el 80% de esa agua regresa a la superficie cargada de metales pesados y químicos (el llamado “agua de retorno”). No se puede limpiar, no se puede reutilizar. Al ser la Huasteca una zona con suelo kárstico —es decir, sumamente poroso y permeable—, el riesgo de que estos químicos se infiltren y envenenen los acuíferos superficiales y profundos es altísimo.
- Peligro para la salud humana: Se ha documentado que al menos el 25% de las sustancias usadas en el fracking son cancerígenas y mutagénicas, el 73% afecta el sistema endocrino y la mitad puede dañar severamente el sistema nervioso de quienes habitan cerca de las explotaciones.
- Sismicidad inducida: Como el agua de retorno es intratable, la práctica común es reinyectarla en el subsuelo en “pozos letrina”, lo que desestabiliza las fallas geológicas y provoca sismos en regiones que históricamente eran estables.
A todo esto, se suma un pésimo negocio económico: la producción de estos pozos declina entre un 70% y 90% apenas en sus primeros dos años de vida, volviéndose económicamente marginales muy rápido. En resumen: los beneficios económicos son efímeros; los daños ambientales, permanentes.
El mito de la abundancia hídrica
Quienes defienden la viabilidad del fracking en San Luis Potosí suelen escudarse en que en la Huasteca “llueve mucho” y “sobra el agua”. Pero esa es una verdad a medias que raya en la manipulación. Si bien la región cuenta con una riqueza hídrica natural innegable, hoy en día esa agua está profundamente disputada, acaparada y mal administrada.
Un puñado de industrias (termoeléctricas, cementeras, agroindustrias) acaparan millones de metros cúbicos al año, mientras que el 70% de la población, que es de origen indígena, padece una escasez constante debido a la desigual distribución y a una gestión institucional deficiente. Además, el cambio climático ya está pasando factura: en los últimos años, sequías intensas han dejado completamente secos a ríos tan emblemáticos como el río Valles y las cascadas de Tamul. Introducir una actividad que demanda millones de litros de agua limpia en un escenario de estrés hídrico y ríos agonizantes no es solo una imprudencia; es una condena social.
La respuesta desde abajo: Ciencia ciudadana
Frente a la sordera de los gobiernos locales y la opacidad institucional, las comunidades de la Huasteca decidieron que no se quedarían de brazos cruzados. La conformación de la Contraloría Autónoma del Agua de la Huasteca Potosina (CAAHP) en 2023 es el ejemplo más claro de una resistencia inteligente y organizada.
Ante la falta de monitoreos oficiales por parte de dependencias como la Comisión Nacional del Agua (CONAGUA) o la Comisión Estatal del Agua (CEA), la contraloría ha echado mano de la “ciencia ciudadana”. Mediante alianzas estratégicas con especialistas académicos, los propios habitantes se capacitan y utilizan kits de muestreo comunitario para vigilar la calidad de sus fuentes de agua. Aunque aún de forma incipiente, esto les permite generar datos técnicos validados para conocer la salud de sus ríos y confrontar las narrativas de desinformación del discurso oficial.
Conclusión: El agua es vida, el fracking es veneno
Es verdad que el contexto geopolítico actual presiona a México para buscar la independencia energética, especialmente ante las políticas comerciales e imperialistas que suelen recrudecerse desde el norte. Sin embargo, ninguna estrategia de soberanía energética puede considerarse legítima si se edifica sobre el sacrificio de los pueblos originarios, la devastación de sus territorios y el envenenamiento de sus fuentes de vida.
Destruir nuestras reservas hídricas a cambio de unos pocos años de gas natural es un error histórico e irreparable. La verdadera soberanía no está enterrada en las rocas de lutita; está en la preservación de los ecosistemas, en el respeto a los derechos humanos y en el fortalecimiento de gestiones comunitarias como la que hoy abandera la Contraloría Autónoma del Agua. La Huasteca ya ha dicho un “no” rotundo al fracking, y es hora de que el marco legal y los planes energéticos de la nación escuchen, de una vez por todas, esa voz.
Estemos atentos, apoyemos y participemos en las manifestaciones y movimientos en defensa del agua, del territorio y de la vida. ¡No al fracking!
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.





