Arriesgadas, experimentales, sorprendentes, complicadas, tremendas, innovadoras. Así son, en palabras del editor Joaquín Díez-Canedo Flores, las novelas Beber un cáliz, de Ricardo Garibay (1923-1999); Farabeuf o la crónica de un instante, de Salvador Elizondo (1932-2006); Estudio Q, de Vicente Leñero (1933-2014), y Gazapo, de Gustavo Sainz (1940-2015).

Todas cincuentenarias, pues la editorial Joaquín Mortiz las publicó por primera vez en 1965 como parte de su famosa Serie del Volador, estas novelas evidenciaron “la madurez y la eclosión de una generación de escritores que no se veían, que aún no tenían lugar”, afirma en entrevista Díez-Canedo Flores.

El hijo de Joaquín Díez-Canedo Manteca (1917-1999), fundador en 1962 del legendario sello Joaquín Mortiz, destaca la acertada visión literaria de su padre al abrir las puertas de su catálogo a estas piezas que se han convertido ya en clásicos de las letras mexicanas.

Quien también dirigió la editorial Joaquín Mortiz durante siete años, de 1987 a 1993, periodo en que convivió con los cuatro autores mencionados, encuentra que estas obras tienen como denominador común la influencia del movimiento literario Nouveau roman (nueva novela), que tuvo lugar en Francia entre 1950 y 1960 y que introdujeron a México los editores Víctor Seix y Carlos Barral, accionistas del sello.

El Nouveau roman cuestionó la estructura de la novela tradicional decimonónica, es decir, el contar una historia con un inicio, un desarrollo y un desenlace, y apostó por un planteamiento novedoso en cuanto a la forma de narrar y por una literatura más introspectiva, en la que no se admite la descripción de los personajes, sino la exploración de flujos de conciencia. Algunas de estas propuestas fueron retomadas y enriquecidas por Garibay (42 años de edad), Elizondo (33 años), Leñero (32 años) y Sainz (25 años) para dar vida, en la mayoría de los casos, a su novela cumbre.

“Fue una aventura que emprendieron juntos, editor y autores, pues mi papá tenía 45 años cuando empezó Joaquín Mortiz. Siempre tuvo una buena relación con ellos, pues todavía no nacía el súper estrellato de los escritores, que se consolidó en los años 70.

“Claro que siempre surgen problemas alrededor de la cuestión de por qué unos libros tienen éxito y otros no, de quién es la culpa, si te pagan oportunamente como autor o no. Pero ellos estaban contentos de formar parte de la colección”, explica.

Recuerda que los escritores iban a ver a don Joaquín Díez-Canedo a las oficinas de la editorial, ubicadas en la esquina de Mérida y Tabasco, en la colonia Roma. Todos debían atravesar, empujándola, “la puerta de cantina, un poco dura” que franqueaba el acceso a su despacho.

“Beber un cáliz es una gran novela sobre el padre, escrita con mucha contundencia, muy escueta, nada amable, muy tremenda. Es redonda y está bien hecha. Creo que a Ricardo siempre se le regateó un poco el considerarlo gran escritor, por su carácter, porque era un personaje quizá un poco plebeyo, para otro tipo de escritores. Pero su obra tiene una gran calidad”, agrega.

Díez-Canedo Flores confiesa que Elizondo era uno de los autores predilectos de su padre. “Paulina Lavista, la viuda de Salvador, me comentó que el subtítulo de Crónica de un instante se lo puso mi papá. Es una novela ardua, complicada, difícil de leer, cuenta las cosas de una manera que nadie las había contado”.

El editor segura que, cuando dirigió Joaquín Mortiz rescató Estudio Q, de Leñero. “Quisimos recuperar del catálogo las obras que tenían poco movimiento, quisimos relanzarlas, pero no fue exitoso. Es una novela que no entiendo por qué no llamó más la atención, pues es muy interesante”.

Y, finalmente, evoca que Gazapo colocó a Sainz, de manera inmediata, en un buen lugar dentro de las letras mexicanas. “Es una obra solvente. Son historias de jóvenes contadas por ellos mismos. Gustó mucho. Recuerdo que a Gustavo le encantaba cambiar la portada y las ilustraciones de cada nueva edición. Y sabía promoverla bien”.

Díez-Canedo Flores sugiere a los jóvenes actuales que redescubran estos cuatro universos literarios, “todos singulares”.

Beber un cáliz

Escribir, acto contra el olvido

“Es la novela más conocida de Garibay y considero que la mejor”, afirma Jorge Gutiérrez Martínez. “Es diferente porque anuncia un tema que después abandonó: la fe”.

