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Por: Diana López.

¿Cuál es tu reacción al escuchar la palabra “cosquilla”? Seguro sonríes y recuerdas alguna guerra de este tipo con tus hermanos, amigos o pareja. Y te estremeces al evocar la sensación de las cosquillas en las plantas de los pies, en la barriga o en el cuello, las llamadas cosquillas-tortura. Pero inténtalo tú ¿Y qué pasa?

En el reportaje del día te explicaré por qué tú no eres capaz de retorcerse de risa, ni siquiera de sentir un pequeño reflejo de esa sensación que cuando te las hace otra persona.

La respuesta es sencilla: las cosquillas son como una señal de alarma que crea nuestro propio cuerpo ante un estímulo del exterior… Haz, la prueba, no puedes alarmarte a ti mismo. Sería como intentar asustarte de manera consciente, lo cual se lee ridículo y es de risa.

Como sabrás, el cerebro es el encargado de recibir los estímulos y las sensaciones que recibe todo nuestro cuerpo, así como de amortiguar y redirigir su intensidad, por lo que si éste detecta un nivel bajo de amenaza, ni siquiera se molest en advertirnos.

Por ejemplo, si alguien nos roza con su pie, nuestro cuerpo se pone en alerta (en seguida quitas el pie); sin embargo, la presión y el roce que ejerce el calcetín en nuestro tobillo pasa desapercibido para nosotros.

El cerebelo es el encargado de distinguir este tipo de sensaciones que provienen de otras personas o de nosotros mismos, y dependiendo del caso, te advierte o no de ellos. Para nuestro cuerpo, las cosquillas no son ninguna amenaza si las hacemos nosotros mismo, ahora bien, si te las hace otra persona, pues…. ya sabes el resto de la historia.

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