Astrolabio

Octavio César Mendoza

El agua es el tema fundamental de las siguientes campañas electorales en México. Sin agua, no hay votos. Por encima de la seguridad (la violencia se ha socializado como una pandemia irremediable) está la problemática de qué vamos a hacer si carecemos del elemento vital a largo plazo. No un día, no una semana: a largo plazo.

De igual forma, para quienes hoy gobiernan, la escasez de respuestas y acciones para paliar la propia escasez de agua, es el Waterloo de su siguiente intento por caer bien al electorado.

Vaya que es difícil gobernar en tiempos donde la realidad rebasa cualquier discurso bonito y cualquier foto con la sonrisa perfecta. ¿Para qué necesita de publicistas quien arruina su imagen por carecer de soluciones a lo más elemental?

Más allá de ocurrencias, se necesitan acciones  para resolver lo más rápido el tema que aquí y en las colonias populares se plantea como el más preocupante, porque hay que salir al mundo limpios, porque los desechos no se deben quedar estancados en el excusado, porque los trastes no se lavan solos -dice mi madre, que la tengo-, porque las plantas se secan si no se riegan y el amor acaba si no es mutuo, porque lavarse los dientes es una costumbre de gente decente, porque sin agua no hay industria ni servicios, ni calidad de vida, ni sociedad pacífica.

Una ciudad sin agua está condenada a convertirse en un desierto, y en los desiertos nadie vota. No, señor: los oasis electorales no existen, y no hay distritos séptimos que sean eternos si no hay sistemas sépticos que sean eficientes.

“Lavarse las manos” no es la solución infalible de los gobernantes. No les queda de otra que convocar con urgencia a expertos, y recurrir a las instancias de poder más elevadas para dar solución inmediata al desabasto de agua.

Decir lo que se va a hacer, como en las promesas de amor eterno, es menos efectivo que hacer y cumplir con el mandato popular que en la regla política se convierte en el propósito y la acción del gobernante de otorgar el necesario abasto de agua al pueblo que somos todos, no sólo los que viven cerca de un pozo y dicen que en su casa nunca falta el agua, gracias a Dios y al visionario constructor de su complejo residencial.

Y vaya que el pueblo lo sabe, y por ello se manifiesta, se indigna, toma calles y avenidas y va a regañadientes a pelear con el “pipero” por una ración de agua para sostener casi a la fuerza la convivencia cotidiana con uno mismo, con su necesidad de limpiar salvas sean las partes, con su hábito de lavar las verduras y cocerlas a baño María.

¡Aguas! No se necesita una batalla épica como aquella que perdió Napoleón un junio como este, para perder la elección de un junio como el que viene en el 2024: el Waterloo de cualquier gobernante de una ciudad con crisis acuática se reduce a dos metros cuadrados, ahí donde leemos las etiquetas del shampoo mientras pensamos en la mortalidad de la carrera política de un cangrejo, o en la salvación que proviene de un rey Midas que convierte en agua sus promesas de campaña. Y pásenme el agua del garrafón para quitar las lágrimas provocadas por el Ricitos de Oro.

Por eso es necesario ver con total seriedad hacia el futuro, “sin Yolanda” dicen en mi barrio, porque los únicos que saldrán beneficiados con el apocalipsis hídrico son los capitalistas de la iglesia financiera de los últimos tiempos, que harán su agosto mientras se acaba el mundo, o mientras secan los pozos disponibles para asegurar la planta productiva de las embotelladoras y las armadoras de autos a gasolina y diesel.

Y aunque se diga que hay un mar contenido por las capas tectónicas bajo el Cerro de la Silla o la Sierra de San Miguelito, llegar a ese mar no será fácil ni barato. No hay río Tampaón que aguante un Monterrey, ni Presa del Realito que soporte un San Luis Potosí, y menos si cada tercer día se nota que hay ingenieros que deben recursar su profesión.

La desertificación está avanzando, y los vendedores de cerveza-refresco de cualquier estadio de fútbol donde le vayan al Tigres Universitario o al Atleti de San Luis lo saben, pero parece que quienes deberían saberlo se vuelven patos que flotan en un lago imaginario, y prefieren disparar a las escopetas, inaugurar disparates, y sonreír para la foto.

Que yo sepa, a menos de que sea ciego y haya tenido el don de la feliz ignorancia  en el pasado -gracias, papá-, no hay sociedad que prospere sin agua ni político que sea elegido por cazar brujas en lugar de poner, en manos de todos, el vital líquido con el cual se puede limpiar la cara, como lo hace Pimpón, ese envidiable muñeco que lava sus manitas con agua y con jabón y no con gel anti-bacterial. Y callo lo demás.

Lo que no callo, mis amados lectores (sean parte del vulgo lumpenaje como su servilleta o distinguidos caballeros del zodiaco) es que no se tome a modo de reclamo airado, ni como signo de hartazgo sino como señal de alerta, de severa advertencia de este oráculo que reza más que nadie, que esto que os digo será causa de muchos mayores males y problemas que van más allá de las dolorosas caídas de ego en las encuestas de popularidad: el agua es poder. Como va. Como suena: el agua es poder.

Así como “San Luis Potosí saldrá del bache”, mañana “San Luis Potosí dejará de sufrir sed” no sólo de justicia sino de literal sed. Es más, me propongo como candidato a Rey Feo, a Presidente Municipal, a Gobernador y a Presidente de México bajo la promesa de surtir de agua cada lugar donde habite una persona, por su dignidad y por su Humano Derecho a vivir en paz gracias al agua. Sólo me falta el slogan “pegador”.

Fuera de broma y chunga, y para no parecer a otros columnistas que sin tirria sí son jocosos, en realidad hace falta asesoría de auténticos expertos hacia quienes hoy tienen el mando. Urge, urge, urge. Y no dudo que, al menos en San Luis Potosí Capital y su zona conurbada, existan inteligencias dotadas de la imaginación y la creatividad para resolver el problema del desabasto de agua, que es un tema de gobernabilidad tan importante como el del combate al crimen, la seguridad alimentaria, el acceso a la salud o la educación y la cultura de un pueblo. Agua pasa por mi casa / Cate de mi corazón.

Y hablando de cultura, que es acaso de lo único acerca de lo cual en realidad sé algo, toda cultura, sepan cuántos, surge de un afluente de agua. Y entre más agua, más civilización y más cultura. Y sí, estoy sentido porque me duele en el corazón no tener agua en mi casa, o tenerla un día sí y tres días no. ¿El amor, qué? Eso se pasa con un abrazo, aunque ella no se haya bañado por razones idénticas a las mías, porque es pulcra y noble, y dice que la limpieza es un acto de amor.

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