Mientras que los políticos se solazan en su convivencia diaria en el gran estercolero de la política potosina, Salvador Nava Martínez cumple hoy veintitrés años de haber muerto.

Frente a esa clase política putrefacta, envilecida por sus actos, la figura del Doctor Nava no ha dejado de crecer hasta erigirse como una referencia obligada de lo que significa ser un buen hombre, un buen ciudadano, un buen candidato y un buen servidor público.

Es de extrañarse a personas como el Doctor, especialmente en estos días de candidatos y de elecciones. Se le extraña porque a Nava no le movía el afán por hacerse del poder público para degustarlo y ejercerlo a su capricho. Se le extraña porque el Nava candidato quería un gobierno electo y dirigido por el pueblo, no un gobierno de facciones y cúpulas políticas económicas, de élites partidistas.

Hoy en el veintitrés aniversario de la muerte del fundador del Frente Cívico Potosino nos damos cuenta de que los candidatos a gobernador, a presidentes municipales, a diputados están muy lejos de tener la personalidad y bondad para servir a la sociedad, eso no es lo de ellos.

Los suyo, a diferencia de Nava, es el engaño, la insidia, la demagogia, la farsa, la mentira, la simulación, la complicidad, la corrupción, el conflicto de intereses, la manipulación.

Ese es el decálogo de los políticos, partidos y candidatos en este proceso electoral 2015 y lo están siguiendo con puntualidad.

Cuando no existía ley de transparencia alguna y el derecho de acceso a la información era un imposible, Salvador Nava como presidente municipal de San Luis Potosí publicó en la prensa escrita los estados financieros mensuales del ayuntamiento. Nunca nadie había hecho eso.

 Hoy, los candidatos a gobernador se tardaron más de dos meses para hacer pública su declaración patrimonial. Solamente Sonia Mendoza la hizo pública, Juan Manuel Carreras la presentó ante Notario, lo que es lo mismo a nada.

Salvador Nava ponía por encima de todo a la dignidad, la dignidad de la gente, esa que los candidatos en turno pisan a diario con regalos, dádivas y promesas de cargos en el gobierno.

Los candidatos y partidos, hoy, no respetan la dignidad de la persona: la compran.

Veintitrés años después, vale la pena recordar a Juan Manuel Carreras López que tras la muerte del Doctor, el PRI el entonces gobernador interino, Gonzalo Martínez Corbalá intentó su reelección. El navismo no se lo permitió al interino que entre sus protegidos, tenía a Carreras, político que desde entonces ha vivido del presupuesto.

La política actual, el escenario político nacional y local requieren de mexicanos a altura como Salvador Nava. El país y nuestro estado enfrentan una crisis de credibilidad y desconfianza en las instituciones. Ya nadie les cree a los políticos ni a sus gobiernos.

Ese descrédito no surgió de manera espontánea sino que ha emergido con la indignación natural de ciudadanos hartos de las desvergüenzas de quienes dicen que gobiernan al país y al estado.

Desde la muerte del Doctor, los potosinos hemos sido testigos de lo más nauseabundo de la política. Su yerno, Horacio Sánchez Unzueta fue candidato del PRI y luego gobernador del estado y desde entonces se inició una cadena de gobiernos corruptos e irresponsables que han hecho con la sociedad y el erario lo que han querido.

 Teófilo Torres Corzo y su maletín de dinero para repartir a cambio de un saludo de mano, Gonzalo Martínez Corbalá y sus tentaciones reeleccionistas y su gobierno de corrupción, Fernando Silva Nieto y los invernaderos de Santa Rita y las súper carreteras donde los suyos amasaron fortunas. Marcelo de los Santos y la deuda pública, el derroche, el exceso por encima de todo y, Fernando Toranzo, el de la mediocridad y la corrupción rampante.

Mal le ha ido desde entonces a San Luis Potosí. Desde la muerte de Nava no ha surgido político alguno que siga su ejemplo. Será por eso que ningún candidato en los últimos 24 años, ha tenido el arrastre que tuvo Nava. Llenaba las plazas sin acarreados, sin despensas ni dinero.

Hoy en su veintitrés aniversario es necesario reflexionar respecto de la clase política que nos gobierna: la partidocracia. Esa que se reparte el poder cada tres y seis años, nunca hay derrotados, a todos les toca algo y lo saben aprovechar.