Astrolabio

Hace unos días le sucedió algo a un maestro universitario: caminaba por una de las principales calles del cetro histórico de la ciudad, andaba seguro, con prisa con rumbo a su trabajo. Iba a cruzar una calle y volteó la mirada para asegurarse que no pasaría algún vehículo, salvo una motocicleta con dos jóvenes a bordo. Con confianza, bajó de la acera para cruzar, pero de súbito la motocicleta para rauda a su lado y sintió un empujón brusco y un jalón en su brazo: le habían arrebatado el estuche y la lap top que cargaba en el hombro. Sorprendido y apenas naciendo la indignación, pensó en denunciar el robo ante las autoridades. Lo meditó y pronto llegó a la conclusión de que no, que eso sería tiempo perdido.

Ese sentimiento de falta de confianza en las instituciones públicas y sus autoridades ha venido creciendo y es ya una desconfianza imparable. Es simple, la gente ya no cree en nada y menos en el gobierno.

El maestro  asaltado sintió mucho coraje e incluso rabia, pero pensó en el laberinto burocrático de la Procuraduría General de Justicia y en el mal encarado personal de las agencias del Ministerio Público y en la corrupción que habita en esas oficinas que no le fue difícil decidir no presentar denuncia. No era solo el robo del equipo sino toda su información. Es decir, pudo más la desconfianza que la pérdida.

La Encuesta Nacional de Victimización y Percepción Sobre Seguridad Pública (ENVIPE) 2015 dice que el robo a transeúntes en la vía pública es el segundo delito más frecuente en San Luis Potosí, sin embargo, el grado de denuncia es mínimo.

La Tasa de Delitos por cada 100 mil habitantes 2015 fue en San Luis Potosí de 41 mil 384 y la Tasa de Víctimas por cada 100 mil habitantes fue de 25 mil 873. El año pasado apenas fueron denunciados  6 mil 093 robos en la calle.

El panorama es lamentable por dos razones fundamentales: la gente no confía en las autoridades y por ello no denuncia y, mientras que las autoridades saben y reconocen que no confían en ellos, pero nada hacen para cambiar eso.

Por el contrario, hay una reacción que raya en lo absurdo de parte de las autoridades: mientras que los delitos no se denuncian por desconfianza, la autoridad festeja el hecho diciendo que ha disminuido notoriamente la incidencia delictiva. Es decir, las autoridades y las instituciones engañan a la sociedad y se engañan a sí mismas, puesto que eso les conviene.

Toda la cadena de instituciones y autoridades en materia de seguridad pública y procuración de justicia, están reprobadas en cuanto al nivel de confianza que les tiene la sociedad. Eso es dramático, pero parecen no reaccionar frente a eso.

Hay ahora un procurador que gusta el auto flagelo con la definición de las debilidades y vicios de la Procuraduría, pero eso no va más allá de obtener algunos titulares en la prensa, en los hechos, la procuración de justicia es de tan mala calidad como siempre, eso si que no cambia, de ahí que nadie confíe en Federico Garza Herrera y toda su gente.

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