Carlos Rubio

El 6 de junio de 2014 la vida de Luis cambió para siempre. Cuando apenas tenía 13 años sufrió un accidente en el Parque Acuático Tangamanga Splash, el cual lo confinó a una cama, una silla de ruedas y a depender totalmente de su madre para realizar cualquier tarea diaria. Su caso no está cerrado. Cinco años después, aún no existe una resolución que le repare completamente el daño ocasionado a su familia y las autoridades no dan señales de que esto pueda ocurrir pronto. 

El accidente de Luis

Luis asistía a la escuela secundaria Francisco González Bocanegra, donde se gestionó una salida al parque acuático Splash con motivo del Día del Estudiante. Acudirían 500 alumnos pertenecientes a los turnos matutino y vespertino. Fue un viernes por la mañana cuando Luis se despidió de su madre y ella lo vio caminar por última vez hacia la puerta del instituto. 

Aproximadamente a las 9:30 de la mañana los camiones partieron rumbo al Splash; una hora después las alarmas se encendían y el temor se esparcía por las albercas del balneario. Nadie sabía con certeza lo que ocurría: había dos niños cayendo hacia el fondo de una alberca. Uno de ellos fue rescatado a tiempo, el otro permaneció durante 18 minutos en el agua, sin oxígeno; él era Luis.

Óscar, alumno de la secundaria Jaime Torres Bodet en el 2014 y testigo del accidente, relató para Astrolabio Diario Digital lo acontecido ese día.

Según su testimonio, él se encontraba en el Splash con sus amigos y todo transcurría con normalidad, hasta que vieron gente aglomerarse y a una persona identificada con una playera que decía “salvavidas” acercando al agua una red para limpiar albercas, por lo que pensaron que se había ido una pelota y decidieron ir a ayudar. Al acercarse a la orilla se sorprendieron al ver que había un muchacho en el agua desesperado por no ahogarse. 

“El salvavidas le estaba dando el palo para que lo agarrara (…) en ese momento mi amigo y yo nos aventamos (…) Lo sacamos y pues el chavo estaba estable (…) Pasaron como cinco minutos y se acerca una chava y me dice: ‘Es que eran dos’”. 

Óscar se sumergió en el agua junto con su amigo en la búsqueda de Luis. Lo vieron, se encontraba inconsciente en el fondo y fueron por él. “Lo sacamos y en la orilla de la alberca empecé a darle RCP, le decía a mi amigo ‘ayúdame tú’ porque me cansaba (…) recuerdo que este Luis sólo soltaba agua y agua, y no volvía en sí”.

“Ese día estábamos, imagínate, era la Torres, era la Graciano, era la González Bocanegra y había un kínder en la zona de chapoteaderos (…) Había unos mil 100, aproximadamente, era un mundo de gente”. 

Óscar le dio los primeros auxilios a Luis, al no encontrarse presente ningún paramédico ni ambulancia. En su versión de los hechos, sí había un salvavidas presente, sin embargo careció de preparación para enfrentar la situación y después de verlo acercando una red para intentar salvar al primer muchacho, no volvieron a saber de él. 

“Ningún salvavidas con práctica o con la capacitación que tenga te va a dar un palo para que te salgas. Yo he visto que los salvavidas, ya sea un metro de profundidad o lo que tú quieras, se avientan y van por ti”.

Aproximadamente 15 minutos después, cuando llegó la ambulancia, los dos niños fueron trasladados al Hospital Central Dr. Ignacio Morones Prieto; Luis presentaba signos vitales muy débiles. Mientras tanto, directivos y maestros de la escuela ya tocaban a la puerta de la casa de la madre de Luis, quien estaba por recibir la peor noticia de su vida. 

La versión oficial del accidente señala que los dos niños se encontraban dentro de la alberca jugando “caballazos”. Luis tenía cargado sobre sus hombros a su compañero, ambos se hundieron repentinamente y Luis quedó inconsciente, incapaz de nadar hacia la superficie. 

Las negligencias del Parque Tangamanga

En primera instancia, la escuela González Bocanegra acordó con el balneario que sus alumnos serían los únicos que ocuparían las instalaciones, sin embargo después el Splash pidió autorización al director para que pudieran asistir una o dos escuelas más. 

La madre de Luis formaba parte de la Sociedad de Alumnos y, según comenta, el contrato que se firmó con el Parque Acuático Splash ofrecía los servicios de salvavidas, enfermería y ambulancia, de los cuales ninguno existió al momento del accidente. 

