Antonio González Vázquez

Para las elecciones de 2015, el Partido Revolucionario Institucional era un hervidero de potenciales candidatos a la gubernatura. Era tal el ánimo triunfalista a la mitad del sexenio de Enrique Peña Nieto, que los priístas potosinos hasta hicieron pasarela de aspirantes. Aun presumían el poder de su maquinaria electoral.

Hoy, en el año previo a los comicios del 2021, el PRI es un páramo gris donde nadie se asoma, nadie da la cara, nadie se pronuncia; no hay nada, es el vacío lo que queda del otrora partido de las mayorías.

El PRI en San Luis Potosí es gobierno pero no lo parece, es un partido a la deriva, desarticulado y sin liderazgo.

Para las elecciones del 2015, el PRI tenía hasta una decena de figuras promovían abiertamente sus aspiraciones. Era tal el fervor que para evitar rupturas, todos comparecieron ante el Comité Ejecutivo Nacional para dar cuenta de sus proyectos.

Al final el PRI se decantó por Juan Manuel Carreras López, entonces secretario de Educación de Gobierno del Estado y que además era la ficha que movía el gobernador Fernando Toranzo Fernández.

Esos comicios de 2015 fueron los últimos en los que el PRI saldría como favorito, pues ya para 2018, el tricolor fue barrido y echado ignominiosamente de la presidencia de la república y pasó a ser lo que es hoy: un partido marginal.

Ahora que de los tiempos del carro completo sólo quedan cenizas, no hay quien le entre a la fiesta que ya se armó en otros partidos políticos donde la candidatura parece ser una joya preciada que creen esta al alcance de la mano.

El silencio sepulcral en el PRI habla por si solo del temor imperante acerca de una derrota vergonzante.

Tímidamente y como por no dejar, se han mencionado algunos nombres de potenciales candidatos, de entre los cuales únicamente destaca el secretario de Desarrollo Económico, Gustavo Puente Orozco. No es que tenga el mejor de los perfiles, lo que pasa es que no hay más.

Nadie tomaría en serio perfiles de otros colaboradores del gobernador, como sería Joel Ramírez Díaz o Daniel Pedroza Gaytán. Mucho menos, cartuchos quemados como José Luis Ugalde Montes, Carlos Jiménez Macías o Juan Carlos Machinena.

El titular de Desarrollo Económico sería la apuesta del gobernador Carreras López en la intención de competir con cierta dignidad, pues se daría como un hecho el apoyo de la clase empresarial, misma que, bien visto, preferiría estar de lado del PAN.

En el PRI no sólo hay inmovilismo sino también una enorme desazón porque tienen claro que el gobierno de Juan Manuel Carreras López ha sido tan gris, que saben que en vez de darle votos al partido se los va a quitar.

De hecho, los priístas son los que acuñaron la anquilosada frase de que los buenos gobiernos le dan votos al partido y que luego entonces, los malos gobiernos se los quitan.

Puestos en esa lógica, el gobierno de Carreras ha sido tan mediocre como lo fue el de Toranzo, de modo que todo jugará en contra de quien se aventure a ser candidato del Revolucionario Institucional.

En estos días de epidemia, el gobernador avanza en la integración de su quinto informe de gobierno. Se sabe que en su elaboración hay un avance del 50 por ciento, lo que es indicativo de que están a punto de concluirlo; hay tan poca cosa que informar que sorprende que no lo hayan concluido ya.

Ese informe a presentarse durante la última semana de septiembre marcará el inicio del ocaso del sexenio de Carreras, cuya administración decididamente no le traerá bonos electorales a su partido.

Desde que arrancó su gobierno se apoderó del PRI y ahí están las consecuencias, un partido con un futuro incierto y con limitados cuadros como para proponerse llegar a ser competitivo.

Envió al PRI a su ex oficial mayor, Elías Pesina, que antes fue su mano derecha en la Secretaría de Educación y luego una de las cabezas de la campaña. Su encargo era mantener al partido en unidad y proyectarlo a un escenario de competencia, pero ya sabemos lo que pasó en el 2018. En San Luis Potosí el PRI lo perdió casi todo.

Perdió la elección presidencial, las senadurías y la mayoría de diputaciones locales y federales, además de los principales municipios de la entidad, de modo que es apenas un partido chico, en el poder, sí, pero con una fuerza microscópica.

Si Carreras se hubiera propuesto eliminar al PRI como fuerza política electoral, en los hechos lo está logrando.

No hay grupos fuertes que se le opongan al interior del partido, salvo el que encabeza Pablo Valladares, quien con toda certeza se encargará de lograr algunas candidaturas viables para sus allegados, pero hasta ahí.

Los llamados sectores del partido donde se concentran sus fuerzas vivas ya no tienen capacidad para una operación política de relevancia, sus organizaciones son mera fachada y sus militantes y liderazgos siempre se han movido de acuerdo a su conveniencia.

No resulta descabellada la idea de que Carreras estará entregando el gobierno a un candidato o candidata de la oposición, ya sea de Morena o del PAN. A menos de que el gobernador sorprenda al mundo entero y muestre que aunque no lo parezca, sí tiene madera de jefe nato de partido.

Pero al día de hoy, en el PRI no sólo hay una “caballada muy flaca” sino también ausencia de rumbo y lo peor, sin timonel.