Oswaldo Ríos Medrano

A lo largo de los casi tres años y medio que ha durado su gobierno, Juan Manuel Carreras ha dado cuenta de un estilo personal de gobernar caracterizado por una constante evasión de los conflictos, una deliberada ausencia en los asuntos críticos (como las crisis de inseguridad o los escándalos legislativos) y una campechana actitud política dispuesta a construir la gobernabilidad prácticamente con cualquier actor, en la que la ideología, jamás ha sido condicionante para proyectar futuros.

Pero en los últimos meses, el gobernador priísta ha tomado una decisión con miras al 2021 que contradice su proverbial lasitud política.

Al mediodía de este sábado 26 de enero, Elías Pesina, Yolanda Cepeda y Edmundo Torrescano asumirán la dirigencia estatal del PRI como presidente, secretaria general y secretario de Organización, respectivamente. Siguiendo el eufemísticamente llamado “acuerdo de unidad” y que en realidad es un “lineazo del gobernador”, el tricolor renovará su dirigencia estatal.

Lo hará como marca la liturgia “revolucionaria institucional”, respetando su tradición de renunciar a los blasones democráticos que dan las elecciones internas, pero obteniendo a cambio los beneficios de compactar por vía de la disciplina a la totalidad de los priístas y sin los costos de la exposición de sus problemas intestinos o los episodios cismáticos que tan gravosos han sido para sus adversarios.

La inclusión de Yolanda Cepeda permite cumplir con el criterio de paridad de género, pero además tiene un calculado sentido político. La cenopista representa al priísmo huasteco, ese que ha servido de granero de votos para los triunfos del PRI en las elecciones para gobernador, además de que es una mujer combativa, de buena comunicación oral y que se ha formado en las duras batallas de elecciones municipales que se ganan con algo más que sufragios.

Elías Pesina es un hombre formado en el PRI (en la CNC, ¡vaya sorpresa!), pero sobre todo en el “carrerismo”, es decir, ese incipiente movimiento político de unos cuantos que tienen como principal adscripción política, su lealtad al gobernador. Los carreristas son tan escasos que, con la salida de Pesina de la Oficialía Mayor, el gabinete se ha quedado sin carreristas. Si uno revisa el comportamiento de los secretarios de Estado de Carreras, Pesina es el único que llegó al cargo por entera decisión del gobernador, el resto deben sus nombramientos a recomendaciones de políticos tan variopintos como Teófilo Torres Corzo, Pablo Valladares, Octavio Pedroza, Juan Ramiro Robledo, Horacio Sánchez Unzueta o Manuel Barrera Guillén. Al encomendar a Elías Pesina a la dirección del PRI, Juan Manuel Carreras se ha quedado sin su hombre fuerte en el gobierno y a cambio, ha apostado por asumir toda la responsabilidad en su conducción política.

Edmundo Torrescano es un carrerista de menos tiempo, pero sin duda, en esta administración difícilmente se puede ubicar a un funcionario que estuviera más cercano al gobernador. Los conocimientos jurídico-electorales de Torrescano fueron cruciales en la campaña de Carreras y desde su cargo de secretario particular se convirtió en el principal puente del gobernador con el PRI, partido en el que Edmundo milita incluso antes de nacer. Torrescano no es solamente el puntal que apoyará los esfuerzos de Pesina y Cepeda, sino un relevo generacional en un partido que prácticamente se ha quedado sin jóvenes. Al encomendar a Edmundo Torrescano la organización del PRI, Juan Manuel Carreras se ha quedado sin su hombre de confianza en el gobierno y a cambio, ha apostado por la profesionalización de la estructura del partido oficial.

La política es sin duda, un espejo condensado y más intenso de la vida misma. Incluyendo por supuesto sus paradojas y sus grandes misterios.

Su carrerismo no es lo único que une las vidas y destinos de Elías y Edmundo.

Un trágico accidente automovilístico ocurrido hace casi 30 años provocó la muerte del padre de Edmundo y secuelas físicas permanentes en Elías, quien viajaba con él. Ello debe haber dejado en los dos sobrevivientes de aquel suceso una dolorosa impronta que, sin embargo, no los derrotó, ni cambió su temperamento conciliador y amable, tampoco su acendrado priísmo.

Hoy, tres décadas después, Pesina y Torrescano vuelven a compartir proyecto político.

Son la apuesta de un gobernador que parece decidido a recuperar el PRI.

Si Carreras lo hace con consistencia y sin dobles juegos, su partido podría ser competitivo y asegurar una buena presencia de diputados priístas en el Congreso, lo que blindaría su salida del gobierno, su mayor preocupación.

Pero si lo hace para simular combate y finalmente hacer claudicar al priísmo a cambio de una negociación vergonzante bajo la mesa con Morena o con Xavier Nava, su partido quedará al borde de la extinción, su traición lo dejará solo y habrá sacrificado de la peor manera a los dos hombres que más confiaron en él.

¡Alea jacta est! La suerte está echada.

 

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