Quien realizó sobre esta novela su tesis de maestría en Letras Mexicanas en la UNAM considera que, “como toda gran obra que aborda el tema de la muerte, ésta es un acto de resistencia contra el olvido.

“Testimoniar por los muertos constituye una forma de trascender a la muerte. Narrar la muerte en primera persona es imposible. La muerte es una pregunta para la que no hay respuesta. Nadie puede hablar de su propia muerte”, comenta en entrevista.

Gutiérrez agrega que “Garibay nos hace ver que narrar la muerte, como sobreviviente, no es un acto para recuperar el pasado, sino una oportunidad para que todos los que hemos sobrevivido la muerte de un ser amado aprendamos a continuar viviendo.

“Se trata de una novela autobiográfica, narrada en primera persona, en la que el personaje principal es el autor-protagonista. Cuenta un hecho real. Está escrita a modo de diario, va dando cuenta de la progresión del cáncer que padece su padre”, añade.

También destaca que, en la sección del libro que Garibay nombra “Materia”, “encontramos al narrador escribiendo a los pies de la cama donde agoniza su padre y confiesa que por una ‘curiosidad literaria y vengativa’ le pregunta si está sufriendo.

“El proceso de escritura se dio en el momento mismo de la agonía, aunque la novela se publicara tres años después de la muerte de su padre, sucedida en 1962, tiempo en el que la trabajó hasta dejarla como la conocemos”, indica.

Por estas razones, para el profesor universitario Beber un cáliz perdurará, “pues ya es un clásico de nuestras letras. Es necesario leerla como mínimo homenaje a su autor. Urge promover la literatura entre los jóvenes, que tan pocas oportunidades tienen de acercarse a la cultura.

“He sido formador de jóvenes y, cuando me encuentro con alguno que tiene problemas con sus padres, le recomiendo leer el libro. He visto cómo esta novela ha ayudado a encontrar un sentido a esos problemas”, dice.

Gutiérrez piensa que “sería encomiable” publicar una edición conmemorativa de esta novela y distribuirla “en las escuelas, centros de cultura e incluso en las calles”.

Estudio Q

Una gran obra incomprendida

A 50 años de su aparición, esta novela permanece como una de las obras más audaces de Leñero, “por su voluntad exploratoria de las posibilidades de la literatura, entre ellas como parodia o crítica de la realidad y de sí misma”, señala Vicente Quirarte.

En esta historia, un personaje de telenovela se rebela, se opone a verse constreñido a las limitaciones del texto que le da existencia y de la producción que lo visibiliza, y Leñero “sigue sus peripecias en una indagación premonitoria acerca del libre albedrío y la creciente importancia de los medios”.

Estudio Q anuncia algunos de los temas clave del dramaturgo y periodista: la libertad individual frente al destino, las historias colectivas y las filtraciones entre la ficción y la vida.

Sin embargo, a Leñero nunca le terminó de convencer su tercera novela, escrita después de La voz adolorida (1961) y Los albañiles (1964). El escritor e investigador Alejandro Toledo recuerda lo que le dijo el autor sobre ella:

“Después vino Estudio Q, que me arrepiento de haberla escrito así. Pude escribir una novela sobre la televisión mucho más rica, la había vivido, pues la había sufrido, y renuncié al ambiente por un juego formal… Cuando iba como a la mitad de la novela, me puse a ironizar sobre lo que estaba escribiendo. Me sentí enredado con los juegos formales…

“Cuando terminé la novela me dije: ‘Esto es una madre’. Sentí algo terrible en esa última lectura del original. Debía llevársela al día siguiente a Joaquín Díez-Canedo, para Joaquín Mortiz (la editorial). Desde entonces tuve una especie de desapego por ese vicio formal, aunque lo seguí practicando en El garabato o en Redil de ovejas… Eso me entrampó. Nunca pude romper. Y me conduelo de ese camino andado: no me gustan los juegos de El garabato, no me gusta Estudio Q”, afirmaba tajante el también académico de la lengua.

Sin embargo, el editor Joaquín Díez-Canedo Flores, hijo del fundador de Joaquín Mortiz, destaca que, pese a ser una de las obras menos leídas de Leñero, “es la más audaz, la más innovadora” y una de las primeras en evocar el mundo de la televisión, cuando este medio aún era nuevo para los espectadores mexicanos.

Estudio Q acaba de ser relanzada por el sello Planeta, junto con otros cinco títulos del narrador fallecido en diciembre pasado, por lo que nuevos lectores tendrán oportunidad de redescubrirla y revalorarla.

Farabeuf

Libertad de escritura

Farabeuf es un parteaguas en la historia de la literatura mexicana, comenta el escritor José de la Colina, porque “ya no continúa con la literatura de la Revolución ni de las experiencias de clase media, sino que introduce nuevos temas, más universales. Es un libro que planteó una nueva libertad de escritura”.