Aunque todos los alumnos de la escuela acudieron al paseo, no se contaba con la plantilla de maestros completa para su cuidado, ya que ese mismo día se llevaría a cabo el examen de ingreso a la institución, por lo que hacía falta personal para estar al cuidado de los niños.

Según el acta circunstanciada de hechos, quienes en ese momento se desempeñaban como profesores de la escuela Francisco González Bocanegra, declararon lo siguiente: 

Ma. del Rosario Hernández Cárdenas relató que “nos ofrecían albercas de olas, albercas gemelas y toboganes, así como un capacitado equipo de salvavidas al pie de la alberca, vigilancia y ambulancia con personal paramédico (…) al entrar me percaté que era un gran número de alumnos que había de distintas instituciones educativas”.

En la declaración de Violeta Vidales Martínez se puede leer: “Comencé a gritar dónde están los paramédicos, la ambulancia, alguien que atienda al niño y no había nadie en el balneario que pudiera asistir al alumno, ni salvavidas ni personal paramédico”.

Carlos Alberto Vázquez Martínez declaró: “Me di cuenta de que no había salvavidas ni paramédicos, no había equipo de rescate, mucho menos personal capacitado para este tipo de contingencias (…) al finalizar analicé que estaba la Esc. Sec. Torres Bodet, la Graciano Sánchez, González Bocanegra, dentro de dicho balneario, lo cual a su vez no tenían ninguna medida de seguridad para la cantidad de alumnos”.

Los testimonios de Óscar y los maestros confirman que en el lugar se encontraban al menos tres secundarias: Francisco González Bocanegra, Graciano Sánchez Romo y Jaime Torres Bodet, las cuales sumaban más de mil personas utilizando el balneario, con sólo un salvavidas presente, rebasado por la situación. 

El inicio de una nueva vida 

Luego de ser llevado al hospital, Luis libró una batalla entre la vida y la muerte. Una vez que fue estabilizado en el área de choque, permaneció en terapia intensiva y un médico le sugirió a su madre llamar a sus familiares para despedirse de él porque era probable que no pasara la noche. Así ocurrió, la madre de Luis llamó a sus familiares y amigos más cercanos para que fueran a decirle adiós a su hijo. 

Afortunadamente, al siguiente día Luis seguía con vida, pero apenas era el inicio de un complicado camino que él y su madre debían atravesar. “En el transcurso del día, empezó a tener falla renal, se empezaron a complicar las cosas debido a la falta de oxígeno que él había tenido estando dentro de la alberca”. También sufrió de convulsiones, lo que obligó a los médicos a mantenerlo sedado para poder tratar la nueva complicación. 

Salió del hospital en diciembre de 2014, seis meses pasaron desde el accidente. Su diagnóstico médico es encefalopatía hipóxico isquémica por casi ahogamiento.

“El niño que yo dejé en la puerta de la escuela, él ya no existe, ese niño falleció desde el momento en que le faltó oxígeno en su cabeza y ahora tengo otro. Tengo un niño, físicamente es el mismo, pero intelectualmente ya no, Luis tiene catalogada una edad de aproximadamente cuatro años; esa es la edad cronológica que se le calcula, derivado del daño que él tiene”.

Su madre pasó dos años cuidándolo sola, hasta que por recomendaciones de especialistas y la necesidad de descansar un poco más, decidió contratar enfermeras que le apoyaran durante el día y la noche. 

Los días de Luis transcurren en un cuarto que se asimila mucho al de un hospital; el aroma es prácticamente el mismo. Tiene una camilla en la que yace la mayor parte del día y a su lado un sillón. Por una ventana entran las primeras líneas del sol de la mañana, por su puerta entran su madre y las enfermeras, su verdadera iluminación. En sus estantes no hay juguetes y de sus paredes tampoco cuelgan las fotos de sus ídolos; en cambio, hay cajas de medicamentos y material de curación. Cuando todo está en silencio, el sonar de su máquina de respiración envuelve la habitación. Aun en ese entorno, su madre siempre entra feliz a verlo y no permite que el ambiente se vuelva melancólico. El ánimo es vital para Luis, quien puede ver, escuchar y recibir el sentir de quienes lo rodean.

Diariamente necesita de pañales, diferentes medicamentos y abundante material de curación. También necesita de una comida especial que lo mantenga saludable y permanece conectado a una máquina de respiración, la cual consume demasiada electricidad.

