Adriana Ochoa
En tiempos que suponen un gran esfuerzo de relanzamiento nacional, el PAN en San Luis Potosí atraviesa una de esas crisis que suelen preceder a la irrelevancia o, en el mejor de los casos, a una mutación dolorosa e irreversible.
Lo que fuera a finales de los noventa una marea azul en la entidad potosina, se ha convertido en una estructura ensimismada, atrapada entre el éxito burocrático de su bastión capitalino y la desidia de una dirigencia que parece haber confundido la política con el mantenimiento de un lugar en la nómina para amigos y compromisos.
Para entender este desgarro hay que volver la vista atrás. Hubo un tiempo, entre 1996 y los primeros años del siglo en el que el PAN en San Luis Potosí no era solo un partido; era una aspiración. La data histórica del Consejo Estatal Electoral y de Participación Ciudadana dibuja una parábola de ascenso que tuvo su cenit local en 2003: con Marcelo de los Santos, el panismo potosino rompió el techo de cristal de la gubernatura. Y en las federales de 2006 fue una de las entidades que más aportó votos para el candidato presidencial. Aquella fue la era de la hegemonía urbana absoluta. El PAN era el dueño de la capital, el gestor del asfalto y de las clases medias.
Sin embargo, ese éxito portaba en su interior el germen de su propia limitación. Las disputas internas por el beneficio de esa marea distrajeron la atención y no se atendió un patrón que hoy se lee como una condena: el PAN es exitoso en la zona metropolitana, pero un extraño en el otro San Luis. Si bien hubo un momento dulce de alcaldías panistas en las cuatro regiones, eso no duró. Una desconexión emocional y estructural con la Huasteca y el Altiplano, donde el voto se mueve por otras pulsiones, abrió la puerta a la expansión del “gallardismo” y su franquicia verde ecologista. Hoy, fuera de las murallas de la capital, al PAN potosino el aire se le agota.
El comportamiento del votante potosino hacia el PAN es un ejercicio de pragmatismo. Ente los conceptos clave que dibujan la relación de los votantes potosinos con relación con el blanquiazul es el uso del partido como un martillo para castigar al poder en turno. Es la “alternancia castigo”. Cuando el gobierno estatal se desgasta, el potosino vota al azul, no necesariamente por una conversión ideológica.
El PAN tiene en SLP un problema de fondo: la dependencia de la figura sobre el logo. El PAN ha sido incapaz de institucionalizar su carisma. Ganó de inicio con perfiles fuertes, con nombres que tenían peso propio antes de ponerse la camiseta del partido. Cuando se le agotaron las figuras y el candidato fue un burócrata o un desconocido ungido por la cúpula, la marca PAN se desinfló. La mejor muestra son los últimos tres procesos para la alcaldía capitalina, ganados con las siglas en alianza por el ex diputado federal perredista Xavier Nava y el priista Enrique Galindo, éste en reelección.
El votante de la capital, esa base de clase media-alta que le garantiza un piso del 20% de representación legislativa, es resiliente, sí, pero no es incondicional. Ese piso se elevó alguna vez por encime del 40%. Hoy, el partido se ha visto obligado a entrar en “coaliciones de supervivencia” con un PRI que habita en la inopia electoral.
Frente al crecimiento del proyecto del Partido Verde, una maquinaria de poder que supo leer necesidades del San Luis, el PAN responde con miras cortísimas: no participara para competir, lo hace para conseguir espacios plurinominales seguros para su burocracia y enchufados que la rondan.
Lo que resulta verdaderamente trágico en este análisis no es la pérdida de votos -que en la capital se han recuperado gracias a un desempeño contra corriente del alcalde y la lógica de bloque-, sino el descrédito operativo de su dirigencia local. Mientras la presidencia nacional anuncia relanzamientos y esfuerzos sumatorios, en San Luis Potosí el PAN se esfuerza en echar de sus filas al militante que cuestiona, como la ex secretaria general Lidia Argüello, o se atraviesa en proyectos personales de un secretario general empoderado por la ausencia de su presidenta.
La dirigencia estatal está más preocupada por los compromisos internos que le permitieron la reelección que por la construcción de una alternativa real. Se los han advertido de manera educada viejos panistas: el activismo ha sido sustituido por la burocracia de oficina. No hay eventos de impacto, no hay narrativa, no hay calle.
Un síntoma de esta descomposición es la diáspora silenciosa en Rioverde, que alguna vez fue un enclave fundamental en la Zona Media, hoy ve cómo sus cuadros panistas se alejan, empujados por una secretaría general que parece enfocada en purgar más que en sumar, en la conveniencia de un reparto entre un grupo más reducido de lo que den las urnas en la elección local de 2027.
La pregunta que queda en el aire es si el panismo potosino tendrá la valentía de rescatarse a sí mismo de sus propios dirigentes o si, por el contrario, preferirá hundirse con ellos en la placidez de su comodidad.
Hay además algo de ruido en la apuesta que la dirigencia estatal del PAN ha cantado como “segura” para la gubernatura, el alcalde capitalino Enrique Galindo, priista resiliente ante su propio y descuajaringado partido. El punto es apenas un destello estroboscópico, pero suficiente como posibilidad catastrófica, un cisne negro para la ya de por sí mediocre expectativa local panista: una previsión nacional de usar San Luis Potosí como comodín en la asignación “equitativa” de candidaturas por género.
Con este supuesto, en espacios centrales de mando blanquiazul en forma de una especie de “mapa electoral” panista para 2027, se apostaría todo por las gubernaturas que cree más “seguras”, Guanajuato y Querétaro, en las dos con perfiles masculinos y militantes propios. Para el CEN panista es inaceptable perder en esas dos entidades.
En SLP, con más alto riesgo, con necesidad de más esfuerzo para competir contra Verde y Morena (juntos o revueltos), el PAN participaría con una candidata mujer para “cumplir” puntualmente con las disposiciones de equidad.
ROLLOS SUELTOS
OTROS NOMBRES. Si ya no hay “Ley Esposa” en SLP, entonces Morena no está obligado a postular una mujer para la gubernatura. De alguna manera un descanso de expectativas casi obligadas para la secretaria de Gobernación.
VAYA “DESPEDIDA”. Esperpéntica, la publicación en redes sociales del INE-SLP de una serie de fotografías del todavía vocal ejecutivo, Pablo Sergio Aispuro Cárdenas, en una convivencia informal con personas identificadas en esos posts como “aliados estratégicos”, entre ellos Ricardo Gallardo Juárez, diputado federal y padre del gobernador del estado. Las retiraron con el argumento de un equívoco de cuentas. Para un cargo como el de árbitro electoral, hay temas y vínculos que no están para subirse a ninguna cuenta de redes, ni oficial ni personal.
Las opiniones aquí expresadas son responsabilidad del autor y no necesariamente representan la postura de Astrolabio.
Adriana Ochoa es periodista desde 1988. Actualmente es directora de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí y docente titular de Organización Política y Ciudadanía.






