Juan Heiblum

A pesar de que se traten de distintas disciplinas con objetos de estudios particulares, la Historia y la Filosofía se han erguido a la par. La filosofía se funda en el diálogo con el pasado del pensamiento y la Historia se construye con planteamientos filosóficos.

En el encuentro de ambos campos y saberes encontramos el problema de la definición y conceptualización de la Historia, motivo del que tratarán las palabras siguientes.

Es común que hoy en día se entienda a la Historia como una ciencia social que tiene por objeto el estudio del pasado de las sociedades.

Antes de entrar a la crítica conceptual, valdría la pena decir qué significa, en este caso, una definición. Una definición es un enunciado que, a modo de síntesis, abarca la totalidad de aquello que quiere definirse sin entrar en detalles, de tal modo que queden expuestos, en poco espacio, los fundamentos esenciales.

Ahora bien, en términos históricos una definición debe ser pensada en los cambios y continuidades que uno u otro término ha vivido a lo largo del tiempo. Por ello, la definición de la Historia como “la ciencia que estudia…” puede resultar problemática.

Me explico: la concepción de la Historia como un conocimiento científico fue el resultado de distintos procesos propios de la modernidad, cuando se buscó que los estudios del pasado se diferenciaran de la irracionalidad que, según los hombres de esta época, prevalecía hasta entonces.

Así, la nueva racionalidad fundada en la ciencia, permitió que la Historia fuera pensada como la búsqueda de una única verdad a la que era posible acceder. Si bien es cierto que estos planteamientos han sido superados en buena medida, la Historia sigue siendo explicada en términos científicos.

En la tradición historiográfica, Heródoto es considerado como el “padre de la historia”.

En sus Historias, el incansable viajero se propuso investigar y escribir la historia de las Guerras Médicas, peleadas entre griegos y persas hacia el siglo V a. C. Más tarde, surgieron las obras de Tucídides, Polibio y Tito Livio, por mencionar a algunos autores del la antigüedad, o de Eusebio de Cesarea y Paulo Orosio durante la expansión del cristianismo.

Lejos de hacer un listado de autores, me interesa recalcar la gran cantidad e importancia que estos escritores tuvieron para el desarrollo de la historia posterior. Ninguno de ellos tiene lugar en la Historia definida como ciencia, por lo que hablar en estos términos es sólo de utilidad para referirse a historiadores durante y después de la modernidad.

¿No valdría la pena, pues, pensar en definiciones que integren a la totalidad de intentos por narrar el pasado de la escritura de la Historia sin que esto implique la renuncia al conocimiento científico contemporáneo?

En esta misma línea, Johan Huizinga propone entender a la Historia como “la forma espiritual en que una cultura se rinde cuentas de su pasado”, de modo que se tiene en cuenta que toda cultura tiene formas particulares de configurar el pasado, sean estas científicas o no.

Así, a modo de otra embestida contra la hegemonía de la pretensión científica, podemos solo acercarnos tangencialmente a afirmar que la historia tiene una larga historia fuera de las murallas de la ciencia. Debemos, pues, escribir una definición de historia que provenga de otros lares y camine con una intención diferente.