Se ha dicho con la profusión de un evento publicitario, que San Luis Potosí está situado en el top ten de las diez mejores ciudades para vivir, que es una de las ciudades con mejores oportunidades para hacer negocios, que es una de las ciudades de mayor potencial para la inversión inmobiliaria y que por si fuera poco, su Zona Dorada es tan modera y cosmopolita que todos quieren vivir ahí.

De hecho, nos quedamos cortos en cuanto a epítetos grandilocuentes a favor de la capital potosina: la ciudad de los jardines es apenas un viejo recuerdo que nos traslada a tiempos remotos; ahora es una ciudad “digital”, “transformada” y “modernizada” para competir con las más importantes del mundo.

Desde hace décadas, la capital era bendecida por el desarrollo que los políticos vaticinaban llegaría más pronto que ya. En tiempos de Salinas, México firmó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y con ese simple hecho, San Luis Potosí abordaba el tren supersónico del progreso.

La carretera 57 se convirtió, por la construcción de algunos puentes y vías laterales, en el Bulevar San Luis que “conecta con la Súper Carretera panamericana que une a todo México con Estados Unidos”.

Como el desarrollo se medía por el número de puentes levantados y asfalto tirado, el gobierno creyó que lo prudente sería continuar con esa línea de progreso y se puso a construir puentes, carreteras y autopistas concesionadas por doquier.

En San Luis Potosí se pensó que como por “su corazón” pasaba la súper autopista del TLC, todo lo demás vendría por añadidura, es decir, el bienestar derivado de la planificación del desarrollo.

En realidad no ocurrió nada de eso, lo que ocurrió es que en la ciudad se construyeron unas cuantas vías rápidas y la vieja infraestructura vial quedo intocada. Solo parches y más parches.

La ciudad empezó a crecer por todos lados, en anarquía, en el caos, en desorden y con ello, se creó un cinturón de pobreza en la zona metropolitana de la ciudad con Soledad de Graciano Sánchez. Sin una planeación real y con servicios insuficientes y con una dotación de infraestructura muy pobre, la ciudad en vez de encontrar salida al desarrollo encontró obstáculos y auténticos tapones.

 Más allá del centro histórico cuya problemática vial parece incurable, el mal se extendió principalmente al poniente de la ciudad, también al sur y al norte en su proximidad con Soledad.

Ninguna autoridad municipal, pese a contar con un organismo burocrático que regularía el desarrollo urbano, ha sido capaz de poner orden y en estos días de lluvias más o menos intensas, la ciudad se convierte en el peor lugar para vivir.

Olvídese de esa propaganda falsa de que San Luis es una de las mejores ciudades para vivir, durante las últimas horas, los potosinos hemos sentido en carne propia la ineficiencia y falta de profesionalismo de quienes han pasado por el ayuntamiento.

La ciudad convertida en un desastre, caos por todas partes, atascos de vehículos, accidentes viales, ciudadanos irritados, tiempo perdido, horas hombre de trabajo inútilmente desperdiciadas. Ha sido la repetición de las mismas escenas caóticas de hace unos meses y años.

 El problema está en lo que se dejo de hacer en su momento y lo que en las últimas décadas las autoridades han eludido hacer por conveniencia política. No hay quien pueda ofrecer una solución al corto plazo para una ciudad sepultada por los equívocos de sus malos gobiernos y de los empresarios especuladores del suelo.

 La realidad es que la ciudad ya no puede seguir como hasta hoy. Urgen cambios y desafortunadamente, los políticos y candidatos no parecen tener la solución, ellos han sido parte del problema.

Alguien tiene que empezar a poner orden. En octubre próximo cuando tome posesión el nuevo presidente municipal, esperemos que ahora si se tomen en serio las cosas, la simulación y el engaño también están dañando mucho a la ciudad.

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