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Ciudad de México, (30 de Marzo).- Como un hombre que siempre hizo lo que quiso y vivió a pleno, como un embajador de paz que hizo todo lo que tuvo a su alcance para acercar posiciones encontradas, define el periodista colombiano Darío Arizmendi al fallecido escritor Gabriel García Márquez (1927-2014).

El libro Gabo no contado (Aguilar) es la suma de crónicas, recuerdos, notas personales y fotografías jamás publicadas y que busca construir un retrato íntimo del Nobel que escribió, entre otros, la novela hoy universal Cien años de soledad.

Arizmendi, nacido en Yarumal, en 1946, fue amigo del escritor durante 30 años, una relación que hoy le permite entre otras cosas dar a conocer un profuso archivo gráfico que muestra a “Gabo” distendido y alegre, amigo de la música caribeña y de las fiestas populares.

En Gabo no contado, García Márquez es recordado por su eterna gratitud a México, el país donde murió el 17 de abril de 2014.

“México me toleró varios años como indocumentado sin ponerme el más mínimo obstáculo, hasta que el presidente Echeverría se percató del asunto y nos legalizó a Mercedes, a mis hijos y a mí. En una palabra, México nacionalizó mis vivencias, por eso mis lazos con su pueblo son indestructibles, son de sangre”, afirmó, según cita de Arizmendi.

Fidel Castro y Mercedes Barcha, “La Gaba”, personajes fundamentales en la vida del también autor de El amor en los tiempos del cólera y El coronel no tiene quien le escriba, dan cuenta de anécdotas imperdibles y que –en el caso del líder cubano- ayudan a descubrir el grado de influencia que tuvo Gabriel García Márquez en la política latinoamericana de su época.

La política, la lectura, los vinos tintos... Foto: Archivo de Darío Arizmendi

En entrevista con SinEmbargo, Arizmendi, un hombre que ha sido galardonado con más de 30 premios de periodismo y que dirige desde hace más de dos décadas el programa 6AM Hoy por hoy, de Caracol Radio, cuenta que ser amigo del célebre escritor de Aracataca no era nada fácil.

“Era un hombre muy tímido, muy cuidadoso y reservado, pero cuando uno se ganaba su confianza, era facilísimo”, asegura.

–Usted no fue amigo del Nobel, sino del hombre divertido y parrandero que permitía que sus amigos le dijeran cualquier cosa

–Era un hombre que tenía un gran sentido de la autocrítica, porque siempre estuvo en busca de la excelencia. A los amigos más cercanos les pedía opinión, confrontaba. ¿Tú crees que será mejor que haga o esto aquello?, preguntaba. Claro que a muy poca gente, sobre todo a esa que tenía el don de la discreción, de la confidencialidad. Aquí no estás como amigo, estás como periodista, solía aclarar. Era muy selectivo. Con los amigos era expansivo, simpático y cariñoso. Se preocupaba por la salud de sus seres queridos, era detallista.

–¿Cómo tenía uno que ser para pasar el filtro de su esposa, Mercedes Barcha?

–Él confiaba ciegamente en Mercedes, en su intuición. Ella es guajira y los guajiros tienen un componente muy alto de sangre indígena; en consecuencia se deja regir por la primera impresión. Si el rostro de una persona le parecía la de un taimado o falso, si sentía que tenía mala vibra o no le iba a caer bien a la familia, enseguida lo apartaba. Y Gabo le creía realmente, sobre todo porque en las escasas oportunidades donde no le hizo caso terminó por darle la razón. Lo que Mercedes recomendaba él lo hacía sin ningún desagrado.

Gabo: latinoamericano y caribeño, sonriente, simpático... Foto: Archivo de Darío Arizmendi

–Su libro demuestra en forma entrañable cómo García Márquez fue un protagonista de la historia política latinoamericana que le tocó vivir

–El libro es un homenaje a la amistad y tuvo siempre la intención de mostrar a Gabo como ser humano, como persona, como padre, pero nunca tuvo una intención ideológica ni demostrar su liderazgo político. Pero él era todo un líder, no sólo de Latinoamérica, sino que también  tuvo estrecha relación con gente como Felipez González…tambié fue amigo de todos los presidentes mexicanos aunque con más de uno no estuvo de acuerdo. Con Fidel Castro fue más allá de la amistad. “Es mi hermano”, decía. Gabo además era muy franco, todo lo que decía era porque lo pensaba realmente. Eso sí, no era imprudente y amaba la comunicación, era esa su gran pasión. Si viviera tendría una cuenta de Twitter y escribiría todos los días. Como líder político jugó muchos roles en varios momentos, siempre como hombre de paz, buscando distender los conflictos y con mucha discreción. A él no le interesaba que se supiera toda esa labor que hacía en el terreno de la política.

