San Luis Potosí, México (7 de mayo de 2015).- A un mes del siete de junio hay más dudas que certezas. Más obnubilación que claridad y más sospecha que confianza. Faltan solamente poco más de tres semanas para el cierre del período de campañas y después de todo, prevalece la percepción de que no hay candidatos, partidos y ofertas creíbles y confiables por cuales votar.

 

Las páginas de los periódicos sepultadas en imágenes y palabras de los candidatos, los espacios en la radio, atiborrados de mensajes de los partidos y candidatos, la pantalla de la televisión difunde repetitivamente nombres y lemas de candidatos. Los muros en las calles cubiertos de propaganda, al igual que puentes, postes, casas, balcones. No hay para donde voltear sin toparnos con la mirada bovina de un candidato.

 

En las redes sociales han corrido mensajes por miles, pero en esencia es lo mismo: exaltar las presuntas virtudes de un candidato sin importar su nivel de ignorancia, de deshonestidad e inmoralidad. Cuando se es candidato de manera automática te conviertes de todo un personaje.

 

De hoy en un mes, son las elecciones y de algunas cosas podemos estar seguros: ninguno de los siete candidatos a gobernador merece serlo. Si se les mide por su trayectoria y por sus campañas, entenderemos que se trata de políticos oportunistas que por alguna razón recibieron gratis un boleto premiado para pegarle al gordo.

 

El resumen de las campañas a un mes de concluyen puede ser lapidario pero realista: tan intrascendentes como insulsas. Hasta la guerra sucia la arman mal para quedar como remedo de pelea callejera.

 

Las presuntas propuestas de los candidatos son la repetición de algo que se ha dicho cientos de veces. Son redundantes, prescindibles y burdas. Si hubiese un calificativo aproximativo a la calidad de lo estamos presenciado es: un bodrio infumable.

 

De acuerdo con las diferentes encuestas que en las últimas semanas se han dado a conocer en medios locales y nacionales, con independencia de quien llevaría la delantera, destaca el hecho de que hasta un 29 por ciento de las personas que dicen que si van a votar, no saben por quién hacerlo.

 

No se trata de la mera indecisión, sino que es el resultado de la falta de credibilidad y desconfianza acumulada sobre los partidos políticos en los últimos años. No hay como creerle a las instituciones y a la clase políticos en momentos de indignación generalizada.

 

Para empezar, un candidato del PRI necesita tener una caparazón del tamaño de una Galápagos para ofrecer transparencia y rendición de cuentas cuando su jefe mayor, el presidente Peña ha sido sepultado por la escandalera de lodo derivado de la casa blanca.

 

No hay cómo creerle a un candidato del PRI cuando se compromete en materia de seguridad cuando en San Luis, con el gobierno de Toranzo ha habido más ejecutados y secuestrados que en los gobiernos de Fernando Silva y Marcelo de los Santos.

 

Según los sondeos, la prospectiva de abstención es de hasta cincuenta por ciento, lo cual es indicativo de las dudas que la sociedad tiene no solo de los candidatos, sino también de las autoridades electorales.

 

Si hoy fueran las elecciones, estaría en serios problemas: quiero votar pero ninguno de los candidatos me ha convenido, por el contrario provocan repulsa como cualquier vomitivo.

 

Votar por Carreras es extender por seis años más el mediocre gobierno de Toranzo.

 

Votar por Mendoza es a ver qué sale con Juan Pablo Escobar como vicegobernador.

 

Votar por Calolo es votar por el priísta que todos los perredistas llevan dentro para luego glorificar a los Gallardos.

 

Votar por Govea, es como un acto de piedad, como dar una limosna para que no se sienta mal.

 

Votar por los que faltan no justificaría ni siquiera formarse en la fila ante la casilla.

 

Siendo honestos, no hay por quien optar. El pool de candidatos está para dar pena.

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