Astrolabio

Antonio González Vázquez

En San Luis Potosí la miseria es atemporal.

La pobreza está fija en la imagen de la humilde mujer sentada junto a la cocina de barro, donde calienta los frijoles con un fuego de leña.

La pobreza de muchos es la riqueza de la minoría; unos viven en la desesperanza por no tener nada y otros, viven en la dicha que da tener todo, o casi todo.

La marginación se ha desbordado tumultuosa sobre cientos de miles de potosinos y potosinas que desconocen vivir en el bienestar. La pobreza se inmoviliza en miles de hogares donde se nace y se muere pobre.

En San Luis Potosí habita la pobreza; desde años inmemoriales llegó para quedarse. Se la encuentra en comunidades y colonias, en áreas urbanas y rurales. Está por doquier.

Su presencia es gigantesca, aunque se le quiera esconder es imposible; como al sol, no se le puede tapar con un dedo.

La pobreza es materia fértil en las admoniciones de campaña; los gobernantes ondean la bandera del combate de la pobreza y proponen soluciones que luego se convierten en fracaso.

Es la imagen de la desolación: un joven astroso toca la puerta de la casa y al abrirla, se ofrece a barrer o lavar el auto; no pide limosna, solo quiere ganarse un peso para un taco.

Ese es uno de los rostros de la pobreza y le llaman pobreza alimentaria, la de quienes no tienen ingreso ni siquiera para comer.

La pobreza es entonces parte de la existencia de una porción importante de la población, es algo de lo que no se puede despojar por simple voluntad; lo único perdurable para millares en la entidad es la marginación.

Un millón 214 mil potosinas y potosinos de todas las edades viven en la pobreza, reportó el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval).

Hay tal mezquindad en las instituciones públicas y en la sociedad, que la pobreza existe únicamente cuando se convierte en noticia.

Cada dos años, el Coneval reporta las estadísticas sobre la pobreza en el país y por entidad federativa. Son informes preeliminares, los estudios y resultados completos se hacían por sexenio y ahora, cada cuatro años.

Con esa temporalidad se conocen las estadísticas “oficiales” y aunque existen otros instrumentos de medición, los del Coneval son los más confiables.

La pobreza forma parte de la vida cotidiana, pero no se le quiere ver; despierta la atención cuando las estadísticas se publican en los diarios a ocho columnas, aunque de inmediato, quienes gobiernan, sean del partido político que sean, salen a justificar sus inverosímiles razones del hecho de que la pobreza, en lugar de disminuir, aumenta.

En San Luis Potosí había hasta el año 2020 (probablemente de enero a agosto de 2021 esa cantidad ya aumentó) 250 mil 600 personas en condición de extrema pobreza, 60 mil más de las que había en 2018.

¿Por qué?

El desarrollo económico en la entidad se mantiene como siempre, profundamente desigual y con ello, se expande la desigualdad; la brecha social se hace más grande hasta borrar cualquier vestigio de esperanza.

Las políticas públicas, diseñadas como estrategia a futuro de las ambiciones políticas, resultan útiles solo para la propaganda, para vestir de estadista al gobernante en turno que se muestra como sensible a las necesidades de su pueblo.

Impulsan programas asistencialistas que atenúan y no resuelven el problema, operan planes sexenales en los que se ceba la corrupción, designan y ejercen presupuestos millonarios que se aplican en la opacidad.

No hay gobernador o alcalde que no diga que primero son los pobres, los que no tienen nada, los que menos tienen y los olvidados. Para eso están las despensas mensuales o las cobijas cuando hace frío.

La zona centro del estado acapara el 75 por ciento de los trabajadores asegurados permanentes del Seguro Social y produce más del 80 por ciento del Producto Interno Bruto de la entidad.

Las regiones Altiplano, Media y Huasteca apenas tienen para sobrevivir gracias a las remesas y a las actividades primarias.

El 44.9 por ciento de la población tiene ingreso laboral insuficiente para adquirir la canasta básica. Es decir, no tienen dinero para comer suficiente; pasan hambre cada día de su vida.

El 52 por ciento de la población económicamente activa labora en la informalidad, así que no tienen ingreso seguro y carecen de prestaciones sociales y no tienen asistencia médica.

La prometida prosperidad de Juan Manuel Carreras no se hizo realidad; falló en el combate a la pobreza, las estadísticas son incontestables y lo colocan como incompetente e ineficiente.

El saldo de su gobierno en el sensible tema social, es negativo. Se trata de una administración fallida, vencida por su incapacidad para enfrentar y resolver la principal problemática del estado: su proverbial pobreza.

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