Astrolabio

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Toscana, Milán (15 de junio de 2015).- Durante más de 30 años, una familia italiana, compuesta por una madre y sus dos hijos, han permanecido encerrados en su domicilio, alejados de la luz del sol y de cualquier otro contacto con personas. Los servicios sociales aprovecharon durante estos días un problema en la tubería del edificio para entrar en la casa y convencer a la familia de abandonar su “cárcel” voluntaria. El hijo mayor, que hoy tiene más de 50 años, sufre atrofia muscular.

“Fuera es peligoroso, la gente es mala. Mejor quedémonos en casa. Aquí no nos pasará nada”.

Fue a finales de los 70 cuando una madre viuda desde hacía poco tiempo, convenció a sus dos vástagos, poco más que adolescentes, para permanecer en el hogar familiar, encerrados para evitar el peligro de vivir en un mundo “lleno de riesgos”. La familia vivió desde entonces en un apartamento de clase media en el centro de un pueblo situado en una de las zonas turísticas más frecuentadas de Grosseto, en la región de Toscana. Pero en casi 33 años, nadie los convenció de abrir las puertas de su casa.

“Era una familia normal”, declararon los vecinos. La hija, una atractiva joven, trabajaba como dependienta en una tienda del pueblo. El hermano mayor, acababa de terminar el servicio militar obligatorio y volvía a casa. El padre había muerto recientemente y la madre, por motivos desconocidos, convenció a ambos de que era mejor que se quedaran en casa y no volvieran a poner un pie en la calle.

Desaparecieron de un día para otro, y en el pueblo no se les volvió a ver. Al principio del “cautiverio voluntario”, los vecinos cuentan que salían de vez en cuando para hacer algunas compras y pagar las facturas; hasta que también ella dejó de salir a la calle. Lo necesario lo compraba en una tienda cercana a la que llamaba por teléfono, siendo los mismos dependientes quienes se encargaban de subirla hasta la puerta de su casa.

Lamentables condiciones higiénicas.

Con el paso de los años, la porquería se acumuló en las ventanas que tampoco abren, y el olor putrefacto alertó a los vecinos, que en repetidas ocasiones dieron la voz de alarma a la Policía y a los servicios sociales. Pero todo esfuerzo resultó inútil. Ni siquiera el resto de la familia o amigos los convencen de nada.

Hasta que un día, un problema con las tuberías del edificio permite a los vecinos obligar a la madre, convertida ya en una mujer anciana, a dejar pasar a un fontanero. Según el testimonio del trabajador, la imagen de la casa es como de una película de terror. Los muebles están cubiertos con plástico y cinta aislante, hay basura por las esquinas de la casa, cucarachas, un baño inutilizable, usando cubos en su lugar, ropa vieja y sucia y revistas amontonadas por toda la casa. Y en una bolsa, más de 50 mil euros en efectivo.

Esta historia, que acaba de salir a la luz a un año de su término, acaba con la orden del alcalde de desalojar y desinfectar la casa por riesgo sanitario. Los integrantes de la familia fueron trasladados a diversas estructuras de acogida en la provincia, donde han pasado el último año.

“Lo sorprendente es la no intervención de los que sabían la situación”, declara el neurocirujano Gian Ugo Berti; “Una intervención a tiempo y operativa habría permitido crear condiciones de vida aceptables. Sin embargo, ha prevalecido la indiferencia y la peor de las soledades: la de estar solos, ignorados y enfermos, viviendo siempre en medio de la gente”.

Fuente: El Mundo.

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