Juan Heiblum

El tiempo es uno de los problemas fundamentales de la filosofía. Aunque, a diferencia de otros, no siempre se ha trabajado frontalmente. Por ejemplo, la verdad, la libertad o el Ser, han sido problemas explícitamente presentes, pero el tiempo parece no buscar tanto protagonismo, dejando que su importancia permanezca latente. Muchos filósofos han trabajado con el tiempo, aunque han sido pocos los que lo han nombrado como tal. Pues este estudio resulta muy diferente desde la filosofía, que desde la física u otras disciplinas. Cada vez que un filósofo se preocupa por el tiempo y le dedica algunas páginas de su obra filosófica, se pone de manifiesto que éste no es un concepto estático, sino que es una intuición que se tiene que ir reformulando.

            Platón, en el Timeo, logra algunas intuiciones muy valiosas que me gustaría compartir aquí. Recurriendo a la teoría del mundo de las ideas, intenta explicar qué es el tiempo.  Según la teoría platónica, la existencia del mundo sensible se da gracias a un mundo supra celeste del cual participa. Así, cualquier cosa que esté en este mundo está participando por mímesis o por méthexis del mundo de las ideas (hyperuránion tópon). Las cosas sensibles están degradadas, pues las ideas de las cosas siempre son perfectas, más bellas y más buenas que las que nosotros podemos apreciar en su copia. Entonces, ¿el tiempo debería ser también la copia de un tiempo primordial? ¿la imagen de un tiempo perfecto? Es justo en el Timeo cuando Platón dice que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad. La degradación de un tiempo perfecto que no se movía, que siempre había existido y que siempre existirá.

            Borges parece no estar conforme con el diagnóstico platónico. “Leemos en el Timeo de Platón que el tiempo es una imagen móvil de la eternidad; y ello es apenas un acorde que a ninguno distrae de la convicción de que la eternidad es una imagen hecha con sustancia de tiempo”.  Así, invirtiendo lógicamente la sentencia platónica, Borges retrotrae la eternidad a la imaginación de aquellos que han sufrido el devenir del tiempo.

            Bien podemos entender al tiempo como una intuición. Algo que sabemos que existe y no se explica fácilmente. A partir de la mecánica, la física tuvo una explicación muy sencilla del tiempo. Es fácil notar que no tenemos ninguna prueba fehaciente de la existencia del tiempo; mientras que el espacio está patentemente aquí. El tiempo solo lo podemos explicar con el movimiento de las cosas en el espacio. ¿Un reloj marca el tiempo? ¿O será que las manecillas solo se mueven por el espacio? Un rostro arrugándose con los años, solo muestra el movimiento de la piel por el espacio del rostro. El día y la noche, simples movimientos astronómicos. Así, llegamos a la conclusión fatal de que no hay forma de entender el tiempo, según la mecánica, que no esté medida por el movimiento espacial.

            Pero hay otras formas de unir espacio y tiempo que no estén supeditadas a la mecánica newtoniana. Por ejemplo, Kant entendió al tiempo como una de las dos intuiciones trascendentales. Así, el tiempo, junto con el espacio, resultan condiciones de posibilidad para el conocimiento. Pero aquí Kant realiza un movimiento que no se había realizado antes. Pues el filósofo no ve al espacio y al tiempo en el mundo, sino que él los coloca adentro de nuestra propia razón. Así, el espacio y el tiempo son intuiciones que no están en el mundo, sino que están en nosotros mismos.

            Y, tomando el riesgo de hacer una brevísima historia del tiempo (aun más breve que la de Stephen Hawking) me detendré aquí, un paso antes de llegar al siglo veinte. Solo para mostrar que el tiempo y la filosofía son amigos indisociables. Pues mientras el tiempo siga su curso, nos será obligado regresar a él para hablar tanto del devenir, como del instante e, incluso, de la muerte. Pues no parece haber una historia de la filosofía que no sea, a su vez, una historia del tiempo.