–Fue el más latinoamericano de todos los colombianos, ¿verdad?

–Ese punto que tocas es verdaderamente significativo, puesto que él siempre lo mencionaba. “Soy colombiano, vivo en México, pero mi corazón está en Latinoamérica toda”, decía. Era realmente un integracionista, crítico muchas veces hacia los Estados Unidos, contrario al bloqueo a Cuba.

Con la cantante Totó La Momposina, cuando recibió el Nobel. Foto: Archivo de Darío Arizmendi

–Destaca en su libro la amistad con Álvaro Mutis y sobre todo con el ex presidente Belisario Betancur, una relación que antes no se había contado con tanto detalle…

–Efectivamente, se sabía que había una amistad a través de un ministro de comunicación que fue a su vez el íntimo amigo de Betancur y participé directamente  de muchas tertulias, regadas por buenos vinos tintos, que era el trago que tomábamos en esos almuerzos. García Márquez, el ex presidente, algunas veces Álvaro Mutis, siempre el ex ministro Bernardo Ramírez y yo. Hablábamos de política, de literatura, de chismes sociales, quién era el novio de quien y quién salía con cual. De todo el cotilleo que tiene una sociedad tan tradicional como la de Bogotá. Esa amistad de Gabo con Belisario fue muy profunda, había muchos puntos de identidad y se averió bastante a causa de la toma del Palacio de Justicia del M19, que Gabo por cierto rechazaba, pero que el gobierno de Betancur y el ejército colombiano reprimieron a sangre y fuego. Eso los distanció. Con el tiempo volvieron a ser amigos, pero ya no como antes. Fue un poco como esos jarrones de porcelana que se rompen y aunque los pegues siempre queda visible la rajadura.

–Queda claro en su libro, además, que Gabriel García Márquez fue un hombre que odió el conflicto armado, en todos sus niveles…

–Absolutamente, era un hombre de paz, siempre fue un mediador, hizo muchas acciones de buena voluntad, fue un amable componedor. Tenía influencia en Cuba con los hermanos Castro, con el Ejército de Liberación Nacional, algunos narcotraficantes y paramilitares le tenían simpatía porque Gabo estaba en contra de la extradición. “La extradición es como que yo mande a mi hijo a que lo castigue la vecina por algo que hizo mal. Tienen que pagar en casa”, decía. Gracias a esas posturas, a sus escritos y a su honestidad, a su deseo de buena voluntad de que haya un acuerdo de paz, lo que sin duda resultó una de sus grandes decepciones. Casi nunca los intentos que hizo en pos de acercar a las partes y producir un diálogo entre la guerrilla y el Gobierno de Colombia –Caracas, Tlaxcala y otros-, pues no funcionaron. Cuando asumió Juan Manuel Santos y se supo que había acciones exploratorias, contactos en serio para dialogar, eso lo debe de haber reconfortado mucho. En la medida, claro, de la comprensión mermada de las cosas que llegó a tener en los últimos meses de su vida, cuando experimentaba muchos vacíos y grandes pérdidas de memoria, lo cual es natural teniendo en cuenta su edad avanzada.

Gabo fue un hombre de pueblo, de su gente. Foto: Archivo de Darío Arizmendi

–En su libro usted habla abiertamente de esa demencia senil con la que murió Gabriel García Márquez

–Creo que mantener un poco al margen de la exposición mediática la enfermedad de Gabo fue una decisión muy sabia de Mercedes y de los hijos. En los últimos meses lo había vuelto atacar la leucemia superada anteriormente y además comenzó a experimentar esa demencia senil que le viene por genética familiar. No es que se volviera loco, sino que iba perdiendo paulatinamente la memoria. Gabo tuvo no obstante una vejez muy digna, festejaba cada cumpleaños con gran altivez y salía a saludar a la puerta de su casa con una rosa amarilla en el bolsillo de esas chaquetas a cuadros que tanto le gustaba usar, simpático, risueño…

–Fue un hombre que se lo bebió todo, se lo comió todo, amó todo, no parece haber dejado cuentas pendientes…

–Fue un hombre que murió en paz, que no sufrió. Cuentan las personas que estaban alrededor de su lecho de muerte que él ya sabía que había llegado el momento final. Además había sido muy explícito su deseo de no ser mantenido con vida en forma artificial. Gabo vivió con intensidad desde niño, fueron intensas su juventud, su madurez, su vejez y creo que no le quedó nada por hacer ni por intentar. Vivió a fondo cada uno de sus días y las noches de parranda y fiesta. Como dijo Pablo Neruda, se podría aplicar la frase a Gabo: “Confieso que he vivido”.