El amigo de Salvador Elizondo confiesa orgulloso que él tuvo qué ver con el nacimiento de Farabeuf, “porque la famosa foto del suplicio chino del que parte toda la imaginación del texto la conoció Salvador por mí, porque yo había comprado en una librería francesa Las lágrimas de Eros, de Georges Bataille, y él, al hojear el libro y ver la imagen, se impresionó y empezó a trabajarla”.

Ganadora del Premio Xavier Villaurrutia el mismo año que se publicó (1965) y traducida al francés por la mítica editorial Gallimard, y a seis idiomas más, esta historia sacudió al mundo literario no sólo por su arriesgada técnica narrativa, que se inspiró en el principio de montaje del cineasta ruso Serguéi Eisenstein, sino por cómo hurgó en el tema de la tortura y el suplicio.

Farabeuf narra, desde distintas perspectivas y ángulos, la recreación de un mismo instante. A lo largo de nueve capítulos el autor relata la impresión que le produjo la foto de un supliciado, donde se muestra la tortura previa a una ejecución china conocida como Leng T’che, que significa “muerte por cien cortes” o “de los cien pedazos”.

Para escribir su primera novela, Elizondo aprendió a leer unos cinco mil ideogramas chinos y a entender la pintura de esta civilización, afirma su viuda Paulina Lavista. “Tal era su obsesión por la historia que realizó un largo proceso de investigación, lecturas, revisión de fotografías y hasta dio vida a varios dibujos”.

Para la fotógrafa, esta obra “sigue viva en el gusto de los jóvenes después de 50 años. Las nuevas generaciones la leen, la traducen, la analizan en revistas y hacen tesis sobre ella; hay más de 50 estudios sobre Farabeuf”, cuenta.

Y anuncia que, además de la exposición sobre el proceso creativo de la novela que se exhibe en el Museo del Palacio de Bellas Artes y el documental que ella realizó, en donde el mismo Elizondo explica cómo escribió la historia, El Colegio Nacional publicará en breve una edición conmemorativa que se dividirá en tres partes: la novela, las imágenes (catálogo de la muestra) y textos de diversos escritores sobre la obra.

Gazapo

Adolescentes, al centro

“Esta obra es la entrada de Gustavo Sainz por la puerta grande a la literatura mexicana. Esa sola novela le da un lugar incuestionable”, considera la narradora Josefina Estrada.

“Gazapo sorprendió por sus personajes jóvenes, de clase media baja. En la novela mexicana no habían aparecido los adolescentes como protagonistas. Impresionó porque Sainz tenía 25 años cuando se publicó. Asombró por su estructura, aparentemente caótica, que exige de lectores inteligentes.

“Emmanuel Carballo consideró que la aparición de esta novela marcaba la tercera obra más importante de la reciente literatura mexicana, después de El llano en llamas, de Juan Rulfo, y La región más transparente, de Carlos Fuentes”, explica en entrevista la editora.

Gazapo, cría de conejo, indaga con humor en el mundo contradictorio y volátil de la adolescencia, una región entre los límites de la realidad y el sueño, los hechos y la fantasía erótica. Una descripción que sigue siendo vigente.

Estrada detalla que, en esencia, los adolescentes de mediados de los 60 son los mismos de hoy: “desean un espacio propio, un trabajo, amigos afines a sus intereses, desapego del vínculo familiar, inquietos, propositivos, irreverentes. El deseo de poseer al amado.

“La diferencia es que las circunstancias económicas de hoy dificultan la independencia. Los jóvenes no pueden salir de la casa paterna alrededor de los 20 años, como era usual antes. Además, hoy están inmersos en redes sociales. Esa sola conducta los transforma radicalmente de la época de la novela de Sainz”, dice.

Sin embargo, prosigue, Gazapo sigue despertando el interés de los lectores en diversos países, pues fue traducida a varias lenguas. “No se ha anquilosado el idioma, sigue exigiendo una lectura inteligente, alerta. En toda biblioteca debe existir este título”, dice.

Recuerda que cuando la novela cumplió 25 años, la Dirección de Literatura del INBA le organizó un homenaje a Sainz. “Editorial Océano imprimió un cartel con un retrato que hizo Rafael Hernández Herrera. El original se le obsequió a Gustavo”.

Estrada espera que, este 2015, que se cumple el 50 aniversario de su ópera prima y tras la reciente muerte del ganador del Premio Xavier Villaurrutia, se realice una edición conmemorativa para los nuevos lectores iberoamericanos.

Excélsior

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