Luis sufre recaídas, su condición no es estable. Nadie sabe cuándo presentará una crisis y deberá ser llevado de urgencia al hospital. En diciembre del año pasado, en un día común, a Luis le colapsó la tráquea. “Así como estamos ahorita platicando, de repente lo empezamos a oír toser, nos paramos la enfermera y yo, y ya estaba morado, ya no podía respirar”.

Se le tuvo que realizar una traqueostomía y permaneció un mes hospitalizado. Después de este suceso, los gastos aumentaron y los cuidados son más delicados. 

Como parte de su rehabilitación necesita de terapia del lenguaje, ocupacional, física y psicológica. Además de diferentes doctores como un neurólogo, un internista, un neumólogo, un otorrino, un gastroenterólogo y un dentista. 

El “apoyo” por parte del Parque Tangamanga y las autoridades

Desde el momento en el que Luis ingresó al hospital, su madre dejó de trabajar para estar todo el día con él, por lo que sus ingresos desaparecieron. Al principio las autoridades del Parque Tangamanga la apoyaron con lo que el hospital solicitaba para mantenerlo en las mejores condiciones posibles, pero la situación fue cambiando. 

“Llegó un momento en que ya no había tal comunicación, se empezaron a olvidar de mí ahí en el hospital y ya tuve que empezar a tocar puertas, a ver quién nos podía ayudar. El gobernador (Fernando Toranzo) estuvo visitando a Luis ahí en el hospital”.

Cabe destacar que el accidente ocurrió mientras Juan Manuel Carreras López, actual gobernador del Estado, era secretario de Educación Pública en San Luis Potosí (SLP), quien, según la madre de Luis, nunca la recibió para tratar el asunto. 

Fernando Toranzo, en ese entonces gobernador de SLP, presentó a la madre de Luis con Martha Orta Rodríguez, quien presidía el Centro de Atención a Víctimas del Delito (Cavid), hoy Comisión Ejecutiva Estatal de Atención a Víctimas (CEEAV). “Fue ahí donde empezó todo el duro andar con el Cavid, ahora Comisión de Víctimas”. 

En mayo de 2015, luego de varias reuniones entre la madre de Luis y las autoridades correspondientes, se firmó una minuta con la que se pretendía reparar el daño a la familia. En dicho documento se establecían varios compromisos y se enumeraban diversos apoyos otorgados, algunos de ellos momentáneos. 

Con el compromiso número dos se intentaba “reparar el daño” ocasionado. Se le otorgó una plaza nivel cinco de base en el Centro Cultural y Recreativo Tangamanga (Cecurt), con la que se planteaba que ella podría “proveer al menor Luis, de las necesidades propias de una jefa de familia y por consiguiente contar con todas las prestaciones de ley”. 

En la minuta intervinieron personas como Antonio Esper Bujaidar, director del Cecurt; Vito Lucas Gómez Hernández, secretario de Educación Pública; Martha Elva Zúñiga Barragán, quien era oficial mayor de Gobierno del Estado; Julieta Méndez Salas, en ese entonces directora del Cavid, y Jorge Vega Arroyo, quien presidía la Comisión Estatal de Derechos Humanos y hoy está a cargo de la CEEAV. 

Al principio el acuerdo funcionó y el “hueco” fue tapado por parte de las autoridades, no obstante, como ya se mencionó, la salud de Luis no es estable, las recaídas intensifican la necesidad de cuidados, que al mismo tiempo derivan en un incremento de gastos. 

La imposibilidad de solventar todos los gastos 

La CEEAV proveía de medicamentos y material de curación necesario para Luis, apoyo que su madre califica como “muy considerable”, pero esta ayuda disminuyó en octubre del año pasado con el pretexto de la llegada del nuevo gobierno, por lo que ahora sólo se le otorgan dos medicamentos que en ocasiones son insuficientes. 

“Dijeron que estaba llegando la gente del nuevo gobierno, los nuevos equipos de trabajo del señor López Obrador, que los estaban auditando y que estaban ayudándole a Luis más de lo que su reglamento les tenía permitido”. 

La madre de Luis recibe un sueldo quincenal por parte del Parque Tangamanga, pero este es variable, puede recibir de ocho mil hasta 13 mil pesos. En las mejores circunstancias, al mes puede gozar de 26 mil pesos, pero sus gastos mensuales ascienden a más de 60 mil pesos. Como consecuencia se ve obligada a pedir préstamos ya que no puede ponerle pausa a la salud de su hijo al no contar con dinero suficiente. 

