Antonio González Vázquez y Eduardo Delgado

Graciela carga ya con medio siglo de vida, pero lo que le pesan como una losa no son los años, sino el dolor. Es una madre angustiada. Es una mujer endurecida a fuerza de los golpes de la vida. La vida no ha sido sencilla para Graciela, pero con lo ayuda de Dios abriga la esperanza de encontrar a una hija desparecida. Mediodía del 19 de abril en la Casa del Migrante. Graciela cuenta en pocas palabras la dureza de algunas cosas que le ha tocado enfrentar. Salió de su casa en Tegucigalpa, Honduras, no porque así lo haya deseado sino porque los hechos la obligaron a huir y en esa huída, buscar también a una de sus hijas. Se recarga en la pared de la casa y no necesita de mucho para estar a punto de llorar. Cuida a sus hijos y como una matrona ancestral piensa una y otra vez en su hija a la que unos Maras le querían arrebatar cuando solo tenía 15 o 16 años. La piel curtida por el sol en sus brazos cruzados sobre el vientre, deja ver solo parte de su larga travesía encima de la Bestia. Tiene la mirada tan triste como cargada de recuerdos. Habla con lentitud y al tiempo con un acento de furia contenida: su familia está en riesgo y huye, huye todos los días. No hay punto de descanso. Su historia es la misma de muchos que están en la Casa del Migrante, pero no es igual. Es la misma historia por el infortunio que la nutre, pero no es igual porque cada uno es un ser humano que siente y vive distinto. Graciela es como otras mujeres, ya sea guatemaltecas, salvadoreñas o nicaragüenses que han abandonado su país. No es que quieran vivir mejor y ganar dólares al otro lado del Río Bravo, huyen de la violencia que  a veces empieza en casa, continúa con las pandillas y termina con el crimen organizado. A muchas las engañan y se las llevan los tratantes de blancas para prostituirlas o las secuestran o las usan para el transporte de drogas. Ella no quiere contar cosas que le han pasado porque, dice, no es conveniente. Lo cierto es que para los migrantes, hay cosas que resulta penoso contar, con el recuerdo es más que suficiente para constatar cuán injusta es la vida. Es una madre migrante en sus propias palabras:

Vengo huyendo porque tengo una niña de 16 años, solterita, a la que unos hombres se la querían llevar a la fuerza para meterla a vender drogas. Me dijeron que si no les daba a la niña a todos nos iban a matar. Entonces yo no puedo meterla a eso porque soy cristiana y entonces me vine para acá.

En Tenosique, Tabasco, pedí refugio; eso costó, estuve tres meses y nada. Tenía quince días que dos hombres andaban siguiendo a mi muchacha y cuando fui a Comara iba a pedir un traslado para acá pero no me lo dieron. Más bien me gritaban, me humillaban; la licenciada me humillaba y pues yo aguantaba todo eso por mis hijos por ver si podía sacar los papeles pero no pude. En ese tiempo andaban dos hombres que me querían robar mi niña. Me dijeron: “Chamaca ya está buena, te vamos a llevar y vas a ser de nosotros sea a la buena o a la mala”, Así tres veces, me siguieron. Yo me caí, corrí con ella, ya última vez andaban ellos en carro y volteaba a ver para todos los lados y me decían “agarra la niña”. Corrí con ella.

En ese momento eran como las cuatro de la tarde salí con mis hijos, con ellos chiquitos, me subí al tren.

Yo creo que eran Maras.

(¿De diez hijos con cuántos viene?)…cuatro hijos, mi yerno y mi sobrina. Uno tiene seis, uno es mi nieto, una tiene siete…

El nieto se llama Christian Fernando y otro Brayan Eduardo; la Monse está adentro y la niña se llama Elizabeth Graciela y Wilmer Alexander.

¿Cuál es su deseo?

Mi deseo, mi deseo, mi deseo, la verdad…voy buscando a mi hija.

No se la llevaron, ella está en Estados Unidos. Mi hija ahorita está viviendo una gran crisis…anda pidiendo para poder enterrar a su hija.

Tegucigalpa, Honduras. Salió el 30 de marzo, porque llegué a Tenosique el tres de abril y no me ayudaron para nada.

¿Sus otros hijos se quedaron en Tegucigalpa?

Sí.

¿Viene con el temor de que les pase algo?

Así es.

¿Son menores?

Uno tiene 19 y los otros hay tres casados; ellos viven en lugares fuera de Tegucigalpa y tememos regresar. Lo mismo que sucede allá me sucede aquí mismo, por eso ya no hallo ni para donde ir ni sé que hacer. Vivo con la azúcar y la presión alta. Y otras cosas más que no las puedo decir por la seguridad de mi niña.

¿Su nombre?

Graciela.

¿Edad?

50 años.

¿A qué se dedicaba?

Vendía naranjas y agua. Yo soy padre y madre para mis hijos, porque mi esposo murió de un paro cardiaco.

¿Cuánto hace que murió?

Unos diez años.

Graciela pasa por San Luis Potosí, pide ayuda y recuerda algo que es fundamental: a nosotros nos enseñaron a pedir, no a robar. Por eso, en un país extraño y ante gente extraña, ella pide, pide ayuda para sobrevivir y encontrar su niña.