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Cotidianidad: La paradoja de la estatua

Cotidianidad: La paradoja de la estatua

Carlos Rubio

En ocasiones la inmovilidad genera impaciencia y ésta le produce angustia y desequilibrio al ser. La necesidad de estar en constante actividad y liberar energía, nos impide observar los detalles que hay frente a nosotros. ¿Qué pasaría si permaneciéramos al menos diez minutos estáticos?, permitiéndole al mundo girar, volviéndonos pasajeros que aprenden sobre lo que les rodea, como una estatua lo haría.

Todos los días en la Plaza de Armas de San Luis Potosí, descansan dos figuras inertes: una conmemora a José Moreno Díaz, “El Señor de las Palomas”; la segunda es una metáfora creada por Julio Cesar Barbosa, un hombre de 42 años, que caracterizado de diferentes personajes y cubierto de pintura para asimilarse a una estatua, ahora es un símbolo del Centro Histórico.

Julio, quien se encuentra debajo de al menos cuatro distintos colores de pintura acrílica, es una estatua viviente que se mantiene fija durante casi 7 horas al día, desde hace 7 años, bajo los abrasantes rayos del sol y en medio del camino de miles de miradas. Sin importar a quién esté interpretando, siempre habrá frente a él una canasta en la que cualquier persona puede dejar una moneda y a la vez, la singular estatua abrirá una caja, de la cual se podrá tomar un pequeño papel enrollado con alguna frase escrita.

El hombre de estatura media, tez morena y cabello corto, tiene casi 10 años radicando en la capital potosina. Nació y vivió su infancia en la Ciudad de México, lugar donde se formó el semblante solitario que hoy le muestra al mundo. A los 10 años de edad se quedó huérfano y pasó 6 años viviendo entre las alcantarillas de la sobrepoblada ciudad. No fue hasta que encontró a la familia de su madre, que logró salir de las penumbras como muy pocos lo hacen.

Aunque años atrás se desempeñaba como vendedor, al probar ser una estatua se enamoró completamente. Su pasado no ha sido impedimento para ahora mostrarse alegre. La principal razón de que se encuentre disfrazado de estatua, es su gusto por interactuar, conocer a la gente y reír con los niños.

Julio encontró su modo de vida en la contrariedad, ya que desde niño padece hiperquinesia, una enfermedad que impulsa a quien la padece a siempre estar en constante movimiento; paradójicamente, su trabajo consiste en permanecer inmóvil el mayor tiempo posible. De una alegre y arrullante voz, se forman las palabras con las que expresa cómo esta actividad le ha dado paz y tranquilidad para seguir con su vida.

Algunos días se le puede encontrar vestido como un ferrocarrilero, personaje que creó en memoria de los ferrocarrileros de San Luis; lleva consigo trenes y vagones que le ayudan a reforzar su personificación. También viste como un revolucionario para recordar a aquellos que dieron la vida por el país. Un militar y un vaquero completan su guardarropa, que según dice, son los que más les divierten a los niños.

Julio tiene 3 hijos y esporádicamente, uno de ellos, de 25 años, lo acompaña en su trabajo. Por eso es que le regaló uno de sus personajes, el cinematógrafo, una persona que permanece de pie junto al aparato creado por los hermanos Lumière en el siglo XIX.

Invierte entre mil y mil 200 pesos para la creación de un personaje y su remuneración es de unos 180 pesos al día, sin embargo, Julio vive para disfrutar de ser un artista que observa e interpreta los estados de ánimo de la gente; distingue entre la felicidad, la tristeza y la rabia que un rostro le ofrece al pasar.

La definición de estatua según la Real Academia Española es: obra de escultura labrada a imitación del natural. La cual, como todo un artista, Julio Cesar transformó, para él mismo volverse la obra natural que imita a una escultura labrada; cual poeta, transgredió el diccionario para crear su profesión.

El arraigo y amor que Julio siente hacia sus personajes, es tan grande que los ha vuelto una forma de mostrar sus estados de ánimo. Todos los días al despertar decide si tiene ganas de convivir con los niños o de remontarse a su solitario pasado. Actualmente acude a la plaza, vestido de una persona común y corriente que se sienta en una banca a escuchar música en su radio antigua y con una pequeña lámpara a su lado. La melancolía y el cansancio son los atributos principales del personaje. Como alguien que se quiere aislar del mundo y relajarse, sólo para observar a la gente pasar y esperar por el futuro incierto que se avecina a su vida.

Así es como Julio Cesar entendió el mundo de diferente manera. Disfruta de la lentitud del tiempo para mantenerse solitario, sin palabras y escuchar cientos de conversaciones que como parte de su rol de estatua, mantiene ocultas. Además, encontró su vocación, de la cual solo se retirará al final de su vida.

Aunque por la pintura es casi imposible de distinguir la expresión de su rostro, su presencia y su voz desprenden sensaciones de calma y alivio, lo que me permite asegurar que sí, Julio permanece de la una de la tarde a las 8 de la noche, feliz y agradecido de lo que hace.

Al final de nuestra platica, dejé unas monedas en su canasta y abrió para mí su caja de madera, tomé un papel y me retiré. La frase que venía escrita era: “Una idea se puede considerar como una ilusión hasta que dicha idea se convierte en realidad”, perteneciente a Mark Twain o mejor dicho, al sereno e inmóvil hombre que yace en la Plaza de Armas, quien volvió realidad la ilusión de algún día ser la causa de miles de sonrisas.

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