Por esta razón, el 25 de mayo del 2018, la madre de Luis envió una carta dirigida al Consejo de Administración del Cecult, donde pide una revisión de la minuta, presentando una relación de lo que gana al mes y lo que gasta. Hasta el día de hoy no ha habido respuesta y esa minuta sigue siendo la forma en que las autoridades calmaron los ánimos y la desesperación de una madre por atender la salud de su hijo. “Yo nunca me sentí segura al firmar esa minuta”.

Derivado de una queja, en septiembre de 2015, la Comisión Estatal de Derechos Humanos emitió la recomendación 30/2015 dirigida a Antonio Esper Bujaidar, director del Centro de Cultura y Recreación Tangamanga (Cecult). 

En la recomendación se detalla que “se observó que se vulneraron en agravio de V1 (Luis), sus derechos humanos a la vida, a la seguridad e integridad personal, y legalidad y seguridad jurídica, por las omisiones en las que incurrió el personal de Centro Recreativo y Cultural Parque Tangamanga”. 

La primera de las recomendaciones establece que deben realizarse “acciones efectivas a efecto de garantizar el pago de la reparación del daño a V1 (Luis), o de sus familiares, que incluya el tratamiento médico o terapéutico que requiera”. Cuatro años después de emitida la recomendación, aún no se ha reparado el daño. 

Dicha recomendación fue firmada por Jorge Vega Arroyo, mismo que hoy preside la CEEAV, encargada de repararle el daño a Luis. 

La versión de la CEEAV

Se cuestionó a Jorge Vega, comisionado de la CEEAV, acerca de las razones por las que, cinco años después del accidente, aún no se le ha reparado el daño ocasionado a la familia, por lo que reconoció que es un asunto pendiente y ha habido peticiones por parte de la madre para la revisión de la minuta firmada en el 2015, sin embargo no explicó por qué no se han atendido dichas peticiones.

–¿Darle una plaza fue la forma correcta de otorgarle el apoyo que necesitaba?

–Mira, es que yo no puedo ya juzgar el acuerdo de 2015, ni me encontraba…

–Usted estaba en la Comisión de Derechos Humanos.

–Sí, eso es cierto, estuve, sin embargo el acuerdo fue de autoridad con ella y a nosotros nos invitaron como observadores en aquel momento. 

Acerca de por qué el apoyo por parte de la CEEAV hacia Luis disminuyó el año pasado con la justificación de la llegada de López Obrador, Vega Arroyo comentó que no pueden echarle la culpa al Gobierno y habría que revisar las cuestiones relacionadas con los seguros con los que cuenta la madre. 

“No tiene nada que ver con los gobiernos ni nosotros, se lo hemos manifestado, normalmente nosotros lo hacemos por escrito y nosotros, yo en lo personal, no avalaría un comentario de esa naturaleza”.

De igual forma, externó que el propósito es mantener atención en la evolución y estado de salud de Luis. Se dijo en la mejor disposición de apoyarlo a él y a su madre. 

El caso de Luis deja muchas incógnitas, la primera de ellas sería: quién fue aquella persona que fungía como salvavidas aquel 6 de junio de 2014 en el Splash, y que, dado el testimonio de un testigo, sus capacidades se vieron ampliamente rebasadas para realizar su trabajo. Nadie habló de él ni de por qué se encontraba trabajando ahí.

El Parque Acuático Splash incurrió en una negligencia al no contar con los servicios de emergencia pertinentes y las autoridades estuvieron conscientes de ello, por eso es que se han hecho cargo –a medias– de los gastos de Luis, pero no es suficiente, el daño debe repararse íntegramente y no sólo con el afán de calmar los ánimos. La firma de esa minuta fue un escape forzado sin un análisis a futuro. De haber tenido la intención de reparar completamente el daño, se habría hecho desde el principio y hoy la madre de Luis no tendría que preocuparse por saldar deudas que se ha visto forzada a adquirir. 

La imagen de Luis a los 13 años risueño, bromista y juguetón, quedó guardada entre los más preciados recuerdos de su madre. Hoy, 1 de noviembre, Luis cumple 19 años, pero su mente ha retrocedido hasta los cuatro. Es un cumpleaños más que debe pasar en una cama; un año más siendo otra persona. Ahora carga con una cicatriz interna que lo mantiene inmerso en una completa calma, en un sueño etéreo. 

–¿Cómo siente que está Luis por dentro?

–Atrapado en este capullo, así es como lo siento yo; como si fuera una oruga, atrapada en el capullo que todavía no alcanza a formarse bien como mariposa y ahí está revoloteando porque no sabe cómo volar ni sabe tampoco cómo expresarse.