Esto pasó en septiembre.
No en el septiembre de este año sino en el del año pasado. ¿O fue el antepasado, Melitón?
—No, fue el pasado.
—Sí, si yo me acordaba bien. Fue en septiembre del año pasado, por el día veintiuno. Óyeme, Melitón, ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor?
—Fue un poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.
El día del derrumbe / Juan Rulfo (1953)
Enrique Rivera Sierra
Nacidos en el Barrio de San Sebastián, en San Luis Potosí, Fernando e Ignacio Betancourt Robles pertenecen a esa generación que entendió la cultura no como adorno, sino como trinchera. Hombres de izquierda, de una coherencia a toda prueba, dedicaron su vida a defender la cultura para el pueblo.
Juntos fundan el grupo Zopilote, uno de los proyectos teatrales independientes más importantes del país entre 1967 y 1997. No fue una adhesión tardía: fue su creación desde el ambiente estudiantil potosino. Como lo ha relatado el propio Fernando en entrevista para Astrolabio, Zopilote nació con la vocación de sacar el teatro de las salas burguesas. El grupo se gestó como Teatro Experimental Independiente, luego se llamó Asociación de Ideas y fue hasta 1974 cuando tomó el nombre del ave que le dio identidad perdurable. Ese año sus siete integrantes eran los hermanos Betancourt junto a Mario Enrique Martínez, Arturo Medellín, Óscar Ortiz, Alfredo Martínez y Raquel Arellano. Ellos mismos explicaban el nombre así: como los zopilotes limpian el campo, los artistas al representar en escena problemas sociales y situaciones injustas limpian la atmósfera cultural y espiritual del lugar donde se presentan.
Cuando ya existían antecedentes como el Ballet Independiente de Raúl Flores Canelo, ellos radicalizaron la propuesta: llevar el teatro a la periferia, a Ecatepec, a los pueblos, a las vecindades donde les diera hospedaje la gente. Por eso fueron atacados en la prensa y en volantes anónimos por el conservadurismo que los veía como amenaza a la familia y las buenas costumbres. Aun así, a Zopilote se debió la fundación de la Escuela Popular de Arte en el Barrio de San Miguelito, en la capital potosina.
Nacho, quien desde entonces ya destacaba como escritor, fue también actor en esos años fundacionales y es el autor de la mayor parte de las obras que Zopilote representó. Fernando, actor y director, se convirtió en el motor organizativo. Ensayaban donde se podía, en aquel departamento grande de la calle San Luis Potosí en la Roma, en espacios prestados, y actuaban en las calles, plazas y espacios convencionales según las circunstancias. Al inicio hacían adaptaciones de Ionesco, Brecht y Picabia, combinando experimentación e investigación. El grupo residió en Sinaloa y en la Ciudad de México, recorrió el territorio nacional, visitó otros países y en 1976 estuvo en Yucatán durante el Tercer Encuentro Nacional de Teatro.
Ignacio se consolidó como uno de los escritores potosinos más sólidos: Premio Nacional de Cuento San Luis Potosí 1976 por “De cómo Guadalupe bajó a la montaña y todo lo demás”, autor de “Lugares comunes”, “Función de medianoche”, coordinador de talleres literarios del INBA, director de Difusión Cultural en Chapingo y desde 2010 profesor-investigador en el Colegio de San Luis, donde rescató la literatura potosina del siglo XIX. Pero nunca dejó la militancia cultural. Fernando hizo del arte resistencia y compromiso: teatro, gráfica, gestión cultural independiente. Su apuesta fue siempre la organización desde abajo.
El 19 de septiembre de 1985 los encontró en la Ciudad de México, preparados y ensayados por años de trabajo popular. El 5 de octubre, semanas después del terremoto, se creó la Unión de Vecinos y Damnificados 19 de Septiembre (UVyD). Desde Zopilote, los hermanos impulsaron la creación de su Comisión Cultural. Como recuerda Fernando en entrevista con José Ortiz: “ahí hicimos maravillas como Comisión de Cultura, desde septiembre que iniciamos actividades de cine club, de todo, en los escombros, Zopilote actuando también en los escombros. Nosotros logramos de alguna manera encabezar el proyecto cultural de las 38 organizaciones de damnificados”.
Mientras se peleaba la expropiación y la reconstrucción contra un gobierno que quería desplazar a los pobres del centro, ellos sostenían la comunidad con teatro, cine, talleres infantiles, y una muy buena relación con la prensa y los moneros de La Jornada. Ignacio, además, aportó la memoria escrita que luego se plasmaría en Imágenes y testimonios del 85. No eran artistas visitantes: eran fundadores de un teatro del pueblo puesto al servicio de un movimiento popular. Por fortuna Zopilote reunió una abundante documentación de su trayectoria, que sirvió de base al volumen conmemorativo dedicado a Mario Enrique Martínez Rivera (1948-2006), uno de sus fundadores.
A 41 años del sismo, recordarlos es recordar que de San Sebastián salió una propuesta que enseñó a todo México que la cultura también rescata.
